¿Por qué querríais iros a vivir al campo? Sobre todo ahora. Todo el mundo sueña con mudarse a la ciudad y vosotros vais justo al revés del mundo. ¿Qué se os ha perdido allí? No os entiendo. Sólo es agradable en verano, y en invierno no hay ni gatos de visita ni nada que hacer.
Tengo una amiga, Marta, que puso todo su empeño en convencernos para no mudarnos al campo. A mi marido y a mí nos molestó mucho. Como si tuviéramos que hacer lo que ella quiera, vamos.
Después de casi un año de buscar y rebuscar, conseguimos por fin encontrar una casa apañada y nos mudamos. Marta me llamaba casi todos los días, con ese tonillo suyo tan irónico, para preguntarme si ya había encontrado trabajo por allí. Y mira que ella sabía bien que trabajo desde casa y no tenía ninguna intención de cambiar. También me preguntaba insistentemente: ¿Pero ahí tienes Internet decente o vives todavía a la Edad Media, eh?
A principios de octubre, Marta se dignó a venir de visita. Ya llevábamos más de un año viviendo en el pueblo. Paseó con desgana por nuestra parcela, y el resto del tiempo se quedó en casa bebiendo cerveza con su marido, dos días enteritos de brazos cruzados.
Durante su estancia, aunque teníamos huéspedes, nosotros seguíamos bajando al sótano a guardar nuestras verduras y cerrando tarros de compota, que ya olía a invierno. El tercer día se pusieron a hacer la maleta; se volvían a la ciudad en autobús esa misma tarde. Ni siquiera tuvimos detalle de regalarles nada. Pero entonces, fue la propia Marta quien me pidió que les diera al menos un saquito de patatas y unas manzanas, mujer.
Le dije que me bajaba al sótano a por todo eso, pero no quisieron acompañarme, que con la resaca como para andar subiendo y bajando escaleras. Les di bolsas y cubos para recolectar lo que quisieran bajo los manzanos. Se quejaron del aspecto de las manzanas, pero se pusieron a recogerlas. Yo pensaba en cómo iban a cargar todo eso en el autobús, pero pronto lo entendí ya le habían echado el ojo a mi marido y querían que los llevase de vuelta.
Menos mal que mi marido se las olió y les soltó que ya había abierto una Mahou y que ni loco cogía el coche. Así que se tuvieron que ir con el saco a cuestas como buenos urbanitas. Desde entonces, desaparecieron del mapa, años sin pisar el pueblo. Nos llamamos alguna vez, eso sí. Pero de venir ni hablar. Y mira, quizás soy un poco mala, pero tampoco los he echado de menos; tanto desprecio por nuestro humilde terruño…
Pero mira por dónde, a finales de noviembre se plantaron en la puerta sin avisar, para darnos una sorpresa decían ellos. Vinieron justo el fin de semana más complicado, andaba yo como las locas con pedidos de Navidad, y además teníamos tres pavos por limpiar. Bueno, qué remedio, una sorpresa es una sorpresa.
Puse la mesa corriendo. Marta y su santo marido comieron y bebieron, y nosotros apenas pudimos dar un bocado. Al menos nos ofrecimos a ayudar: menos mal que no sabían ni cómo desplumar a un pollo de campo, siendo tan paletos como decían. Y todos mis pollos, ya estaban prometidos por encargo, que no sabían ni lo que costaba prepararlos para las fiestas. Les ofrecí una oca, pero les dije que tendrían que desplumarla ellos. Mañana la hacemos, dijeron.
Llega el día siguiente y… el silencio. Esta vez vinieron en su propio coche y nos compraron una oca. Antes de irse, insistí en que se llevaran hortalizas y conservas. Coged lo que queráis, de verdad. Llenaron el maletero. No me supo mal, tenemos suficiente para pasar varios inviernos.
Pero la pregunta de Marta ya fue lo más: ¿No tendrás por ahí algo de ternera de sobra? Solté que no, que no me sobraba, que primero iban los encargos de los clientes, y luego ya veríamos si caía algún chuletón. Y en todo caso, nuestras familias tienen preferencia, que aquí en el pueblo no tiramos nada.
Supongo que se enfadaron. Hasta hoy, Marta ni llama ni escribe. Me he enterado por una conocida que ahora andan diciendo que somos unos tacaños, que vinieron al pueblo y se fueron con las manos vacías de carne, palabra por palabra.
Yo que pensaba que en el campo sólo había montones de patatas y gallinas correteando. Si es que de verdad, vivir en el campo sigue siendo una eterna sorpresa, y no sólo por las visitas.







