Diario personal, 9 de marzo
Este último fin de semana fuimos con Clara, mi esposa, a casa de mis padres a comer todos juntos. La verdad es que ese día surgió un malentendido. Todo comenzó como siempre, charlando alrededor de la mesa sobre la vida. Pero, de repente, acabamos hablando de que debería cambiar de trabajo, tema que sacó Clara.
No es que le faltara razón del todo. Hace poco salió a relucir el asunto de reformar el baño de mis padres. Llevábamos tiempo queriendo hacerlo; este año, Clara decidió que no valía la pena seguir posponiéndolo.
También teníamos la intención de cambiar de coche antes del invierno, si podíamos permitírnoslo. Y en verano nos gustaría ir a la playa, porque llevamos ya tres años sin verla. Lo cierto es que en casa solo yo trabajo.
Personalmente, estaba contento con este equilibrio (me refiero al trabajo, no tengo quejas). Pero en la empresa las cosas van regular, y desde hace poco han tenido que despedir personal y bajar el sueldo a los que nos quedamos, sin fecha de subida. Así que estamos pasando una racha complicada.
Por eso le dejé claro a Clara que tenemos algunos ahorros, pero que llega justito para escaparnos unos días al Mediterráneo y, si no suben mucho los precios, para el coche más sencillo, el que ya habíamos mirado.
A ella, en cambio, la reforma para mis padres le parecía más prioritaria que nuestros propios planes. No compartí su punto de vista; la conversación terminó con sus reproches, diciéndome que soy un vago y no tengo ganas de buscar nada mejor pagado para que a la familia no le falte de nada.
No me gustó nada ese tono, así que respondí que esas decisiones son mías. Vamos, que no llegamos a un acuerdo. No fui capaz de mantener la calma y al final le solté a Clara que sus padres reciben cada mes bastante ayuda por nuestra parte. De hecho, me salió decir sin pensarlo que toda la comida que había en la mesa probablemente la había pagado yo.
No tuve que decirlo, pero ya era tarde para echarme atrás. En ese momento tenía en la mano la sopa castellana y, justo entonces, Clara empezó a hablar, muy afectada. Se quedó tan ofendida que escuché de todo sobre mí. Estuve un rato en silencio, luego salí y me fui a casa. Cogí sus cosas, se las llevé a casa de sus padres.
En el fondo, pienso que por detalles así no hace falta llegar a esos extremos ni hablarse de esa manera; creo que es inaceptable. Ahora estoy solo en casa, no soy capaz de pensar en otra cosa. Simplemente necesitaba desahogarme y contarlo.






