Han pasado ya cuarenta días desde que Anastasia despidió a su esposo en el cementerio

Han pasado ya cuarenta días desde que enterré a mi marido, Lorenzo. Parecía mentira cómo se deslizaba el tiempo, lento y denso como la niebla matinal sobre los campos de Castilla. Al llegar el día cuarenta y uno, alguien golpeó la puerta de mi casa en el pueblo.

Ágata, tengo que hablar contigo de una cosa dijo Severino, el vecino, con voz tan insegura como siempre.

¿Hablar de qué? le contesté en tono seco, sin invitarle a pasar. Nunca me cayó bien Severino; su carácter era áspero, de esos hombres de palabra rápida y mano levantada. Mi Lorenzo, en cambio, le tenía cierto aprecio incomprensible y siempre le recibía con generosidad, aun cuando los demás en la aldea ya sabían que la paciencia era virtud rara entre Severino. Mi marido era bueno con todos, da igual cómo fueran.

Ayer, en el responso, no quise decirlo delante de todos, para que no se malinterpretara… siguió, titubeante.

¿Decir qué, Severino? le espeté, cruzando los brazos.

Verás… He pensado que sería bueno ponerle una lápida a Lorenzo en el cementerio…

¡No hace falta que me lo digas! respondí, casi a la defensiva. Con mis hijos ya lo hemos hablado. No es asunto tuyo. Ocúpate de tus cosas y déjanos en paz.

Tranquila, Ágata repuso él, suspirando con resignación. Las lápidas salen un dineral, ¿sabes? Lo pregunté ayer, y los precios en euros se han disparado…

No estoy desamparada. Mis hijos trabajan en Madrid y ganan buen sueldo. Pondremos la lápida y la verja de hierro también, todo como debe ser. No hace falta que lo recuerdes.

¡Espera, mujer! Severino frunció el ceño, que ya asomaba su genio. Al menos, escúchame. El dinero de tus hijos seguro que les hace falta, igual que a ti. Mira… Lo que quiero es pagar la lápida de Lorenzo yo mismo. Enteramente por mi cuenta, ¿te enteras?

¿Cómo dices? le miré con verdadera desconfianza. ¿A qué viene tanta generosidad repentina?

Simplemente porque respetaba mucho a Lorenzo y quiero…

¡Tú querrás muchas cosas! casi grité, ¿pero no tienes tú también tus necesidades? ¿O eres rico y no lo sabemos? ¡No me hagas reír, Severino! ¿Qué va a decir tu esposa si se entera de que pagas el monumento de Lorenzo?

¡Ya lo sabe ella! exclamó, visiblemente irritado. Y me ha dicho que le parece bien.

¡Pues a mí no! ¡Ese es mi marido y soy yo quien debe poner la lápida! ¡Eso es asunto de familia! Ahora vete, que no quiero seguir con esto.

Pero, Ágata, no seas cerrada… balbuceó Severino, perplejo. Te ofrezco ayuda sincera, sin esperar nada. No lo rechaces así.

No quiero tu ayuda afirmé levantando la cabeza. No soy ninguna mendiga, no necesito limosnas.

¡Eres tremenda, mujer! rugió Severino. No sé cómo Lorenzo te soportó tantos años. Si fueras mi esposa, te habría enseñado modales…

¿Encima te atreves a insultarme? me fui hacia la cocina, amenazándole con el atizador. ¡Lárgate antes de que pierda la paciencia y te dé un buen susto con esto!

En fin, haré lo que quieras vociferó al fin, rebuscando en su chaqueta y dejando un fajo de billetes de 50 euros sobre la mesa. Pero antes, toma. Haz con este dinero lo que te plazca, aunque sea quemarlo en la chimenea.

¿Pero estás loco, Severino? pregunté, anonadada ante tanto dinero de golpe. ¿Tirando billetes como si nada? Voy a agarrar este dinero y dárselo a tu mujer, que verás cómo te regaña por tanto “gesto noble”.

Ella no los cogería aseguró, negando con la cabeza. Estoy devolviendo un favor. Ya es hora de contarte la verdad, aunque prometí a Lorenzo no decirlo nunca Hace unos años él me prestó ese dinero, cuando más lo necesitaba.

¿Lorenzo? ¿A ti? ¿Dinero? me costaba creer lo que oía.

Sí. Intenté devolvérselo muchas veces, pero me decía: “Cuando yo no esté, ayuda a Ágata de la forma que puedas, y ya estarás saldando la cuenta. Incluso si no es en dinero.” Ese era tu Lorenzo Y ya no soy joven. Ayer pensé: si un día necesitaras ayuda y yo ya no estoy, el pecado sería mío por dejar esa deuda sin saldar. Por eso quise pagarle la lápida. Al menos así cumplo lo que le prometí.

No me lo puedo creer Si Lorenzo prestó esa cantidad a alguien, ¿por qué jamás dijo nada?

Ya lo sabes se encogió de hombros Severino. No hay mujer que aguante que su marido preste tanto dinero. Y no es una pequeña cantidad, son cuarenta mil euros.

¿¡Cuarenta mil!? me quedé helada mirando los billetes. ¿Cómo no me di cuenta de ello?

Porque tu Lorenzo era incansable y trabajador. Levantó esta casa, sacó adelante a los muchachos, nunca le oí quejarse. Tenías un hombre de oro, Ágata, de oro…

Yo nunca lo habría notado murmuré, aún en shock. Esa cifra es una barbaridad Y se la dio sin más

No sólo a mí. Ayudó a varios vecinos. A todos nos pidió que guardáramos silencio delante de ti.

¿Por qué? ¿Acaso yo era forastera? pregunté, sintiendo una punzada extraña.

Ya sabes que las mujeres, como la mía, nunca ven claro eso de dar préstamos; dicen que prestarlo es fácil pero recuperarlo complicado Pero Lorenzo siempre decía: Devuélvelo a mi mujer cuando yo falte.

Me senté, de repente, vencida por la emoción. En voz baja, solté: Ahora entiendo por qué los vecinos se han vuelto tan buenos conmigo: uno me trajo leña sin pedírselo, otro labró el huerto la semana pasada El hijo de Don Matías prometió pienso para las gallinas sin querer cobrarme.

Así era tu Lorenzo. Haz con ese dinero lo que te dicte el corazón, aunque yo, si pudiera, lo gastaría en su memoria. Pero eso sólo os toca decidirlo a ti y tus hijos. Me voy ya.

Vi cómo Severino se despedía cabizbajo mientras se perdía por el pasillo. Apenas alzó la voz al salir: Ágata, discúlpame si he sido demasiado brusco. Y gracias.

Las gracias a Lorenzo, que seguro nos escucha respondí en un susurro tembloroso. Vi a Severino marcharse.

Me quedé largo rato sentada en la mesa, pasando los billetes entre los dedos y sintiendo que, pese a su marcha, aún podía oler a Lorenzo cerca, tan generoso como siempre Y exhalé un suspiro profundo, envuelto en todo el peso de la ausencia y del cariño compartido.

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