Pues mira, el viernes por la noche Luis le mandó un mensaje a Carmen. Llevaba toda la semana esperando el momento ideal y pensó que ese día era el correcto.
Carmen ya estaba acostumbrada a que su marido trabajara los fines de semana. Y sí, la verdad es que entraba más dinero, pero sólo se veía en la cuenta bancaria. Ese dinero casi nunca llegaba a Carmen ni a los niños. Luis lo iba acumulando sin decir por qué; simplemente se le escapaba una sonrisa distraída. Carmen llegó a pensar que igual estaba planeando llevar a la familia de vacaciones al Mediterráneo. Pero resultó ser todo lo contrario.
¿Podemos hablar un momento? Luis salió del baño, fue a la cocina y se sentó en una silla.
Dime, Carmen se sentó enfrente y apoyó la cara en su mano.
Me voy y no vuelvo Luis habló bajito.
¿Vas a trabajar otro fin de semana fuera? Carmen no pillaba.
No, te dejo. Tengo a otra soltó de repente.
Carmen se quedó helada.
¡Otra! Y al instante se resolvió el misterio. Así que por ahí iban el trabajo y el dinero
Carmen, ayúdame a hacer la maleta, tú sabes mejor qué tengo que llevar dijo Luis, acabando el caldo.
Carmen se quedó flipando con semejante cara dura. Le daban vueltas las ideas. Quería montar un escándalo, pero logró mantener la calma. Siguió comiendo como si nada. Durante toda su vida, cada vez que Luis se iba de viaje, era ella quien le preparaba la bolsa o la maleta. Le daban ganas de indignarse, pero no perdió la compostura. Se levantó y, con las piernas temblando, salió de la cocina.
Venga, a preparar la maleta Carmen cogió la más grande, esa que llevaron de vacaciones una vez, la abrió y se quedó pensativa.
Vaya, qué trastos pensó, y empezó a meter en la maleta todo lo que había querido tirar durante años: latas llenas de tornillos, sus zapatillas viejas, paquetes de cosas suyas que nunca había abierto, un paraguas roto, botas de goma llenas de barro, hasta ropa interior sucia del cesto del baño (la nueva ni tocarla, que algo le serviría a los hijos).
En diez minutos recorrió el piso de dos habitaciones y fue arrasando con todo lo molesto, inútil y relacionado con Luis. Todo lo reunió. Los trastos apenas cabían en esa maletona.
Pero ella, tremenda, se sentó encima con todas sus fuerzas y cerró las cremalleras.
Algo despeinada y con el ánimo revuelto, se apartó y le dejó espacio para la puerta. El tío, tras una cena buenísima, se puso los zapatos, cogió la chaqueta y se estiró.
Bueno empezó.
¿No les vas a contar nada a los niños? le interrumpió Carmen.
Luis se puso rojo y dijo bajito:
Mejor que lo hagas tú. No me gustan las despedidas, ya sabes cogió la maleta, suspiró Madre mía y salió.
Carmen cerró la puerta tras él y por fin rompió a llorar. Las emociones le salieron a chorros y al poco se sintió descargada. Se acercó al espejo; tenía dos surcos de lágrimas en la cara.
Me toca fregarme la cara se dijo con ganas, y empezar de nuevo. A limpio. Feliz.
Después, su ex intentó volver varias veces. Primero buscando ropa limpia, luego queriendo regresar a la familia, pero Carmen se mantuvo firme. Cambió las cerraduras y fue ella misma quien pidió el divorcio.
En esta familia no hay sitio para la basura solía bromear.





