Me casé muy joven, locamente enamorada. Salimos juntos durante cuatro años antes de convertirnos en marido y mujer. Hemos pasado por mucho juntos.

Me casé siendo casi una niña, cegada por un amor profundo. Estuvimos saliendo cuatro años antes de darnos el sí, quiero como marido y mujer. Juntos superamos todo tipo de pruebas, codo con codo.

Ahora llevamos más de seis años compartiendo techo. Confío plenamente en mi marido, igual que en mí misma. Él es dulce, atento, siempre dispuesto a ayudarme con cualquier tarea en casa. No es el más valiente, ni tampoco el hombre más fuerte de todos. Y guapo bueno, no es fácil describirle como tal. Pero tiene un alma luminosa, una bondad tan limpia y una fe en la vida tan contagiosa que llena toda la casa de esperanza incluso en los inviernos más duros.

Sin embargo, mi marido es tremendamente indeciso y le cuesta horrores afrontar cambios importantes. No sale de su burbuja de comodidad y rara vez mira hacia el futuro. Es tan tímido y tan correcto que a veces parece fuera de lugar en este mundo. Y no ha cambiado ni un ápice desde que vivimos juntos.

No le gusta cuidarse, ni se preocupa por su salud. Teme cualquier giro inesperado en su rutina. Mi marido me saca casi diez años. Yo, con veintiséis, tengo unas ganas tremendas de vivir. Me va bien en el trabajo, me compré mi propio coche y llevo la hipoteca de nuestra casa prácticamente yo sola. Hace poco, una amiga me preguntó: ¿Y para qué le necesitas tú?

Fue como una losa en el pecho. Desde entonces, no he dejado de preguntarme sentada en este sillón: ¿De verdad para qué le necesito?Y, en ese silencio, la casa pareció encogerse a mi alrededor. La pregunta de mi amiga, martillando, me obligó a reconocer algo incómodo: no necesito a mi marido como quien necesita una muleta o una mano extendida. No dependo de él para avanzar, ni para reírme, ni tampoco para dormir tranquila por las noches. Lo que sentí entonces fue una sorpresa delicada, un destello tibio entre tantas dudas: a él lo elijo.

Cada día.

A veces con dudas, a veces llevada por la costumbre, otras veces con alegría renovada. Lo elijo por la manera en que me deja la taza lista antes de ir a trabajar, por los paseos callados por el parque y por sus sueños sencillos, domesticados pero honestos. Lo elijo porque, aunque el mundo me empuje a buscar emociones sin red, he aprendido que hay una extraordinaria belleza en la constancia, en la ternura sin artificios.

Quizás mi vida podría estar llena de aventuras y vértigo. Pero ahora, mientras él duerme en el sofá, la respiración tranquila, sé que sigo queriéndolo aquí, compartiendo el mismo aire, el mismo futuro pequeño y luminoso. La respuesta no es necesitares desear, cada día, seguir compartiendo mi historia con él, aunque no tenga explicación, aunque no haga falta.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eleven + 12 =

Me casé muy joven, locamente enamorada. Salimos juntos durante cuatro años antes de convertirnos en marido y mujer. Hemos pasado por mucho juntos.
Lágrimas de cuco