La habitación de invitados

El cuarto de reserva

Sergio deja en el suelo del pasillo dos rollos de papel pintado y, sin quitarse los zapatos, empuja con el hombro la puerta del “cuarto de reserva”. La puerta se topa con algo blando y no se abre del todo. Suspira y tira con más fuerza, sintiendo cómo el enfado que ha contenido todo el día en el trabajo le sube por la garganta.

Otra vez, comenta, aunque en el piso todavía nadie más ha salido de la cocina, de nuevo lo mismo.

En la habitación hay bolsas con ropa, cajas de electrodomésticos, un colchón viejo apoyado contra la pared y una estantería donde, mezclados, se amontonan tarros, libros y algunos cables. Entre todo eso queda un pasillo muy estrecho hasta la ventana, donde una caja de adornos navideños coge polvo en el alféizar.

Natalia aparece a su espalda secándose las manos en un paño.

¿Ya has comprado el papel de pared? pregunta, mirando no a los rollos sino al interior, como si comprobara si algo ha crecido ahí.

Sí. Y pintura. Y masilla. Sergio deja los rollos contra la pared del pasillo para no estorbar. Pero primero sería conveniente poder abrir la puerta al menos.

Natalia, sin decir nada, se agacha, engancha un extremo de una bolsa y la arrastra medio metro. La puerta cede.

Hagámoslo bien, dice ella. Hoy lo ordenamos. Mañana las paredes. Y ya está. Sin “luego”.

Sergio asiente, aunque por dentro se le activa esa resistencia conocida. “Luego” era el modo familiar de no discutir. Mientras la habitación siguiera en tierra de nadie, no hacía falta decidir para quién era.

De la cocina llega la voz de Vera:

Os ayudo si decís qué se puede tocar.

Vera lleva dos años viviendo con ellos, desde que murió su madre y vendieron la habitación en el piso compartido. Es ordenada, callada, y su presencia en la casa siempre se siente como otra capa de aire: no molesta, pero altera las rutinas.

Todo se puede, responde Natalia demasiado rápido. Luego se corrige: Casi todo.

Sergio entra, esquivando la caja con la inscripción “cables”. Se pone a empujar el colchón, que está de canto, pero se engancha con el asa de una vieja maleta.

Sujeta, le pide a Natalia.

Ella ayuda con el colchón y Sergio saca la maleta. Es pesada, con las esquinas gastadas, y un alambre enrollado en la cerradura.

¿De quién es esto?

Natalia la mira y aparta la vista.

De mamá, responde, como si la maleta pudiera oírla.

Vera entra con un fajo de periódicos atados con cuerda.

¿Tiro esto?

Los periódicos sí, contesta Sergio. Pero a una bolsa, para que no se esparza.

Deja la maleta en la puerta. El alambre de la cerradura está retorcido, y Sergio lo palpa distraído, tanteando si puede deshacerlo. Natalia lo ve.

No, dice ella. Luego.

Sergio la mira.

Nati, quedamos en que hoy.

Ella tensa los labios, toma la caja de adornos de la ventana y la lleva al pasillo, como si eso pesara más que la conversación.

Vera, en silencio, abre una bolsa y mete los periódicos. El roce del papel le irrita a Sergio más que el propio desorden.

Coge la primera caja que encuentra. En la tapa pone “Álvaro. Colegio.” La caja está cerrada con cinta, pero ya no pega. Sergio levanta la tapa. Hay cuadernos, un diario, varios diplomas, una regla de plástico y arriba, una camiseta pequeña con número en la espalda.

Sergio se queda parado. Es una camiseta de niño, pero ya de los años en que los críos todavía no tienen vergüenza de la ropa colorida.

Esto arranca.

Natalia se acerca, mira.

No lo toques, le dice bajito.

¿Por qué? pregunta Sergio. Si total…

No termina la frase. “No va a volver” sería demasiado brutal, aunque sí lo piensa.

Vera levanta la cabeza de la bolsa.

Álvaro llamó ayer dice con suavidad . Oí a Natalia hablar con él.

Natalia se gira de golpe.

¿Escuchabas?

No Vera alza las manos . Era que hablábais alto. Preguntó por ti.

Todo dentro de Sergio se descoloca de repente. Álvaro, su hijo, vive en otra ciudad, trabaja, alquila un piso. Viene poco; cada visita es un acontecimiento para el que Natalia se prepara como si fuese un examen. El cuarto de reserva es, para ella, “su habitación”, aunque desde hace tiempo ya no haya ni cama.

¿Y qué? ¿Viene?

Natalia encoge los hombros.

Dijo: “igual en primavera”. Lo recita como si fuera una cita que ha repetido mil veces en la cabeza.

Sergio devuelve la caja al suelo, sin taparla. La camiseta arriba, acusadora.

Será el despacho, dice. Estoy harto de trabajar en la cocina. De no poder cerrar una puerta.

Natalia le mira como si acabara de proponer tirar a la basura algo vivo.

Un despacho. ¿Y si viene? ¿Dónde duerme?

En el sofá del salón, como todos, responde Sergio. Es mayor.

Vera tose tímida.

Se puede poner un sillón-cama, sugiere. De esos pequeños.

Sergio se muerde las palabras que quiere decir: no es una cuestión de sofá cama. Es que Natalia mantiene la habitación como una promesa que él nunca hizo.

Abre otra bolsa: chaquetas viejas, bufandas, mantas. Empieza a sacar. Al fondo, una bolsa con herramientas: martillo, destornilladores, metro, una caja de tornillos.

Esto es mío, dice, satisfecho de encontrar algo propio.

Natalia asiente.

Esto se deja. Lo dice casi como una concesión.

Mientras tanto, Vera encuentra una mesa plegable y trata de abrirla.

Está coja, advierte.

Tírala, dice Sergio.

Natalia, de golpe:

Espera. Todavía…

¿Todavía qué?, replica Sergio. ¿Todavía puede pegarse años cogiendo polvo? Nati, esto no es un museo.

Al decirlo, se arrepiente. Natalia baja la mirada y mete libros en una caja, sin fijarse en los títulos.

No soy un museo, susurra. Solo que…

Se calla. Sergio ve cómo le tiemblan los dedos al cerrar la caja. Se acerca, pero en ese momento Vera saca del fondo una carpeta de cartón.

Aquí hay papeles, cuenta. No sé dónde ponerlos.

La carpeta lleva cintas para atarla. Sergio la toma, la abre. Dentro, cartas y algunas fotos. La de arriba tiene la letra de Natalia, pero no está dirigida a Sergio.

Las manos se le enfrían.

¿Esto qué es?

Natalia alza la cabeza. Un fugaz gesto de cansancio, y después se recompone.

Es de hace mucho.

¿A quién?

Vera, al captar el ambiente, se aparta hacia la puerta.

Voy a poner el agua para un té, dice y sale.

Sergio se queda con Natalia, rodeados de cajas y polvo, dándose cuenta de que las reformas ya han empezado, pero no en las paredes.

Es de Andrés, dice Natalia antes de que pregunte. Te acordarás.

Sergio recuerda. Andrés fue su compañero en la universidad, un romance antes de casarse. Después tuvieron a Álvaro, una vida común. Andrés aparecía a veces como nombre de otro tiempo, sin peso real.

¿Y por qué está aquí?

Natalia encoge los hombros.

Porque no pude tirarlo. Porque es parte de mí.

Y lo tienes aquí, en el cuarto que no tocamos, replica Sergio. Como todo lo demás.

Natalia se acerca y le quita la carpeta de las manos.

No te hagas el íntegro, dice . En tu caja tienes la solicitud de traslado, la de trabajo a Barcelona, que no llegaste a entregar. La vi.

Sergio parpadea.

¿Cuál solicitud?

La de cambiar de sede. La imprimiste, la firmaste y la guardaste. Natalia lo dice serena, pero hay filo en esa calma. Y también “para luego”.

Sergio siente cierta rabia y, a la vez, vergüenza. Es verdad, quiso irse cuando todo iba fatal en el trabajo. Luego mejoró, luego dio miedo cambiar.

No es lo mismo, protesta.

Sí lo es, niega Natalia. Aquí vamos metiendo nuestro “luego”: tú tus planes, yo mis miedos.

Sergio mira la caja abierta de los cuadernos de Álvaro.

Y Álvaro también, añade.

Natalia respira hondo.

No te atrevas.

No hablo de él, levanta las manos . Hablo de nosotros. Le reservamos sitio como si aún fuera un niño. Y él ya vuela.

Natalia se sienta en el canto del colchón. Rechina.

¿Crees que no lo sé? susurra. Lo sé. Pero si dejo de sujetar esto me quedo vacía.

Sergio se sienta enfrente en una caja dura e incómoda.

Yo también me siento vacío dice. Pero no guardo cartas.

Natalia mira la carpeta sobre sus rodillas.

¿De verdad crees que es por Andrés? pregunta. Es porque a veces me asusta no haber sido otra. No porque tú seas malo. Porque la vida sigue.

Sergio calla. Por fin ve a Natalia no como una esposa empecinada en “su habitación”, sino una mujer que teme admitir que mucho ya no vuelve.

Se oyen pasos en el pasillo. Vera entra con tazas, las deja en el alféizar.

¿Dónde pongo esto? pregunta señalando la carpeta. ¿En el armario?

Natalia la mira, de repente firme.

Vera, le dice no tienes que salvarnos.

Vera se queda quieta, luego asiente.

No os salvo, sólo vivo aquí. Y también quiero saber a qué atenerme.

Sergio la mira. Vera está recta en la puerta, pero sus dedos están entrelazados hasta ponerse blancos. Y comprende: el cuarto de reserva es para Vera otro suspense. Como si un día tuvieran que pedirle que se vaya cuando “vuelva la vida de verdad”.

Hacemos la habitación, dice despacio no para echar a nadie. Para vivir.

Natalia se pone en pie.

Hagamos esto: hoy decidimos qué será y qué no será.

Sergio asiente.

Despacho, repite, ya no tan seco. Y cama de invitados. Para que Álvaro venga. Para que Vera tenga intimidad si lo necesita.

Vera levanta la vista.

No necesito cerrar la puerta dice, pero añade: Aunque a veces apetece estar sola y en silencio.

Natalia toma el metro de la bolsa de herramientas.

Medimos, anuncia. Si el escritorio va junto a la ventana, el sofácito a lo largo…

Sergio se sorprende de lo rápido que entra en acción. Sabe que Natalia salva a base de pasos concretos.

Se ponen manos a la obra. Sergio saca bolsas de ropa al pasillo. Natalia separa libros: unos para donar, otros a la estantería del salón. Vera mete frascos y tapas en bolsas, “por si acaso sirven”.

No los necesitamos, dice Sergio.

Sí, contradice Natalia. Son para las mermeladas.

Hace dos años que no haces, rebate él.

Natalia le mira.

¿Y si este año hago? Si hay sitio.

Sergio calla; no va de frascos la discusión.

Por la tarde, el suelo ya se ve. El linóleo es viejo y abultado. En la esquina hay una caja de fotos. Natalia se sienta a clasificar.

Sergio se arrodilla al lado.

¿Esto queda?

Sí, asiente ella pero no aquí. Quiero que estén a mano, no en un escondite.

Elige algunas y las deja aparte. En una sale Álvaro pequeño, con gorro y mejillas rojas. En otra, Sergio y ella jóvenes, delante de una casa a medio construir que entonces era el futuro.

Sergio toma una de esas fotos.

Creíamos que todo iba a ser sencillo, dice.

Natalia sonríe, apenas.

Pensábamos que teníamos un “colchón” dice. Un colchón de energía, de tiempo, de cuartos.

Vera entra con la maleta.

Molesta el paso, avisa. ¿Qué hacemos?

Natalia mira la maleta y luego a Sergio.

Abrámosla.

Sergio coge unos alicates del kit, fuerza el alambre. El cerrojo cede con dificultad.

Dentro hay cosas de su madre: pañuelos, un álbum antiguo, cartas y, al fondo, una pequeña mantita de bebé.

Natalia la coge, la aprieta contra sí y cierra los ojos.

Era mía, murmura me sacaron del hospital envuelta en ella.

Sergio siente cómo se le afloja algo dentro. Temía encontrar monstruos, pero sólo hay recuerdos sencillos.

¿Guardamos?

Natalia asiente.

Pero no toda la maleta. Mira alrededor. Hagamos una caja pequeña. Arriba en la estantería. Para recordar, no para vivir dentro.

Vera, cuidadosa:

¿Le ponemos una etiqueta? Así luego sabremos.

Sergio mira a Natalia. Ella asiente.

Pon: “De mamá”. Y listo.

Meten la mantita, el álbum y algunas cartas en una caja pequeña. El resto, Natalia lo descarta sin lágrimas, sólo despacio.

Cuando terminan, Sergio sube a una banqueta y la deja en la balda más alta de la estantería, que han decidido mantener. Será “el rincón de la memoria”, según Natalia. Abajo, sólo carpetas y un par de cajas de cosas de temporada. Nada más.

Una norma, dice Natalia cuando se sientan al suelo a descansar. Si algo se deja aquí, se etiqueta y se pone una fecha. Al año, se revisa.

Sergio se extraña.

¿Una fecha?

Para que no acabe siendo ciénaga. Le mira. Y además: si alguien quiere dejar algo “por si acaso”, que lo diga y explique el porqué. Nada de esconder.

Vera, bajito:

Y se pregunta a los demás.

Sergio asiente.

De acuerdo.

Al día siguiente Sergio retira el viejo linóleo, lo enrolla y lo lleva al contenedor. Le duelen las manos y la espalda, pero está tranquilo. Natalia enmasilla las paredes, manchada de polvo blanco. Vera limpia la ventana y el alféizar, quitando la suciedad con una esponja.

Por la tarde cuelgan la nueva lámpara de techo. Sergio subido a la escalera, conecta los cables; Natalia sostiene la cinta aislante; Vera alumbrando con una linterna porque aún no hay luz.

Dale, dice Natalia.

Sergio sube el diferencial. La luz brilla, firme. Ya no es el “cuarto de reserva”, es simplemente un cuarto.

Colocan la mesa junto a la ventana. Sergio pone el portátil, antes nómada de la cocina. Natalia trae de la tienda un sofá-cama estrecho. Vera aporta una lamparita pequeña y la deja en la estantería, junto a la caja “De mamá”.

Sergio tira la última bolsa al contenedor. En el portal se detiene a escuchar. En la casa hay silencio, pero no vacío. Vuelve, cierra la puerta, ve a Natalia en la habitación nueva. Ella está en la ventana, mirando el escritorio.

¿Y bien?, pregunta él.

Natalia se vuelve.

Parece vida, responde.

Vera, al pasar, se detiene en la puerta.

Si Álvaro viene, dice yo cedo el espacio.

Natalia niega con la cabeza.

No tienes que ceder nada. Ya no es “suya” ni “nuestra”. Es de todos. Mira a Sergio. Y si alguien quiere irse o quedarse, lo hablamos. No lo guardamos.

Sergio va al interruptor, apaga la luz del pasillo dejando sólo la del cuarto. Mira el rectángulo de luz sobre el suelo, la mesa en la ventana, el sofá-cama, la pequeña caja en lo alto.

Hecho, dice.

Natalia asiente y, antes de salir, corrige la lamparita en la estantería para que quede recta. Ese gesto pequeño ya no es de resguardar el pasado, sino de cuidar lo que vendrá.

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La habitación de invitados
De la sombra a la luz