Durante muchos años he vivido solo. Mis padres se fueron hace mucho tiempo. Tras terminar la universidad tuve la oportunidad de quedarme en la ciudad, pero cambié de opinión. Me gusta mi pueblo: el aire fresco, el paisaje tan bonito; es como si aquí realmente cobrara vida. Aunque tengo que trabajar de sol a sol, uno acaba acostumbrándose. Crecí en el campo y desde pequeño ayudaba a mis padres, así que no le temo al trabajo. Mi oficio es operador de cosechadora. Es un trabajo duro, pero de algo hay que vivir.
Me preocupa una cosa tengo más de treinta años y sigo solo. He conocido a varias mujeres, pero ha sido en vano. Hasta hace poco salía con una chica. Ella vive en una ciudad a diez kilómetros de aquí. ¿Y qué pasó? Desde el principio me dijo que no iba a mudarse al pueblo. Tiene planes totalmente distintos para su vida.
Una tarde escuché que mi perro, Curro, ladraba sin parar. Salí afuera para ver qué ocurría. Desde lejos vi a mi vecina anciana, Doña Carmen. Volvía del supermercado y, sin darse cuenta, tropezó con una piedra y cayó al suelo. Corrí rápido hacia ella y la ayudé a levantarse.
En agradecimiento me invitó a tomar un té. Al entrar en su casa, volvió a darme las gracias, y después me dijo en voz baja:
Hijo, todo va a ir bien. Ya verás. Tendrás mujer e hijos.
No dije nada. Pensé que Doña Carmen, como siempre, estaba dejando volar su imaginación.
Pasó una semana. De repente la anciana enfermó y tuvo que irse al hospital. Me vi obligado a ocuparme de su finca hasta que llegara su nieta desde Madrid. Cada día iba a su casa; daba de comer a las gallinas, al perro y al gato.
Un día escuché cómo se abría la puerta del corral. Miré y vi a la nieta de la abuela, Lucía. Junto a ella venían dos chicos. Dos días después volvieron con la abuela. Lucía continuó ayudando a su abuela en casa. Un día me invitó a tomar un té y así empezamos a conocernos mejor.
Me enteré después de que Lucía estaba divorciada y criaba sola a sus dos hijos. En ese tiempo fuimos fortaleciendo nuestra relación y comenzamos a vernos cada día. Tenemos mucho en común, así que tomé una decisión importante: le propuse mudarse a mi casa, y ella aceptó.
Al final, la abuela sabía algo que yo aún no podía ver. La vida en el pueblo me ha enseñado a valorar la ayuda desinteresada y la paciencia, y entendí que las cosas buenas llegan cuando menos las esperas.






