En pleno invierno, una furgoneta llega a una casa antigua y deshabitada en las afueras de un pequeño pueblo de Castilla. De ella baja una mujer joven acompañada de dos hijos. Los vecinos, curiosos, se asoman tras las cortinas intentando descubrir quién es esa mujer que se instala en la casa abandonada.
Seguro que la vendieron barata comenta la abuela Carmen.
Mientras tanto, la mujer traslada, con la ayuda de su hija adolescente y su hijo de siete años, sus pocas pertenencias al nuevo hogar. Ella se apaña sola y, a pesar de la época del año y del frío, logra instalarse.
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Atentos, este sábado todos participamos en la jornada de voluntariado anuncia la tutora. Iremos a limpiar el parque del pueblo.
¿Hace falta que llevemos herramientas? pregunta alguno de los estudiantes de tercero de ESO.
Ya tenemos rastrillos, cubos y escobas responde la profesora.
Lucía es la nueva alumna. Todavía no termina de acostumbrarse al colegio ni ha hecho amigos. Cuando sale al pasillo a mojar la esponja para limpiar la pizarra, uno de los chicos comenta:
Si terminamos pronto de limpiar el parque, quizá podamos ayudar también a Lucía y a Diego. Su patio está lleno de cosas por arreglar.
¿Y a ti qué te importa? le sueltan otros chicos desde el fondo del aula.
A mí me parece bien insiste. Los anteriores propietarios dejaron un montón de trastos, la madre de Lucía y Diego no puede con tanto sola.
Si la mayoría está de acuerdo, puedo hablar con el director añade la profesora, señora Teresa.
Don Julián, el director, es un hombre de otros tiempos, de los que creen en la ayuda mutua. Sabe que la familia es nueva y que, en estos pueblos, los vecinos no siempre se apresuran a echar una mano al principio, así que da su permiso para la actividad.
Una semana después, la clase de Lucía se reúne en el patio de su casa, acompañados por don Julián y doña Teresa. No pasa mucho tiempo y una furgoneta del ayuntamiento se lleva todos los residuos. Más tarde, la Junta vecinal colabora arreglando las tejas del tejado.
El próximo mes vendrán a reparar la calefacción. Mientras tanto, podrás quedaros en casa de la abuela Carmen dice el director rural.
Os doy las gracias de corazón. Pasé mi infancia en un pueblo, pero tras la muerte de mi marido, no pude con la ciudad. Volver aquí ha sido difícil, pero me siento más cerca de la tierra dice emocionada Isabel entre lágrimas.
No llores. Acepta la ayuda, aquí nos cuidamos unos a otros, siempre serás bienvenida le responde la abuela Carmen, abrazándola.
Tras la jornada solidaria, Teresa intenta comentar con don Julián que uno de los chicos, Mateo, quiso hacerse notar con la iniciativa. Según ella, sólo buscaba protagonismo. El director no lo ve mal: lo importante es que muchos se sumaron a la causa y ayudaron a una familia necesitada. De no ser por él, tal vez nadie se habría enterado.
No te preocupes. Tienes una buena clase, llena de niños solidarios le dice don Julián a la tutora.
Así, Isabel y sus hijos comienzan una nueva etapa en el pueblo. No se arrepiente de haber dejado la ciudad: aquí su vida tiene sentido y está arropada por la bondad de la gente castellan.







