Tengo 26 años y mi esposa me dice que tengo un problema que no quiero reconocer.

Tengo 26 años y mi esposa, Lucía, insiste en que tengo un problema que no quiero aceptar. Me lo repite cada vez que dejo un trabajo o cuando me despiden. Dice que no es normal que el máximo tiempo que he aguantado en un empleo haya sido seis meses. Y sé que tiene razón. A veces dure un mes, otras quince días, y en ocasiones ni siquiera llego al final del contrato de prueba. He trabajado de todo mantenimiento, limpieza, barrendero en las calles de Madrid, fregando baños, descargando mercancía en almacenes de Alcalá de Henares. Siempre empiezo con ganas, pero tras unos días se me hace todo cuesta arriba el cuerpo se me fatiga, la cabeza se me llena de dudas.

No es sólo el cansancio. Es la vergüenza. Apenas terminé 3º de la ESO. Nunca regresé al instituto. En cuanto empiezo un trabajo así y me entregan un chaleco, una escoba o un cubo, siento que no es mi sitio. Veo a los compañeros, resignados, trabajando sin rechistar, y yo desde dentro me repito que ese no puede ser mi destino. Empiezo a llegar tarde, a rendir menos, a buscar excusas para faltar. Hasta que un día me llaman a la oficina y me dicen que no vuelva.

Lucía no lo entiende. Ella lleva cuatro años trabajando en una tienda en Getafe. Gana poco, pero es constante. Cada mes sabe cuánto dinero va a ingresar. Cuando llego de nuevo a casa sin trabajo, me mira con rabia y cansancio. Me suelta: El problema no es la faena, eres tú. No aguantas nada. Le contesto que esos trabajos no son para mí, que estoy hecho para algo más, que no nací para limpiar baños toda la vida.

Entonces se enfada aún más. Me dice que termine la secundaria, que estudie algo, que me saque un título, que si no tengo ni diploma no me contratarán nunca para cosas diferentes. Le prometo que lo haré, pero los meses pasan y nunca me apunto. Siempre hay excusas no tengo euros para la matrícula, no tengo tiempo, ya lo haré después. La verdad es que me da miedo volver al instituto de adulto, sentarme junto a chicos más jóvenes, sentir que estoy atrasado.

En casa esto ya es rutina. Discutimos por lo mismo siempre. Ella me acusa de vivir soñando, de hablar bonito pero no hacer nada. Yo le digo que ella se ha resignado, que ha aprendido a sobrevivir en vez de vivir. A veces nos gritamos. A veces ni nos hablamos durante días. Salgo otra vez a buscar empleo, con el currículum doblado en el bolsillo, y vuelvo decepcionado cuando me dicen ya te llamaremos.

Lo peor es que de verdad sueño. Sueño con tener un negocio propio, no depender de nadie, no sentir vergüenza por el uniforme. Sueño con levantarme temprano por algo mío, no para recibir órdenes. Pero los sueños no pagan el alquiler ni la comida. Y Lucía me lo recuerda cada día.

¿De verdad tengo un problema que no quiero aceptar o simplemente tengo derecho a soñar con algo más grande?

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