**No hay vuelta atrás…**
Marcos bajó del tren en la estación de su ciudad natal. Se despidió de la azafata cansada y seria, ajustó la correa de su bolso de viaje y se adentró en el paso subterráneo tras los demás pasajeros. Los ecos de sus pasos rebotaban en las paredes, multiplicándose. De niño, le encantaba venir aquí con sus amigos a correr. Les parecía que no eran tres, sino cientos.
Al salir a la superficie, el eco retrocedió asustado, ocultándose, esperando a los próximos viajeros. Marcos respiró hondo y caminó hacia la ciudad que despertaba.
—¿Adónde vas? —gritó uno de los taxistas apostados en la plaza de la estación.
Marcos le hizo un gesto con la mano, negando, como diciendo: “No, sigue durmiendo”, y siguió caminando. Avanzó por la calle de su infancia, reconociendo edificios, notando lo que había cambiado. Su corazón saltaba de alegría en su pecho o gemía con nostalgia.
Cruzó una calle con raíles de tranvía oxidados y pisoteados. Los tranvías llevaban años sin circular, pero los raíles seguían ahí. La ciudad era vieja, los coches aumentaban cada año, y los lentos tranvías frenaban el tráfico. Un autobús azul pasó junto a él. Antes, la ciudad bullía de furgonetas con conductores astutos de países cercanos.
Y ahí estaba su patio. En el bloque de nueve pisos vivía Lucía, y él en el de ladrillo de cinco alturas. Marcos se detuvo, cerró los ojos. Se imaginó subiendo las escaleras de dos en dos, donde conocía cada grieta. Tocaba el timbre, su madre abría, exclamaba y lo abrazaba, susurrando su nombre. Incluso olió su perfume.
Abrió los ojos y la ilusión se desvaneció. Su madre se había vuelto a casar, se mudó a las afueras con su nuevo marido, vendió el piso y le envió algo de dinero. Era la primera vez en años que iba a verla. Pero no pudo resistir pasar por su ciudad de infancia.
Se detuvo ante la puerta con código del portal. Antes no existía. Podría haber subido a casa de Lucía con los ojos cerrados, pero no recordaba el número. Ni siquiera estaba en la puerta. ¿El tercer piso o el cuarto? Habían pasado tantos años…
De repente, la cerradura pitó y la puerta se abrió. Un perrito pequeño salió corriendo y le ladró. Detrás apareció un hombre adormilado, tiró de la correa y el perro se calló, ofendido.
Marcos entró en el portal, aspirando el olor típico de un edificio de vecinos. Pasó de largo el ascensor y subió las escaleras, saltando peldaños. Se detuvo en el tercer piso. El número estaba pegado en la puerta, pero en la de Lucía no había ninguno, así que estaría más arriba. Pero en el cuarto, todas las puertas tenían números de dos dígitos.
Iba a tocar el timbre, pero retiró la mano. Era demasiado pronto, despertaría a todo el mundo. El rostro de Lucía surgió ante él como una fotografía. Incluso recordó sus pecas. Ahora abriría la puerta, se apartaría el flequillo, sonreiría, mostrando sus dientes…
El corazón le golpeó el pecho con fuerza. Marcos se apoyó contra la pared junto a la puerta.
***
—Pasa, rápido —Lucía se apartó el flequillo, lo agarró de la mano, lo arrastró al recibidor y cerró la puerta. Se miraron un instante antes de abrazarse y besarse con desesperación…
—Yo lo vi todo —dijo una vocecilla infantil.
Marcos y Lucía se separaron de un salto. Una niña de unos cinco años los observaba con un osito de peluche en brazos, los ojos entrecerrados con picardía.
—Es Laurita. La vecina me pidió que la cuidara —dijo Lucía, decepcionada—. No está bien espiar —le reprendió con el dedo.
Marcos se quitó las zapatillas y entró en la sala. Lucía se agachó frente a la niña, intentando convencerla de subir a su piso.
—Laurita, por favor, solo media horita. Te pongo dibujos.
—No quiero, tengo miedo —se quejó la niña.
—Mira, cuando esta agujita llegue aquí, vengo por ti. Y luego te compro un helado.
—Ahora.
—No, luego. Vamos —se levantó y la tomó de la mano.
—¿Es tu novio? —preguntó Laura.
—Un amigo, tenemos que hablar. Vamos. —Lucía la sacó del piso.
Mientras esperaba, Marcos recorrió la habitación, tocando objetos, libros, mirándolos, volviéndolos a dejar.
—Ya estoy —Lucía entró corriendo, se acercó—. ¿Por qué tan tarde?
—Trasladaron el entrenamiento, no podía faltar —su voz se quebró.
Intentó besar sus labios, pero ella lo esquivó, lo tomó de la mano y lo llevó a su cuarto.
—Tenemos poco tiempo, mi madre llegará pronto —susurró, clavándose en sus labios.
Su corazón latió con fuerza, la oscuridad del deseo nublándole la vista…
—Mi madre dice que viene una pariente a cuidar a mi abuelo. Ya no tendrá que ir —la voz de Lucía tembló.
Quedaron tumbados, jadeando.
—Aguanta. En un mes terminan las clases, los exámenes, la graduación… y estaremos juntos —susurró, besándola.
Ella lo apartó, saltó de la cama, recogió la ropa del suelo y se vistió nerviosa.
—Levántate. Voy por Laura. Si no la recojo a tiempo, le cuenta a mi madre… —salió corriendo, la puerta se cerró.
Cuando regresó con la niña, Marcos ya estaba vestido, hasta el pelo alisado.
—Prometiste helado —dijo Laura con tono caprichoso.
—Voy yo —se ofreció Marcos.
La mirada de la niña lo incomodó. Parecía entender lo que habían hecho. “No, solo tiene cinco años, no entiende nada”, se calmó, atándose los cordones.
Afuera, el viento refrescó su rostro ardiente. Al volver con el helado, la madre de Lucía ya estaba allí, mirándolo con frialdad. Marcos entregó el helado y se fue. No quería volver a casa. Vagó por la ciudad hasta tarde.
***
El amor loco los envolvió en el último curso, borrando límites. La primera vez fue en las vacaciones de Navidad, cuando la madre de Lucía visitó a su padre resfriado. Desde entonces, esperaban ansiosos sus ausencias, intercambiando miradas cargadas en clase.
Hoy tendrían medio día entero, pero el entrenamiento se trasladó, y la vecina dejó a Laura con Lucía. Todo salió mal.
Una vez, Lucía le dijo tras clase que estaba embarazada.
—¿Segura? Nos protegimos —Marcos se asustó, pero dijo lo que ella esperaba—. Nos casamos después de la graduación.
—Todavía tengo diecisiete —sus ojos brillaban de lágrimas.
—Con un permiso nos dejan. Encontraré trabajo…
—Mi madre me matará —Lucía parecía acorralada—. Sospecha algo, ya no va al pueblo.
—Lo superaremos. Aguanta. —La abrazó.
¿Cómo decírselo a su madre? Ella soñaba con que él estudiara. Postergó la conversación.
La madre de Lucía notó algo cuando el vestido de graduación no le cabía.
—¡Boba! ¿Con él? Te dije que tuvieras cuidado —la golpeó con unos vaqueros.
—Nos casaremos… —gritó Lucía, protegiéndose.
—¿Y de qué vivirMarcos miró por última vez hacia las ventanas del piso donde alguna vez vivió Lucía, respiró hondo y caminó hacia la estación, sabiendo que algunas historias, como los raíles oxidados, quedan atrás para siempre.







