Una cosa es verse una vez por semana, y otra muy distinta convivir con una mujer de cincuenta años

He tenido bastante mala suerte en la vida. Me crió solo mi padre, que no veía más allá de una copa, y desde el instituto tuve que buscarme un trabajo a media jornada. En la universidad me esforzaba muchísimo para conseguir una beca y poder pagar la residencia de estudiantes. Salía con chicas que a veces me invitaban a cenar o me echaban una mano para sobrevivir como podía.

Fue a los veintiún años cuando conocí a Magdalena, una mujer de cincuenta años. Era catedrática en nuestra universidad, aunque de otra facultad, lo cual facilitaba que nuestra relación pasara desapercibida. A ella le caía bien desde el principio. Supe desde el primer momento que estaba casada, pero no le di mayor importancia mientras saliéramos a restaurantes y me ayudara económicamente de vez en cuando, todo iba bien.

Creía que sería una aventura corta, pero Magdalena se enamoró de mí. Se ocupó de mí en todos los sentidos, me mantenía y me permitió mudarme al piso que heredó de su madre.

Yo tenía sentimientos encontrados al respecto: desde luego, el piso era mejor que la residencia, Magdalena traía la compra una vez por semana, compartíamos momentos agradables, pero, por otro lado, cada vez me sentía menos a gusto con su compañía. Tenía que forzarme a sonreírle y a decirle que la quería, aunque en realidad apenas soportaba estar con ella.

En cuatro meses de relación encontré un nuevo trabajo a media jornada bastante bueno, los estudios se hicieron más llevaderos y todo parecía ir sobre ruedas, hasta que el marido de Magdalena se enteró de todo. Pidió el divorcio y, para mi sorpresa, ella parecía encantada. Está haciendo las maletas para venirse a vivir conmigo, y vamos a compartir piso.

Ella cree que vamos a ser felices juntos como pareja, pero una cosa es verse de vez en cuando, y otra muy distinta convivir a diario. No estoy preparado para casarme con una mujer de cincuenta años, ni siquiera lo había considerado. Ahora no sé qué hacer si marcharme antes de que sea tarde o aguantar un poco más hasta ganar estabilidad, aprovechando tener un mecenas.

Al final, la vida me ha enseñado que aceptar ayuda tiene un precio, y que uno debe ser honesto consigo mismo antes de dejarse llevar por la comodidad.

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Una cosa es verse una vez por semana, y otra muy distinta convivir con una mujer de cincuenta años
— Mientras vivas con mamá, mi hermana viene a visitarnos, — anunció mi marido mientras recogía mi maleta.