Me llamo Álvaro. Después de que mi madre falleciera, mi padre se casó con una mujer que tenía dos hijas, cuyos ojos siempre parecían brillar con secretos que nunca entendí.
Pasaron los años. Fuimos creciendo entre pasillos estrechos y patios llenos de macetas. Un día, mi padre tuvo un accidente de tráfico en la carretera de Segovia y murió en el acto.
Sorprendentemente, mi madrastra resultó ser una mujer de mucha nobleza. Renunció gustosamente al piso familiar a mi favor.
Ese piso era de tu madre y ahora debe ser tuyo, Álvaro susurró, mientras el atardecer teñía de oro las persianas.
Lo único que me pidió fue que permitiera a sus hijas, Lucía y Asunción, quedarse a vivir en el piso hasta que acabaran la carrera en la Complutense. Ella, por su parte, regresaba al pueblo de Soria. Accedí sin pensarlo mucho.
Lucía y Asunción eran tan diferentes como la noche y el día. Pero las dos compartían un solo sueño: enamorarse de alguien con piso propio en Madrid.
Y para mí empezó una vida tan extraña como un cuadro de Dalí. Lucía me servía el desayuno con tostadas de aceite y tomate, Asunción me planchaba las camisas con tanto esmero como si fueran de seda real. Las dos se desvivían por agradarme, como si en cualquier momento fueran a transformarse en golondrinas y salir volando por el balcón.
Entonces, en un giro que sólo sucede en los sueños más estrambóticos, Lucía y Asunción tuvieron cada una una hija mía, con apenas dos meses de diferencia. Cuando mi madrastra descubrió sus barrigas, organizó una escena digna de zarzuela, gritando en mitad de la escalera. Pero Lucía y Asunción se negaron en redondo a abortar. Querían criar a sus hijas.
Calculé entonces, entre el olor a café y el repique de las campanas, que pagar casi un tercio de mi sueldo durante dieciocho años de pensión sería un disparate. Así que decidí hipotecar otro piso.
Vendí el piso grande y compré dos estudios con lo que sobró, agazapado entre los papeles del notario de la Gran Vía. Así, a Lucía y Asunción les entregué un estudio a cada una, pidiéndoles a cambio que firmaran la renuncia de la pensión. Y durante algunos años viví como si caminara por la Plaza Mayor en pleno Carnaval, tranquilo y sin preocupaciones.
Pero la vida, o quizás el subconsciente, me jugó una mala pasada: cuatro años después, me llegó una notificación al trabajo en la plaza de Colón ordenando el pago de una gigantesca deuda en pensiones.
Corrí a hablar con mis hermanastras, pero sólo se reían, diciendo entre susurros que los papeles eran un regalo y que destrozaron el contrato a propósito. Así me quedé sin el piso heredado, pagando dos hipotecas y la pensión. Un verdadero laberinto.
Y mi madrastra, desde su pueblo, me mandó mensajes felices con refranes: ¡Eso te pasa por listo! ¡Te lo tienes merecido!
Lucía y Asunción no me dejaban ver a mis hijas. Pedí dinero prestado y fui a juicio para poder verlas. Gané el caso y, luciendo una corbata prestada, hablé con mis jefes para que me pagaran en B la mayor parte del sueldo. Así pagaba menos pensión judicialmente.
Recogía a mis hijas los viernes y las devolvía los domingos. Les compraba caramelos en la tienda de la esquina y las llevaba al parque del Retiro a ver las marionetas y montar en los caballitos. Lucía y Asunción se quejaban siempre, gritándome que no mimara tanto a las niñas.
Le pagué a dos amigos para que rondaran a mis hermanastras y les dijeran que nadie querría casarse con mujeres que ya tenían hijas de otro.
Una vez, en plena casa de mi madrastra, con una funcionaria de los servicios sociales delante, recogí a mis hijas alegando que sus madres las habían abandonado por completo. Solicité entonces la pensión para mí, y ahora mis hijas viven conmigo. Me considero un padre ejemplar. Cuando sus madres vienen, las niñas corren hacia mí temblando, temiendo que se las lleven. No es de sorprender; les leo cuentos de hadas donde las madrastras son siempre terribles.
Cuando por fin Lucía y Asunción entendieron lo que pasaba, yo estaba ya felizmente casado.
Les propuse un trato: que me devolvieran los estudios y yo les devolvería a sus hijas. No dudaron en aceptar.
Ahora, mi vida es una fiesta: alquilo los estudios, la hipoteca del piso se pagó hace meses, y paseo por Madrid sintiéndome dueño de los sueños y de mis propias historias.
Al final, no me dejé engañar y, bajo la luna de la capital, logré dar la vuelta a los trucos de mis astutas hermanastrasA veces, al atardecer, veo pasar a Lucía y Asunción por la Gran Vía, cada una aferrada a un bolso nuevo, como si fueran reliquias. Me guiñan un ojo, cómplices, y seguimos de largo. Bajo la luz de los semáforos, sé que nunca nos perdonaremos del todo, pero tampoco lo necesitamos. Mis hijas, mientras tanto, me preguntan si los dragones existen en Chamberí, y yo les prometo que sí, que en Madrid todo es posible.
Así me descubro ahora: padre, dueño de dos pisos y protagonista indiscutible de la fábula más insólita de mi familia. Cuando cierro la puerta por las noches, escucho el eco de antiguas risas y pienso que, después de todo, uno es tan libre como los secretos que se atreve a contar. Yo los he contado todos. Ahora, sólo queda vivir.







