Mi padre dijo que nunca vendría a verme, pero ahora está en mi puerta pidiéndome un favor.

Papá parecía no darse cuenta de todo lo que tenía sobre mis hombros. Desde que cumplí catorce años, mi familia empezó a acudir a mí para pedir ayuda. A veces era algo tan sencillo como buscar algo en internet o ayudarles a hacer una compra online.

¿Es malo que quisiera escuchar un gracias después de echarles una mano? Pero si tan solo me atrevía a reprochar a mi madre, a mi padre o al abuelo que se olvidaban de la palabra mágica, acababa escuchando un sermón interminable…

Siempre fue así. Crecí, me fui a la universidad y las peticiones no cesaron: que si compraba algo para alguien (porque recibo la beca), que si ayudaba al chico del barrio con matemáticas gratis, o que si llevaba a mi abuelo al médico porque está ya mayor y los nervios lo ponen fatal.

Cuando uno se hace mayor, tiene sus cosas, obligaciones, trabajo, pareja y se acostumbra a ese vaivén de dar y recibir. Dedicar tiempo a ayudar a mis padres a encontrar algo por internet, herramienta que nunca acabaron de entender, se vuelve algo pesado. Y más cuando mamá y papá se turnan llamando para que introduzca la lectura del contador, compre algo online por ellos, o conecte a mi madre al seminario virtual porque ella no sabe hacerlo. Con los años aprendí a decir que no a ciertas peticiones de ayuda cuando no podía, y eso le dolía mucho a mi padre. Le dolía porque creía que se lo debía.

Hace poco discutimos intensamente por esto. Tanto, que la discusión por teléfono fue tremenda Se le ocurrió hacer un viaje a mitad de semana a otra ciudad y quería que le acompañara, porque allí se pierde y no sabe usar Google Maps. Le pregunté quién de los dos era el padre, y recibí una bronca sobre cómo me educaron, me ayudaron, y que ahora toca que yo les ayude a ellos.

Terminó diciéndome, casi en una arenga, que nunca más volvería a pedirme ayuda. Pasé unos días sintiéndome culpable, dándole vueltas a disculparme, pero al final fue el padre quien se acercó. Y no para reconciliarse, sino para confrontarme con una realidad:

¿Has pensado en el regalo de cumpleaños de mamá? Podríamos poner dinero juntos y comprarle esa máquina de coser que le hacía ilusión. Ella no se la va a comprar sola, y sería una sorpresa bonita.

¿Y qué hago yo? Una vez más, me sentí herido, pero fingí que todo era normal.

¿Alguien más siente que sus padres solo acuden cuando les conviene? Son adultos ¿Qué harían si yo no estuviera? ¿Cómo vivirían?

Hoy he aprendido que la familia, al final, es una sucesión de dar y recibir, a veces sin la gratitud que uno espera. Pero lo cierto es que, aunque aún me cuesta, la paciencia y los límites son tan importantes como el cariño.

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