—¿Eres acaso una fábrica de bebés? ¿Cuántos más piensas tener? —La madre de mi marido me interrogó con desprecio.

¿Eres una fábrica de bebés? ¿Cuántos más pensáis tener? espetó con ironía Aurora Gutiérrez, la madre de Álvaro, mientras cruzaba los brazos y la miraba como si hubiera cometido una falta gravísima.

¡Buenos días, Aurora! Por favor, no seas tan mordaz contestó con calma Lucía, esforzándose por mantener la compostura. Álvaro te ha contado que estamos esperando otro bebé, ¿y te ha molestado tanto?

¡Por supuesto que sí! Después del tercer nieto ya te pedí que dejarais de procrear. ¡No haces caso ni a una mujer sabia! ¡Te regalé una caja gigante de preservativos por Nochevieja para que comenzarais a protegeros, y aquí estáis otra vez! gruñó la suegra, clavándole la mirada.

Lucía recordó perfectamente el momento incómodo en la cena de Año Nuevo, durante el cumpleaños de su hijo mayor. Aurora, tan sutil como una estampida, le entregó aquel paquete en medio de todos, insinuando con ahínco que ya era hora de poner freno.

Escuchamos tu consejo, pero es la naturaleza la que manda, respuesta Lucía serenamente.

¿Quieres hacerte la graciosa? Pues ahora te las apañas con tus hijos No penséis que voy a ayudaros más.

En realidad, nunca Lucía empezó a replicar, pero el tono impaciente de Aurora interrumpió la llamada. La chica dejó el móvil sobre la cama, esbozó una tímida sonrisa y se acarició el vientre aún liso, donde crecía la nueva vida. Este cuarto embarazo era el motivo del descontento de Aurora Gutiérrez, incomprensible para Lucía.

Aurora jamás se había implicado realmente con sus nietos ni en el cuidado ni en cuestiones económicas. Como mucho, se dejaba caer por la casa una vez al mes o llevaba algún detalle por Reyes. Lucía lo aceptaba en silencio; no le hacía gracia, pero prefería no decir nada, ni siquiera a Álvaro. Sus hijos no pasaban necesidades, vestían bien y siempre había comida en la mesa, gracias al buen sueldo de Álvaro y a que Lucía había montado un pequeño negocio casero. Cuando empezó a irle bien, contrató a una chica para ayudar con los niños y ganar tiempo para trabajar.

Eran una familia feliz, si no fuera por el veneno constante de Aurora. Nunca aceptó a Lucía del todo y, con la llegada sucesiva de nietos, su mal genio fue en aumento.

Con la tercera hija, Aurora fue clara: le pidió a Lucía que abortase, pero al final le cogió cariño a la niña. Justo cuando parecía que las aguas volvían a su cauce, Lucía se quedó embarazada otra vez. No lo habían planeado, pero la vida lo quiso así, y lo aceptarían como una bendición.

Esta noticia no alegró precisamente a Aurora. Lucía sospechaba que el temor de su suegra era otro: que Álvaro, quien ayudaba a su madre cada mes con dinero, tuviera que recortar la paga para afrontar los nuevos gastos. Ya le había pagado varias cosas: reparar los dientes, unas vacaciones en las playas de Cádiz y hasta una reforma en el piso de Aurora en Salamanca.

Lucía nunca se opuso a que Álvaro ayudara a su madre siempre y cuando no fuese a costa de sus propios hijos. De momento, les alcanzaba para todo, así que animaba a Álvaro a ser generoso. Pero si el problema de Aurora era la preocupación por el dinero, con el tiempo solo empeoraría su carácter. Y tanta amargura terminaría minando la tranquilidad que intentaba preservar Lucía para su embarazo.

Nada, sin embargo, haría que cambiara su decisión. Ya habían hablado y tendrían a ese cuarto hijo. La verdadera pregunta era: ¿tiene el derecho una suegra a decidir cuántos hijos debe tener una familia?

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Ganar el perdón