Cuando mi madre vivía, pasaba mucho tiempo conmigo mientras mi padre trabajaba, y cuando ella faltó, mi padre siguió sin encontrar un momento para mí. No tardó nada en buscarse otra esposa y una nueva “madre” para mí. Carmen era una joven de veinte años, muy guapa, que necesitaba un sitio donde vivir y el dinero de mi padre; pero no le gustaban los niños en absoluto, porque ella misma era casi una niña todavía.
Me obligaba a llamarla tía delante de la gente que conocía, y a mentirles a los extraños diciendo que éramos hermanas. Nunca supe qué le contaba a mi padre sobre mí, pero él siempre me miraba con gesto severo, buscando cualquier pretexto para regañarme y amenazando con llevarme al pueblo a casa de mi abuela. Muchas veces usaba esa amenaza, aunque no se daba cuenta de que yo, en realidad, soñaba con irme allí.
Mi abuela era una mujer maravillosa y con mucho sentido del humor. De ella aprendí muchas canciones y chistes graciosos que, incluso ahora, con treinta años, me hacen sonreír y se los cuento con cariño a mis hijos. Me quería con locura. Siempre tenía tiempo para mí, como mi madre, y los veranos en el pueblo eran la mejor época de mi infancia. Por eso, cuando estaba en quinto de primaria, le pedí a mi abuela que intentara convencer a mi padre de que me dejara ir a vivir con ella.
¿Y cómo vas a ir de aquí a tu colegio? se lo pensaba mi abuela. Habría que cambiarte a la escuela del pueblo. ¿Te gustaría eso?
Yo estaba dispuesta a todo, con tal de no seguir viviendo con Carmen.
Así fue. Mi padre, encantado, me dejó bajo el cuidado de mi abuela y se limitaba a enviarnos dinero suficiente para que no nos faltara de nada. Él y mi abuela discutían a menudo por teléfono; ella le echaba en cara que no pensaba en mí, y le advertía de que Carmen acabaría abandonándole, aunque mi padre no lo creía. Entretanto, yo fui creciendo, estudiando, me apunté al instituto, y después me mudé de nuevo a la ciudad.
Encontré trabajo, y así pude sacar a mi queridísima abuela del pueblo y traerla a un piso bonito de alquiler en Madrid. Ella fue la primera en saber de mi novio y la única familia que me acompañó el día de mi pequeña boda, porque ni mi padre ni Carmen pudieron venir. Los dos se sorprendieron mucho cuando les llamé. Carmen ni siquiera reconoció mi voz. Y mi padre solo me felicitó diciendo que tenía cosas que hacer.
En el fondo, aunque de niña no lo entendiera, siempre supe que mi padre me había cambiado por esa mujer. Hoy lo comprendo, pero ya no me duele. Todo se lo debo a mi abuela, que se hizo cargo de mí cuando más la necesitaba, y nunca me dejó sentirme sola o sin amor.
Deseo de corazón que todos los niños que crecen en situaciones parecidas tengan, o consigan tener, a alguien como mi abuela. Porque, a veces, es mejor así que vivir en una familia donde nadie te quiere ni te espera.






