El sabor de agosto y de tus labios

DIARIO DE AGOSTO Y DE TUS LABIOS
Agosto aquel año fue denso y dorado, espeso como la miel de brezo que venden en los mercadillos de Castilla. El aire en las afueras de Segovia temblaba con el calor y el canto de los grillos, mientras el cielo al anochecer parecía teñido del morado de una ciruela madura.
Estábamos en el porche de una casona olvidada a las afueras, el jardín descuidado y salvaje, lleno de manzanas cayendo entre la hierba alta con un golpeteo sordo y jugoso. El mundo exterior con sus titulares, plazos y angustias parecía apenas un decorado, algo que alguien olvidó desmontar tras la función. Allí, en pleno epicentro de agosto, el tiempo se arrastraba, lento, como la resina bajando por la corteza de un pino.
Marcos me atrajo hacia él. Olía a sol, a polvo de los caminos y, de fondo, a un melocotón recién partido.
Pronto será septiembre susurré, con esa amargura ligera que siempre acompaña el fin del verano.
Septiembre ni existe respondió él, sólo existe esto, este ahora.
Me besó. Ese beso era como el último acorde del verano: dulce como las moras demasiado maduras, áspero como la piel tostada y lleno de un presentimiento helado, como el rocío de las primeras mañanas frescas. Era el sabor de la vida en suspenso, sabiéndose fugaz.
La realidad asomaba como una tormenta lejana. Detrás de la verja nos esperaban los problemas: en dos días, cada uno marcharía a una ciudad distinta a él le esperaba un contrato en el norte, yo había de regresar a la facultad en Salamanca. El mundo buscaba separarnos; la razón, enfrentada al sentimiento.
El móvil vibrando en la mesa era como una amenaza constante, pero allí, en el porche, resistíamos.
¿Lo notas? pregunté, apenas separándome.
¿El viento?
No, lo que hemos conseguido.
Allí tan juntos, hasta la sombra en las tablas del porche éramos uno. El viento de agosto intentaba colarse entre los dos, trayendo olor a leña quemada de algún incendio lejano recordatorio de la fragilidad de todo esto. Pero el sabor de sus labios lo disipaba todo.
Eso era nuestro contrabando: ese calor nos lo llevábamos, lo guardábamos para el invierno.
Marcos creía en la física, pero esa noche creyó en otra cosa: en que la memoria de agosto puede abrigarte en las noches más frías; que cerca es más bien un estado del alma y no una distancia.
Cuando el sol se ocultó tras los encinares, dejando sólo una banda estrecha de cobre, seguíamos allí. Al día siguiente tocaba hacer maletas. Pero en ese jardín, ese minuto, ninguna despedida podía alcanzarnos. Porque amar en agosto es la mayor sinceridad: sabes que el invierno está cerca, y ardes por eso.
***
Febrero en Madrid siempre huele a asfalto mojado, a diésel y a promesas incumplidas. El viento no juega entre las ramas de los pinos como en Segovia: aquí corta y obliga a subir el cuello del abrigo.
Marcos miraba la Gran Vía desde la ventana de una cafetería. El contrato del norte le había dejado como herencia la costumbre de entornar los ojos con la nieve y una soledad persistente, punzante.
El mundo ganó: las llamadas dejaron de ser diarias, los mensajes se volvieron frases huecas y por último quedaron sólo felicitaciones en Año Nuevo y cumpleaños. Dos mil kilómetros lo disuelven casi todo.
Removía su café solo, contemplando la marea gris de la ciudad. Madrid te arrastra: prisas, el metro atronador, los hombros de desconocidos. Todo parecía desterrar el recuerdo. Casi todo.
La puerta se cerró de golpe, colando aire frío entre los clientes. Marcos se estremeció. Por un instante, creyó oler no humo, no gasolina, sino la hierba cálida de agosto.
Entró ella, quitándose la nieve del capucho. Sofía.
Parecía distinta: más seria, con un abrigo oscuro y una pequeña arruga nueva entre las cejas. El mundo había pasado factura. Se sentó frente a él, y entre los dos volvió a formarse ese espacio denso que antes sólo llenaba el viento.
Hola saludó, con voz rasgada por el invierno urbano.
Hola.
Hablaron de trabajos, de matrículas, de lo infernal que es aparcar en el centro. Era el diálogo de dos extraños, parapetados tras datos triviales. Se notaba el choque entre quienes fueron en agosto y quienes eran ahora.
¿Sabes? Marcos interrumpió, dejando que se perdiese su historia sobre exámenes. He pasado todo el año intentando recordar algo.
Sofía giraba el vaso vacío entre las manos.
¿El qué?
El sabor.
Se inclinó hacia ella, rompiendo la distancia forjada con los meses. En la cafetería era un murmullo de tazas, baristas y neveras. El ruido intentaba separarlos.
Le tomó la mano. Estaba fría, endurecida por la ciudad. Pero el calor llegó en un instante.
Yo no olvido agosto murmuró ella. Recuerdo los melocotones, el polvo y lo poco que me asustaba entonces.
Salieron a la calle. El viento de febrero los azotó, intentando mandarlos cada uno a su estación de metro. Pero Marcos la acercó a él, entre la multitud, sin importarle las miradas.
Y cuando la besó, sabiendo a invierno y labios secos, bajo aquella corteza sintió eso.
Sí, ese sabor: moras maduras, sol y la certeza absoluta de aquí. Agosto no se había marchado. Sólo aguardaba a que dejaran de escuchar el bullicio para escuchar(se) de verdad.
El viento borra palabras, pero lo que se pega a la sangre, no.
La noche se deslizaba por los tejados de Lavapiés, pretendiendo ser dueña de Madrid, pero en el taxi de vuelta sólo había silencio y vaho en los cristales. Separados del mundo, sólo quedábamos nosotros, dos personas dentro de un capullo de luz gris.
No soltó su mano. Sentía cómo, con ese calorcito, regresaba también el valor que había perdido en tantos días fuera.
No podemos volver cada uno a su casa le dije.
No era una pregunta. Era la constatación del punto de no retorno.
Sofía bajó la mirada, luego me buscó. Sus ojos capturaban el reflejo azuloso del neón de la avenida, fríos, eléctricos.
El mundo no va a desaparecer, Marcos. Mi máster, tus nuevos proyectos El viento volverá en cuanto salgamos de aquí.
Que venga sonreí, apenas. El problema no era el viento. El problema era intentar resistirlo por separado, creer que cerca se gestiona por calendario.
Apagué el móvil sin mirar la pantalla. Sofía hizo lo mismo. En ese instante, se deshicieron mil hilos de expectativas, compromisos y agendas.
Nos bajamos ante su portal. El viento empujaba, insistente. Pero ya no huíamos.
En mi bolso queda una bolsa de té con frambuesa seca susurró camino del ascensor. Huele como las bayas del jardín.
Pon la tetera respondí, cerrando la puerta. Tenemos toda la noche para hacer planes.
El plan era sencillo y audaz: dejar de ser rehenes de las circunstancias. Marcos renunció a un encargo más al norte para quedarse en la oficina local, aunque ganase menos euros. Sofía comprobó que sus prácticas imprescindibles podían acercarse a la capital.
No era compromiso. Era defensa del territorio.
Aquella noche, en la pequeña cocina, mientras el hervidor soltaba vapor, volvimos a besarnos. Pero aquella vez ya no era un beso de despedida, como en agosto. Era un beso de comienzo.
El trabajo, el dinero, la logística se quedaron fuera. Cuando elegimos estar cerca no a pesar, sino por, esos problemas se convirtieron en simples asuntos por resolver.
¿Sabes? acercó la frente a la mía, callando. Agosto no es un mes en el calendario.
¿Y qué es?
Es sentir el sabor de la vida en la boca del otro. Y entonces no importa el febrero que haga fuera.
El viento seguía peleando contra el cristal, pero ya sólo era ruido de fondo. Dentro, había llegado el verano, y ese nadie podía arrebatárnoslo ya.

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El sabor de agosto y de tus labios
Un armario caótico, montones de ropa sin planchar, sopa agria en la nevera: todo esto es nuestro hogar. Decidí plantear estas cuestiones con delicadeza a mi esposa, pero de algún modo terminé recibiendo reproches. Me enamoré de María a primera vista, en cuanto la vi. No pude resistirme a su belleza y encanto. Pensé que era increíblemente afortunado de compartir mi vida con una mujer tan inteligente, atractiva y pulcra, así que no dudé en pedirle matrimonio. Decidimos irnos a vivir juntos y, desde el principio, María me dejó claro que no le gustaban las tareas domésticas. Prefería centrarse en su carrera y repartir las labores del hogar de forma equitativa. No vi ningún inconveniente y acepté, pensando que era lo más justo y razonable, aunque no sabía lo que nos esperaba. Nos dividimos las tareas domésticas y María me aseguró que podía desenvolverse perfectamente tanto en el trabajo como en casa. Confié en su opinión y no insistí en la mía. Pasaron seis meses y empecé a notar que las cosas no salían como esperábamos. Profesionalmente, María no tenía la estabilidad que deseaba: trabajaba media jornada en una empresa poco conocida, con un sueldo irregular y un horario cambiante. Además, gastaba lo que ganaba únicamente en sí misma. Mientras tanto, yo trabajaba sin parar de sol a sol. Sin embargo, María recordaba muy bien el reparto de tareas y a veces hacía la vista gorda ante sus propias responsabilidades. Al principio cumplía con su parte con dedicación, pero poco a poco su entusiasmo fue decayendo. La casa se volvió cada vez más desordenada, con montones de ropa sin planchar por todas partes. Para mi sorpresa, me echó la culpa a mí, diciendo que debería ayudarla más. Esa actitud me dolió profundamente. Me resultaba casi imposible compaginar mi trabajo con el cuidado de la casa, cuando desde el principio habíamos acordado un reparto equitativo de responsabilidades. Esperaba que la situación mejorara tras el nacimiento de nuestro hijo, suponiendo que María se encargaría de la casa durante la baja por maternidad. Por desgracia, la situación empeoró. A veces pienso que estaría mejor sin mi esposa. Además, las discusiones constantes se han hecho parte de nuestra vida. Aunque intento comprender el punto de vista de mi esposa y ponerme en su lugar, no puedo evitar sentir que mis necesidades pasan desapercibidas. Trabajo tanto en la oficina como en casa, asumiendo diferentes responsabilidades, y también me encargo de tareas domésticas. Todo lo que quiero es poder descansar. Me pregunto qué hace María durante el día en su baja de maternidad, qué le impide preparar la cena o recoger el salón. Nuestro bebé solo tiene dos meses y duerme la mayor parte del día. Creo que yo podría encargarme de algunas tareas domésticas en ese tiempo. No puedo evitar preocuparme por cómo nos las apañaríamos si tuviéramos otro hijo. Estoy a favor de la igualdad y el apoyo mutuo, pero parece que a María le cuesta entenderlo. No quiero romper nuestra familia, porque quiero muchísimo a nuestro hijo. Sin embargo, siento que he llegado al límite de mi paciencia. No sé cómo seguir viviendo así. ¿Tú de qué lado estás en esta historia?