Cuando tenía ocho años, mi padre abandonó a mi madre, a mi hermana pequeña y a mí. Mi hermana tenía …

Cuando tenía ocho años, mi padre abandonó a mi madre, a mi hermana pequeña y a mí. Mi hermana tenía dos años, estaba delicada de salud y cada día empeoraba. Cuidar de una niña enferma requiere mucho dinero, fuerza y una paciencia infinita. Yo no sabía qué enfermedad tenía mi hermana, nunca preguntaba, pero veía el sufrimiento de mi madre. Ella y mi abuela hacían lo imposible, desafiando el sentido común, con tal de salvar a mi hermana. Mi padre siempre decía que estaba agotado, discutía mucho con mi madre. Muchas noches veía a mi madre con los ojos enrojecidos de tanto llorar. Cuando mi padre se fue de casa, sentí cómo si una grieta me partiera por dentro. Fue una traición hacia mí. Era él quien me mostraba cariño, quien me cuidaba, mientras mi madre se desvivía atendiendo a mi hermana.

Aquel día, cuando mi madre me confesó que papá se había marchado, fue el más triste de mi existencia. Él se fue a Sevilla, encontró a otra mujer, y se olvidó completamente de nosotras. Mi abuela, su propia madre, le rogó entre sollozos que regresara, pero fue inútil. Un año después, mi hermana falleció. Nos quedamos rotas de dolor. Y mi padre jamás volvió, ni siquiera para despedirse de su hija pequeña. Mi madre cayó en una tristeza insondable tras la muerte de mi hermana, y fue mi abuela quien me cuidó con el corazón en las manos. Gracias a Dios, mis dos abuelas siempre fueron cariñosísimas y nos adoraban. Se convirtieron en mi segunda y en mi tercera madre. Con el tiempo, mi madre fue saliendo poco a poco de las sombras.

Un día, se acordó de mí. Con lágrimas brillando en sus ojos, me abrazó fuerte, me besó y me juró que nunca me abandonaría, que haría todo lo posible para verme feliz. Cumplió esa promesa. Mi madre y mis abuelas fueron mi apoyo y mi sostén en todo. Incluso me compraron un vestido precioso y, en la fiesta de fin de curso, fui la más guapa del colegio. Durante todos esos años jamás volví a ver a mi padre, aunque tampoco llegué a olvidarlo. Sólo volvió una vez, en el entierro de mi abuela. Vino solo por la herencia, convencido de que mi abuela le había dejado su piso en Madrid. Pero mi querida y sabia abuela había puesto el piso a mi nombre cuando cumplí los doce años, y así, en un giro surrealista que solo mi sueño entendía, el piso quedó para mí.

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