DIAGNÓSTICO: PARA SIEMPRE

DIAGNÓSTICO: PARA SIEMPRE
Se conocieron haciendo cola.
En una Oficina de Atención al Ciudadano en Madrid.
A Ignacio le faltaba algún papel, y Lucía simplemente estaba sentada a su lado, contemplando una grieta en la pared durante tres horas.
Ambos llevaban en los ojos ese cansancio tan particular de quienes han arrastrado algo demasiado pesado durante demasiado tiempo y, por fin, se han permitido la tregua de hundirse en una silla de plástico.
Tres meses más tarde, ya compartían piso. Sin fuegos artificiales, sin promesas grandilocuentes. Ignacio llegó con dos cajas de libros y su vieja cafetera italiana a la modesta vivienda de Lucía en Vallecas.
La realidad de su diagnóstico se hizo visible en la segunda semana.
Ignacio freía patatas. Lucía entró en la cocina, respiró el olor del ajo quemado y se quedó inmóvil en el umbral. No lloró, ni se perdió en sus pensamientos. Simplemente miró la sartén como si en ella se cocinase su corazón despedazado.
¿A tu ex le gustaban así, casi quemadas? preguntó Ignacio sin girarse.
Sí respondió Lucía, sacando platos del armario. Han pasado siete años. Qué absurdo, ¿no? Apenas recuerdo su cara, pero este olor Es como apretar el botón de play.
Ignacio asintió en silencio. Lo entendía. En su bolsillo yacía el móvil donde, en la lista de bloqueados, seguía desde hacía cinco años el número de Adela. No iba a llamarla. Ni siquiera quería verla. Pero recordaba su grupo sanguíneo, su talla de pies y su aversión al cilantro. Ese lugar en su memoria debería estar ocupado por el calendario del ITV o la declaración de la renta, pero no: lo tenía reservado para esos detalles inútiles de lo que fue.
El amor para siempre en la vida real no es romántico, sino lastre. Es amar de verdad a alguien y, sin embargo, saber que ciertos procesos en segundo plano de vidas pasadas siguen corriendo en tu cabeza.
Hubo una noche en la que Lucía se despertó porque Ignacio hablaba en sueños. No la llamaba a ella. Discutía con alguien sobre de quién era el turno de bañar al perro, ese perro que hace años que no existe.
Lucía no montó ninguna escena. Solo fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se sentó a mirar la ciudad por la ventana.
Cuando Ignacio despertó y la buscó, traía la culpa marcada en la cara arrugada de sueño.
Perdón. ¿Otra vez me ha dado fuerte?
Te ha dado, repitió ella, como un eco cansado.
Mira, Ignacio, somos como dos discos duros viejos. Nos formatearon, pero los datos siempre reaparecen. Sectores dañados, pero las fotos insisten.
¿Y ahora qué hacemos? preguntó él, apoyando la frente contra el cristal frío.
Vivir Lucía se encogió de hombros . Sé que estás aquí, conmigo. Y tú me fríes las patatas sin ajo, porque sabes que no lo soporto. Esa es la realidad. Que tu cabeza siga echando a rodar películas antiguas pues que ruede. Solo procura bajar el volumen.
No tenían esa complicidad perfecta que se vende en los anuncios. Tenían la solidaridad de dos supervivientes.
Iban juntos al supermercado, discutían por el color de las cortinas, ahorraban euros para unas vacaciones en Cádiz y se cuidaban los resfriados. Pero sabían, cada uno en su rincón más blindado, que el diagnóstico seguía ahí, en su rincón inviolable.
Y no les impedía estar juntos. Al contrario. Solo alguien con ese mismo diagnóstico podía entender por qué Lucía se detenía de golpe entre fragancias, o por qué Ignacio nunca compraba cierta marca de té.
Diagnóstico: Para Siempre.
Tratamiento: No procede.
Regla: Aceptarse con los bolsillos llenos de pasado, porque ese pasado no se va a ir.

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