De profesión soy cocinero y siempre he intentado mimar a mi mujer. Incluso la primera vez que nos co…

De profesión soy cocinero y siempre he intentado mimar a mi esposa. Incluso la primera vez que nos encontramos la sorprendí con creaciones culinarias y manjares que sólo se podían degustar en los restaurantes más exclusivos de Madrid. Siempre elogiaba mucho mis platos, igual que mi jefe y los clientes que acudían al restaurante donde trabajaba.

Cuando supimos que íbamos a tener un hijo, empecé a cocinar con aún más esmero e ilusión, imaginando que mi mujer comería por los dos. Pero últimamente apenas prueba bocado en casa. Pasa el día entera ocupada que si visita al médico, que si clases de preparación al parto, que si salir con amigas. Va de aquí para allá sin parar, vuelve por la noche agotada y sin hambre.

Hice un esfuerzo y aposté por recetas tradicionales de toda la vida, que sabía que le gustaban croquetas de pollo, filetes empanados, arroz con verduras, patatas a lo pobre. También le preparé platos italianos, franceses, japoneses… esperando que al menos aquello le tentara, pero siempre decía que no tenía hambre, que ni lo iba a probar.

Un día libre, me levanté a las siete de la mañana solo para hacerle una pizza casera. Amasé la masa, preparé la salsa siguiendo la receta de mi abuela, y puse los ingredientes justos. Por la mañana se la comió encantada, diciendo que estaba tan rica que entraban ganas de repetirla, pero por la noche volvió a casa llena.

Aquí pasa algo que no me cuentas le solté con cierta suspicacia. Antes siempre tenías sitio para mis platos, ¿y ahora no? ¿He dejado de ser buen cocinero? ¿Ya no te gusta mi comida? ¿O te han cambiado los gustos y ahora no te convenzo?

Mi esposa se echó a reír con mis paranoias, aunque vi en su rostro que estaba desconcertada. Resultó que ni siquiera había reparado en todos mis desvelos y obsesiones.

Yo pensaba que estabas ensayando platos de restaurante para practicar me confesó. Pero es que siempre estoy llena por tu madre. Ya sabes que me acompaña a los médicos y luego nos quedamos en su casa viendo telenovelas. Cocina tan bien como tú, y no soy capaz de decirle que no. Me tiene comiendo por dos, si no por tres, así que cuando llego a casa no me apetecen más comidas.

De pronto todo cobró sentido para mí. No pude evitar suspirar de alivio.

Menos mal me salió del alma, ya pensaba yo que tenías un amante que te llevaba a restaurantes.

Eso hizo que mi esposa se riera aún más. Me abrazó fuerte, me dio un beso en la mejilla y me susurró que jamás encontraría un hombre que cocinara mejor y con más cariño que yo.

Bueno, quizás sólo tu madre añadió traviesa.

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