La hermana de mi marido no quiso pagar la tarta que le hice, mientras que yo siempre aboné el precio completo por la manicura

Con la hermana de mi marido, conectamos enseguida, como si nos conociéramos de otros sueños, en un Madrid envuelto por una niebla suave de domingo. Ella había empezado a hacer manicuras y se llenaba de orgullo con cada capa de esmalte. Yo, que siempre llevaba las uñas naturales, decidí dejarme llevar por aquel impulso cálido y le propuse que me hiciera las uñas.

Mi cuñada apenas estaba comenzando; sus manos aún titubeaban, pero me dejé en ellas con confianza ciega. El resultado fue perfecto, de un surrealismo delicioso, casi onírico. A la hora de pagar, me pidió lo mismo que a cualquier clienta más. El precio encajaba con la realidad madrileña, así que pagué en euros sin pestañear, aunque en mi interior flotaba la esperanza de un pequeño descuento familiar.

El tiempo empezó a marchar de lado, con días al revés y calles colapsadas de gente. Su clientela se multiplicó como panes en mercado de barrio, y alquiló un pequeño estudio cerca de la Plaza Mayor. Yo seguí siendo su clienta fiel, aunque las tarifas subieran, porque sus dedos bailaban sobre mis uñas como hojas caídas en otoño. Siempre tenía ideas nuevas, me mostraba colores y diseños imposibles, y su trato era una melodía amable.

Varios giros de reloj más tarde, yo comencé a hornear en nuestra cocina iluminada por la tenue luz de la mañana. Estaba de baja maternal, la niña ya jugaba sola en sus universos inventados y los abuelos, tanto paternos como maternos, se la disputaban en un tira y afloja de besos. No soporto entregarme al ocio eterno, así que convertí ese hobby en un pequeño negocio, modelando masas y sueños a ritmo de batidora.

Una señora venía a limpiar el piso varias veces a la semana, moviéndose entre las habitaciones como si flotara, y así yo podía dedicarme por entero a los bizcochos, pasteles y magdalenas. Al principio, los dulces salían un poco húmedos de más o torcidos, pero la constancia y el tiempo, esos grandes maestros, me dieron la mano.

Un mes más tarde, mostré a mi marido las primeras obras dulces, y sus palabras me impulsaron a hornear a doble velocidad, como conducida por vientos de primavera. Dejé que la familia probara mis creaciones y pronto recibí ovaciones y más pedidos. Llegaron los primeros clientes pagando euros auténticos y derramando opiniones brillantes por mi trabajo.

En uno de esos días rallados de sueño y azúcar, fui a visitar a mi cuñada para que me arreglara las uñas y ella, sentada entre limas y purpurinas, me pidió que le hiciera una tarta monumental, digna de un cuadro de Dalí.

¿Podrías hacerme una como esta del móvil? me mostró una foto donde las capas y figuras se retorcían de formas imposibles. Lleva muchos elementos tridimensionales y los ingredientes son caros, pero seguro que algo se te ocurre.

Por supuesto le respondí. La tendrás lista para el viernes, tengo pocos encargos y puedo dedicarme.

Como es costumbre aquí, la mayoría de pasteleros cobra, mínimo, por los ingredientes, pero al tratarse de la familia pensé que lo mejor sería proponerle un precio justo al entregar el bizcocho. Derramé casi veinticuatro horas sobre esa tarta, alternando noches y tardes. Primero el bizcocho, luego el relleno de crema que se escurría como la leche al alba, y al final el fondant y las decoraciones, que me retuvieron entre espirales y filigranas interminables.

Orgullosa del resultado, se lo entregué, y ella no paraba de lanzarme piropos de los que solo se escuchan en sobremesas largas.

Eres una artista, nunca conseguiría algo así; gracias, de verdad me dijo con la voz dulce como la masa cruda.

Ha quedado bastante bien Ahora, déjame ver cuánto es.

¿De qué hablas? repuso, con los ojos perdidos como peces en agua turbia.

Del precio de la tarta. No la he hecho gratis.

¿De verdad vas a cobrarle a una familiar? me soltó, como si le hablara en sueños. Has gastado un par de cosas y ya.

He trabajado mucho y los ingredientes son caros; además, cuando voy a tu estudio me cobras lo mismo que a cualquier clienta y yo, en cambio, quiero darte un descuento.

¿Sabes tú cuánto cuestan el esmalte, el material y el alquiler en Madrid? ¿Tú solo mezclaste harina y huevos y ya está? ¿Por qué habría de pagarte?

No respondí más. El pastel se quedó en casa y el aire se llenó con el rumor de cuchicheos familiares. Desde entonces, mi cuñada dice que soy una egoísta, incapaz de hacer un gesto bonito ni en el Madrid más onírico.

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La hermana de mi marido no quiso pagar la tarta que le hice, mientras que yo siempre aboné el precio completo por la manicura
A la nueva empleada de la oficina la ridiculizaron; pero cuando llegó a la cena de gala con su marido, los compañeros se fueron.