No comprendíamos por qué los abuelos no querían quedarse a cargo de los gemelos y pensábamos que las niñeras eran el problema, no nuestros hijos.

Por qué la madre de Marcos trataba así a nuestros hijos siempre fue evidente para mí: en el fondo, nunca le agradé como nuera. Nunca logré estar a la altura de sus expectativas. Por alguna razón, pensaba que venía de una familia inferior, de menos recursos; decía que era pobre porque mis padres trabajaban en una fábrica, mientras que su marido era director de un teatro importante en Madrid. Sin embargo, mis padres siempre habían tenido una vida digna: ambos trabajando dobles turnos, pero nunca faltó nada en casa. Disponíamos de un piso de dos habitaciones, con balcón, y podíamos viajar a la playa en verano.

Lo que nunca llegué a comprender fue por qué mis propios padres, quienes siempre me habían apoyado y esperaban con tanta ilusión la llegada de sus nietos, terminaron negándose a cuidar de los mellizos. Al principio, fueron mis suegros quienes más nos echaron una mano.

Cuando los niños eran bebés, pasaban mucho tiempo en casa de mi madre. Pero en cuanto empezaron a crecer, a moverse y a volverse más inquietos y habladores, mi madre se negó rotundamente a seguir atendiéndoles. Yo ya había tenido que reincorporarme al trabajo, igual que Marcos, y renunciar ninguno lo podíamos ni pensar.

Ambos estábamos molestos con nuestros padres por no querer ayudarnos más, aunque yo nunca pude evitar sentirlo en especial con mi madre. De la suegra ya lo esperaba, siempre tan altiva y distante, pero ¿cómo podía mi propia madre dejarme en esa situación, sabiendo que andaba siempre a la carrera entre trabajo y casa?

No queríamos dejar a los peques tan pronto en una guardería, así que decidimos contratar a una niñera. Pero no duró mucho el arreglo. Tuvimos que buscar otra, y esa tampoco aguantó más de dos semanas.

Todo padre piensa que sus hijos son un tesoro, que el problema es del resto y no de los suyos. Yo pensaba igual, hasta que llegó el momento de llevarlos al colegio infantil. Allí, todas las profesoras empezaron a decir lo mismo: que los mellizos eran traviesos, peleones, y no sabían relacionarse con los demás niños, solo discutían entre sí.

Nos sugirieron que acudiéramos a un psicólogo infantil. Después de recibir esas observaciones tan directas, empecé a fijarme más en el comportamiento de los niños. Antes no me paraba a pensarlo; mis jornadas largas dejaban poco margen, pero ahora entiendo por qué mis padres no se prestaban a estar tanto tiempo con los nietos. No era solo cuestión de haberlos consentido en exceso o de que no supiéramos poner límites; simplemente, con las prisas y las preocupaciones, dejamos pasar cosas importantes y ahora estamos intentando reconducir la situación antes de que empiecen el colegio de verdad. Quizá, con el tiempo, las abuelas vuelvan a querer tener a los mellizos en casa, cuando vean cómo van cambiando y todo el esfuerzo que estamos poniendo en hacer de ellos mejores personas.

A veces, es demasiado fácil culpar a los demás y no mirar dentro de casa, pero siempre podemos rectificar y aprender que, para educar a un niño, primero debemos educarnos a nosotros mismos.

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Cautiva de su amor