¿Y cómo voy a explicar a todos por qué no estás en la fiesta de mi madre? pregunté, algo confundido.
Gracias, estaba muy rico dije, apartando el plato. Carmen, tenemos que hablar.
Ya me imagino de qué, Javier.
¿Y de qué?
Del cumpleaños de tu madre.
Exacto. Hoy ya es día diez, y su cumpleaños es el dieciocho le dije.
Y el mío el veinte. Eso no se te olvida, ¿no? preguntó Carmen.
Por supuesto que no, cariño
Javi, ni empieces. Te lo digo desde ya: NO.
Pero ni siquiera has escuchado lo que quiero proponerte intenté decirle.
No quiero ni oírlo. Te lo aviso: el sábado he reservado mesa en un restaurante para diez personas. Ocho son mis invitados y los otros dos, nosotros. Si te apetece venir, claro. Si no, pues lo celebraré con los míos.
La complicación está en que el cumpleaños de mi madre, Rosario, es el dieciocho de septiembre, y el de Carmen, el veinte.
Y ya por tercer año, cuando llega septiembre, me asaltan las dudas: cómo organizar los dos cumpleaños para que no se sientan ofendidas ni mi madre, ni mi mujer. Hasta ahora, no he conseguido acertar.
Carmen, mi madre propone celebrar los dos cumpleaños juntos, el sábado, en su piso. Tiene todo el sentido. ¿Para qué gastar y reunir a la familia dos veces en una semana? Además, un jueves no le va bien a todo el mundo, pero un sábado podemos todos.
Javier, ¿y quién te ha dicho a ti que yo quiero ver en mi fiesta a los primos, sobrinos y demás familia de tu madre? Yo he invitado a mis amigos que, por cierto, tú los conoces perfectamente, respondió Carmen.
Mi madre se va a sentir fatal suspiré.
¿Y yo? ¿Te acuerdas que también me ofendí el año pasado y el anterior? ¿O ya se te ha olvidado?
Pero si todo fue bien
¿Bien? ¡A ver, recuérdalo! Hace dos años: nos casamos en abril. Llega septiembre, tu madre cumple sesenta, lo quiere celebrar en casa y tú dices: Carmen, no planees nada para el sábado, que mi madre quiere algo tranquilo, familiar.
Y allí me ves: pidiendo permiso en el trabajo para salir el viernes y pasarme la tarde en la cocina de tu madre, limpiando, cortando, cocinando y lo que hiciera falta.
Y el sábado, corriendo entre el salón y la cocina como si fuera camarera. Y ni un feliz cumpleaños para mí.
¿Cómo que no? ¡Zoe te felicitó! recordé.
No, Javier. Cuando le dijiste a tu hermana que yo también había cumplido años esa semana, puso una sonrisa y soltó: “Bueno, ya fue, ¿qué más da ahora?”
Luego hablé con mi madre, y el año pasado te felicitaron en la mesa
A propósito del año pasado: viernes día veinte, y yo otra vez de chef y pinche, y cuando le pregunté a Rosario por qué Zoe no me ayudaba, ¿sabes qué dijo?
“Zoe tiene cita para la manicura y no quiere venir con las manos desarregladas. Y mañana, por la mañana, va a la esteticista y a la peluquería.”
Y así: Zoe apareció el sábado hecha un pincel, y yo solo pude cambiarme a toda prisa antes de que llegasen los invitados. Sí, esa vez al menos me felicitaron, pero fue algo simbólico. ¿Y regalos? Solo de ti y de mis padres. Este año, avisa a tu madre que no cuente conmigo.
¿Y si no se las apaña ella sola?
Javier, Rosario tiene un hijo, o sea tú, y otra hija, Zoe. Ya podéis ayudarla. Yo el sábado celebro mi cumpleaños con mis amigos.
¿Y cómo justifico tu ausencia ante toda la familia? le pregunté, ya sin ideas.
Javier, no te hagas el inocente. Nadie se va a acordar de mí. Si acaso, para pedirme que cambie un plato o traiga algo de la cocina. Tienen tanto feeling entre ellos que yo estoy de más.
Carmen me dejó claro que tenía derecho a celebrar su fiesta como quisiera. Pero mi madre y mi hermana estaban convencidas de que la nuera debía integrarse en la familia, sí o sí.
Así que, hasta el veinte de septiembre, intentaron por todos los medios convencer a Carmen para que cumpliera las reglas familiares y estuviera presente en el almuerzo que organizaba mi madre.
Carmen llamó mi madre, tenemos una tradición muy bonita. Dos años llevamos celebrando juntas y ha estado genial. No entiendo qué te pasa este año. ¿Qué te molesta tanto?
Rosario, muy sencillo: primero, quiero celebrarlo con mis amigos, y segundo, prefiero hacerlo en un restaurante para poder sentarme tranquila y disfrutar, no andar corriendo de la cocina al salón.
¡Pero si en casa también lo pasamos fenomenal charlando con la familia! insistió mi madre.
Charlais vosotros, Rosario. Yo solo doy vueltas, trae-lleva. Ese no es un día para mí.
No me imaginaba que te negarías a ayudar a la madre de tu marido lamentó mi madre.
Zoe, por su parte, fue más tajante:
¡Carmen! Deja de hacer el tonto. Mamá ya tiene el menú y papá ha comprado todo en el mercado. Ve pensando qué vas a cocinar.
Mamá le envió la lista de compras a Javi. No des más vueltas y hazlo, que tampoco merece la pena llevarse mal con la madre de tu marido por esto. El sábado pasa y luego ya quedas con tus amigas cuando te dé la gana.
Zoe, no es cuestión de cabezonería. Ya le he dicho a tu madre que este año tengo mis propios planes. Seguro que le puedes echar una mano, eres su hija.
El más fastidiado era yo. Tenía que decidir en qué fiesta estar. No quería disgustar a ninguna.
Aunque Carmen no insistió abiertamente en que acudiera a su fiesta, yo sabía que si elegía la de mi madre, se sentiría dolida.
Carmen tampoco volvió a sacar el tema. El viernes, después de comer, mi madre la llamó al trabajo:
Carmen, ¿dónde estás? ¿Has dejado la tontería de lo del restaurante? Te espero, hay que empezar ya o no llegamos a tiempo para la fiesta de mañana.
Rosario, estoy en el trabajo y ya te avisé de que no iría a ayudar. Que te ayude Zoe.
¿Sabes que a Javier no le va a gustar esa actitud hacia su madre y toda la familia? me dijo mi madre.
Pues casarme con Javier no implica atender siempre a toda su familia. Tengo mi vida, mis intereses y mis amigos, que además son nuestros amigos. No pienso sacrificar todo para convertirme en vuestra cocinera y lavaplatos.
Y ahí terminó la conversación.
El sábado fui a casa de mi madre con el regalo, mientras Carmen se fue a las cuatro al restaurante donde había reservado.
Los invitados no tardaron en llegar. Solo faltaba el sitio a su lado. Nadie hizo preguntas, todos sabían el motivo.
La felicitaron, le regalaron cosas, se lo pasaron en grande. Carmen, de cuando en cuando, miraba la puerta, esperando que yo llegara.
Y llegué, casi una hora tarde. Entré con un ramo de rosas crema, sus favoritas.
Carmen, costó, pero me escapé. He salido por piernas. Por cierto, la familia te ha recordado. Tía Raquel preguntó a mi madre por qué no había ensaladilla rusa, que la tuya le encantó hace dos años y la quería probar de nuevo.
La mesa estaba hoy más sencilla. Y Zoe, disgustada: se rompió dos uñas ayudando a mi madre.
Durante los dos años siguientes, a Carmen solo la consultaron para preparar fiestas, porque pronto estuvo embarazada y más tarde fue madre de un niño.
Para el siguiente gran cumpleaños, el de sesenta y cinco de mi madre, Rosario decidió celebrarlo en un restaurante.
¿Y qué le faltaba a esta nuera? Si tan bien lo pasábamos, y va y monta este número se lamentaba mi madre una y otra vez
Esa vez comprendí, mirando a Carmen rodeada de sus amigos y feliz, que cada uno tiene derecho a celebrar sus días importantes de la manera que más le llene. Querer a tu familia no significa sacrificar tu propia felicidad. Aprendí que a veces el mayor gesto de amor es respetar la elección del otro, aunque no coincida con la nuestra.







