**Pendientes de esmeraldas**
El primer día en el parvulario, el pequeño Quique se fijó en una niña rubia de ojos azules. Jugaba con los chicos y sus coches de juguete, pero en el comedor siempre se sentaba con ella. En los festivales, solo bailaba con Sonia. Y si algún niño le cogía la mano antes que él, Quique lo apartaba sin dudar.
Ella era seis meses mayor y, al cumplir los seis años y medio, sus padres decidieron mandarla al colegio. Aquella tarde, Quique anunció en casa que también quería ir.
—Eres demasiado pequeño. El año que viene—dijo su madre.
Quique rompió a llorar.
—Las niñas maduran antes—intentó razonar su padre—. Apenas sabes leer y sin eso no puedes ir. Además, ¿crees que es divertido estar horas sentado en clase? Luego deberes, exámenes…
A Quique no le gustaba leer, pero sin Sonia, la vida perdía sentido.
Tomó el silabario, se sentó en el sofá y comenzó a descifrar las letras. Su padre lo observaba con escepticismo, esperando que se rindiera, pero Quique persistió.
—Muy bien—cedió al fin su padre—. Si aprendes a leer y contar hasta cien, podrás ir.
Todo el verano, Quique estudió en silencio. Sus padres, sorprendidos, cumplieron su promesa y lo matricularon.
El primer día de clase, vestido con un traje demasiado grande, un ramo de gladiolos en la mano y la mochila desbordada, Quique esperó orgulloso junto a Sonia en el patio.
—Niño, no estás en esta lista—dijo la profesora—. ¿Dónde están tus padres?
Su madre acudió, pero Quique se negó a irse sin Sonia y rompió en llanto. Lo dejaron quedarse. Al entrar, la maestra lo llevó a otra clase, prometiendo solucionarlo.
La lección le pareció interminable. Cansado, arrastraba la mochila, pero al ver los grandes lazos de Sonia, corrió hacia ella. Al día siguiente, ya compartían pupitre.
A Quique le costó, pero se esforzó. Si repetía curso, perdería a Sonia.
En el instituto, él destacó en matemáticas; ella apenas aprobaba.
—No las necesito—decía Sonia—. Seré médica.
—Sin aprobar Selectividad, no entrarás—respondió Quique.
Asustada, aceptó su ayuda. Tras clase, iban a su casa, donde la abuela les daba de comer y tejía bufantes eternos mientras ellos estudiaban.
Un día, la abuela enfermó y los dejó solos. Quique, nervioso, miró un cuadro sobre el sofá.
—¿Quién es?
—Mi bisabuela—aclaró Sonia—. Un pretendiente rico le regaló joyas con esmeraldas y encargó el retrato. Él murió antes de la boda. El pintor se enamoró de ella, se casaron, pero en la guerra lo mataron y quemaron sus obras. Solo quedó esto.
Quique no vio el parecido, pero calló.
—Espera—dijo Sonia, y volvió con los pendientes de esmeraldas, que brillaban como luciérnagas verdes en sus orejas.
—¿Son los originales?—susurró Quique.
—El collar y el anillo lo cambiaron por comida en la guerra. Estos los guarda mi abuela para cuando me case—respondió Sonia, quitándoselos—. Ahora, a estudiar.
Al terminar el bachillerato, Quique anunció que estudiaría Medicina.
—¿No querías Ingeniería?—protestó su padre—. ¿Otra vez por Sonia? No arruines tu futuro.
—Es mi decisión—respondió él.
Sonia siempre había curado muñecas—y a Quique—con vendas imaginarias. Él soportaba los pinchazos con una rama.
Él entró sobrado; ella se quedó corta. Quique habló con el rector, defendiendo su talento. Al final, la aceptaron, advirtiendo que si fallaba, los echarían a ambos.
Quique se enamoró de la Medicina. Sonia, en cambio, se desmayaba en Anatomía y temía a los pacientes.
En el hospital, durante una guardia, un compañero, Íker, le instó a ignorar a una anciana y flirtear con enfermeras.
—Pasa de ella, está agonizando—dijo Íker.
—Déjame en paz—gruñó Quique.
—¿Tan aburrida es Sonia?—bromeó Íker—. A no ser que sea noble, como dicen…
Quique, sin pensar, mencionó los pendientes. Íker enarcó una ceja.
Al día siguiente, Íker desapareció. Sonia perdió sus llaves. Quique intuyó la verdad y corrió a su casa. En las escaleras, chocó con Íker, que huía. Se enzarzaron.
—¿Qué robaste?—gritó Quique.
Íker le golpeó y escapó. Dentro, la abuela yacía en el suelo. Quique llamó a urgencias.
—Fue Íker—dijo a la policía—. Buscaba las esmeraldas.
No las encontró, pero robó un anillo de Sonia. Ella llegó llorando.
—No puede ser—murmuraba.
Quique la abrazó. Él siempre estuvo ahí, invisible para ella… hasta ahora.
Se casaron al graduarse. Sonia llevó los pendientes; Quique le regaló un anillo verde. Íker confesó y fue expulsado.
Las joyas terminaron en un museo. En su casa, solo quedó el retrato de la bisabuela, testigo silencioso de su historia.







