Entonces, ¿el acta de matrimonio pesa más que vivir juntos? – Se burlaban de Nadia los hombres

Bueno, ¿qué? ¿El libro de familia sigue siendo más sólido que el vivir juntos? se burlaban de Inés los colegas.
Yo no pienso ir a la reunión de treinta años desde que acabamos la carrera, que después me entra la depresión, le gritaba Inés al teléfono a su única amiga, Lucía, cuando ella llamaba para convencerla.
Pero, ¿cómo estás tú ahora, para tener tanto miedo? se extrañó Lucía. Si la última vez que nos vimos, haría ¿cinco años?, estabas bastante bien. ¿Has engordado mucho, o qué?
¡Anda, déjate de historias! Simplemente no quiero ir, y punto, Lucía, no insistas.
Inés ya estaba a punto de colgar, esperando que Lucía captase la indirecta y pasara a llamar a otras personas de la lista. Pero esta vez, la amiga no soltaba el hueso ni con agua caliente.
Inés, es que ya quedamos cuatro gatos en el grupo.
¿Qué pasa, se ha muerto alguien? se asustó Inés, porque vale que una ya no es una jovenzuela, pero de ahí a que los compañeros empiecen a mudarse al otro barrio…
¡No, mujer! Solo que algunos se han ido del país. Bueno, el pobre Andrés Ramos sí, pero se murió hace 25 años, ¡si te lo conté ya!
Así que deja de protestar, que vamos los del curso entero, bueno, al final seremos treinta nada más. ¿A tu hijo ya lo casaste? Pues entonces descansa un poco…
Lucía seguía hablando, pero a Inés le vino a la cabeza el pobre Andrés Ramos. Siempre tenía ojeras profundas y esa mirada de perro apaleado, y los chicos solían decir que era un pringado.
Resultó que Andrés tenía un corazón delicado. Era aplicado, soñaba con diseñar un puente fabuloso en su ciudad, pero no llegó a tanto. ¿Y ella? ¿A qué llegó?
Se enamoró de Javier, capataz de obras, donde Inés acabó trabajando tras acabar la carrera. Javier iba de obra en obra, y luego volvía a su pueblo.
Estuvieron años viéndose. Javier la llamaba su mujer delante de todos. Decía que vivir juntos era el amor auténtico, no hacía falta papelito de por medio…
Hasta que Inés se dio cuenta de que estaba embarazada, y justo entonces Javier no volvió a la obra de Madrid. Resultó que tenía tres niños y su mujer enferma. Javier dejó el trabajo por asuntos personales, sin siquiera avisar a Inés.
Y una, ante semejante panorama hombre con tres hijos y mujer pachucha, pues comprende que exigirle algo es como pedirle peras al olmo.
Así que también dejó la obra, antes de que nadie lo notara. Los chicos aún bromeaban al aire:
Mira tú, al final el libro de familia pesa más que las buenas intenciones, ¿eh?
Pero a Inés ya le daba igual. Se puso a trabajar en el colmado del barrio, donde conocía a la dueña del cuarto. Acordaron que ni de madre dejaría el curro, que con dos días por semana arreglaban.
Su madre aceptó quedarse con Santi, porque claro, a su hija inútil le pesaba mucho tanta buena suerte…
¡Si tú misma me has enseñado a ser así! explotó Inés una tarde.
¡Yo quería que fueras una mujer de provecho! ¡Me dejé los riñones pagándote la carrera, para esto, Inés! gritaba su madre.
De aquellos polvos, estos lodos, mamá… soltó Inés, y al instante se arrepintió.
Luego se abrazaron, lloraron un rato… pero bueno, ¿ahora a dónde iba ella?
Así que, cuando Lucía llamaba para la reunión de los cinco y los diez años, Inés nunca fue.
Total, allí sería el interrogatorio de familia y trabajo, enseñando fotos. ¿Y ella? Limpiando escaleras en tres portales: el suyo, el del cole y la guardería. ¿De qué iba a presumir?
O, más bien, ¿ellos de qué iban a hablar con ella?
Por Santi, eso sí, Inés tiraba del carro. Era su alegría.
Y mucho más cuando su madre, al llevar al niño a la guardería, decidió que ya había cumplido con su deber de abuela y se marchó al pueblo con la hermana, alegando que en la ciudad le faltaba aire.
Pero a Inés, de pronto, le sonrió la suerte y la volvieron a tomar como delineante a media jornada, justo cuando Santi empezó la primaria. Ahora le daba tiempo a todo, incluso podía recogerle después del comedor, y el niño tenía a más de uno muerto de envidia.
Luego algún compañero de la oficina intentó tirarle los tejos, pero Inés fue tajante: que no, que en su casa no traía ningún tío, que a su hijo no le hacía falta padre recauchutado y complicaciones.
Inés dio la talla en el curro, y con el tiempo incluso consiguió jornada completa y el sueldo digno de ingeniera. Pero seguía viéndose poca cosa, se sentía apocada. Ropa discreta, canas sin teñir, que a los cuarenta ya había más plata que oro en su cabeza.
Creía que no tenía derecho a la felicidad, después del lío con el casado, como si casi le hubiera robado a ese hombre a sus hijos.
Y pensaba: ni pintar los labios, ni vestido llamativo, no fuera a ser que el demonio asome de nuevo.
Además, ¿en los finales felices? Ya no creía. Divorciadas hay a patadas, ¿y yo mejor que nadie? ¡Anda ya!
Santi, eso sí, creció agradecido y buena persona, la entrega de su madre no le amargó.
Veranos con su abuela Irene y la tía Carmen en el pueblo, ayudando en todo: huerta, patatas, zanahorias, regar, recoger manzanas, atizar la lumbre. Al final, hasta la madre de Inés reconocía que le había salido un bendito de hijo.
Así que, ¿qué café ni qué reunión de exalumnos con lo del aniversario?
Y todas esas ideas cruzaron su mente en segundos, cuando Lucía insistía al teléfono:
Entonces, ¿te acuerdas? El viernes que viene a las tres, en el bar frente a la residencia universitaria. Vente, que así al menos puedo hablar con alguien sensato. ¿Vendrás?
A Lucía de pronto se le quebró la voz, y sin saber bien por qué, Inés contestó:
Sí voy…
Colgó y ya se estaba arrepintiendo. Se miró al espejo, cogió el móvil otra vez, dispuesta a desconvocar. Pero el número de la delegada estaba siempre comunicado… y de repente, le dio hasta vergüenza.
Ya bien entrada la noche, abrió el armario y sacó el vestido azul que le compró Santi para su boda.
Santi y Marta casi la obligaron a probárselo, la nuera machacando con las tiendas y las pruebas, y por fin ese vestido azul gustó a todos, hasta a Inés. También le buscaron zapatos a juego y Marta se la llevó a la peluquería, la tiñeron y le hicieron un moño.
De eso hacía un año. Santi y Marta vivían felices por su cuenta.
Las canas volvían a asomar ¿para quién iba a arreglarse? y hasta le daba pudor ponerse guapa.
Al final, sí se peinó y se puso el vestido para que no se quedara triste colgado. Los labios solo un toque, pero luego lo quitó, que era demasiado escandaloso.
En el bar había jaleo, mucha gente, llegó puntual y Lucía la vio enseguida.
¡Inés, qué guapa estás, hija! ¡Me alegro tanto de verte!
Lucía, por cierto, estaba más redondita, pero le sentaba bien.
Charlaron un buen rato hasta que alguien distrajo a Lucía. Inés se quedó tomando zumo, mirando discretamente y escuchando la música. Ponían canciones de cuando iban a la uni, soñando todos con un futuro de película.
¿Te gustaría bailar? le llegó una voz por encima del bullicio. Al levantar la cabeza lo reconoció: era Miguel Ortega, del grupo de al lado. Se había casado en tercero de carrera, cosa que a Inés siempre le había dado rabia, porque le gustaba mucho aquel chico.
Inés, pero qué guapa estás. Es la primera vez que vengo a una de estas reuniones, y a todos les reconozco sólo por la voz, pero a ti te he reconocido nada más verte.
Le ofreció la mano, e Inés aceptó. Bailaron varias canciones en silencio, los dos con sonrisas de otro tiempo. De pronto, Miguel le susurró al oído:
Inés, ¿te puedo acompañar a casa? Mira, te digo la verdad, llevo años divorciado, pero si en tu casa hay marido, te acompaño sólo por educación, que ya es tarde…
Miguel la acompañó. Al día siguiente volvieron a verse. Y no hubo día en que no se vieran desde entonces.
El vestido y los zapatos para la boda de Inés se los ayudó a elegir Marta. Ya estaba ella con barriga, Inés iba a ser abuela, ¡y a la vez, novia! Y se sonrojaba de pensar en el traje blanco con más de cincuenta.
Inés, por fin, se permitió ser feliz.
Y Marta le susurró al oído:
Doña Inés, pero qué guapa está usted. Santi y yo estamos tan contentos… ¡Ser feliz se puede a cualquier edad, oiga!
Y es verdad, pensó Inés, con una sonrisa radiante mirando a su marido Miguel en la mesa nupcial. Ahora sí que me lo puedo permitir.
Por fin, Inés se perdonó y se dejó ser feliz
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