Mi madre vivía como una ermitaña en una aldea remota de Castilla, sin querer ver ni a mí ni a mi esposa. Nuestra relación nunca fue sencilla; me reprochaba que prefiriera la vida en la ciudad grande antes que quedarme en el campo, y por eso todos mis esfuerzos de ayudarla o mantener algún contacto resultaban inútiles. Ni siquiera acudí a su entierro, pero la pequeña casa en la que residía quedó a mi nombre, ya que era su único pariente vivo; imagino que lo había dejado así en su testamento mucho tiempo atrás.
Pasaron meses antes de que mi mujer y yo encontráramos un momento para recorrer los más de trescientos kilómetros que nos separaban de la aldea, solo para ver cómo estaba todo allí. Si no hubiera sido por el deseo de llevarle flores a la tumba de mi madre, quizás habría dejado ese asunto de lado por años.
El plan era sencillo: primero iríamos al cementerio, y después pasaríamos por la casa materna para revisar sus pertenencias alguna cosilla devolver a los vecinos, otra llevarnos, y lo que quedara, quemarlo para que no se llenara de polvo. Creíamos que encontraríamos la casa vacía, así que nos sorprendió ver ropa de hombre por todas partes y un desconocido junto a la lumbre.
Resultó ser el hombre que llevaba más de cinco años ayudando a mi madre; le echaba una mano con la huerta, cavó la bodega, y vivía en el cuarto de invitados, pues como yo, también tenía sus líos familiares. Mi madre llegó a considerarlo casi como otro hijo, según entendí. El hombre, sin tener adónde ir, había dejado la casa en perfecto orden, sin tocar nada de lo suyo, y entregó a mi esposa todas las joyas de mi madre, e incluso sus propios ahorros. Nos rogó que le dejáramos quedarse en la casa hasta que decidiéramos venderla.
Al principio los dos teníamos claro que queríamos deshacernos de la casa, pues ya poseíamos una casita de veraneo bastante mejor y, además, nos quedaba a trasmano. Pero valorando las posibles ganancias y pensando en el hombre, que se había ocupado de mi madre gratis, y que si vendíamos el hogar se quedaría en la calle, acabamos por decidir no venderla. Después de hablarlo con mi hermano adoptivo, resolvimos cederle la casa a él. Sospecho que mi madre alguna vez quiso hacerlo así, pero quizá no se atrevió, o temía que yo fuera avaricioso y le diera problemas a un extraño.
Ahí terminó todo. Han pasado ya cuatro años, y en ningún momento nos hemos arrepentido de no haber vendido la casa por unos pocos euros, ni de no haberla reclamado para nosotros. Siendo sincero, apenas recordaría la existencia de aquel lugar de no ser porque el otro día vi un reportaje sobre aldeas en la televisión. Aquello me trajo a la memoria tanto la casa como la tumba de mi madre. Quizás sea una señal de que ha llegado el momento de visitarlas, y quizá, de saludar también a aquel hombre.







