¿Tú te puedes imaginar? El día de mi boda, mi prometido me dejó plantada. Nadie entendía nada de lo que había pasado. Ni siquiera sus propios padres sabían dónde se había metido su hijo. Yo no podía ni sentarme tranquila, estaba destrozada. Llegué a pensar que le habría ocurrido algo grave. Y en ese momento, un amigo que teníamos en común me dio una nota con unas palabras que no se me borrarán jamás: No podremos formar una familia. Lo siento mucho. No me esperes. Seguro que serás feliz, pero con otra persona. No intentes buscarme.
De verdad, sentí que mi vida se había venido abajo. Estaba tan dolida y tan furiosa Maldije el día en el que le conocí. Sus padres intentaron mover cielo y tierra para averiguar dónde había ido a parar su hijo, pero era como si se lo hubiera tragado la tierra.
El tiempo fue pasando. Él volvió a casa de sus padres, pero nuestro contacto desapareció por completo. Yo no podía perdonarle. Hubo un momento en que incluso fantaseaba con vengarme algún día. Lo primero que me vino a la cabeza fue casarme con aquel chico, Javier, que llevaba siglos detrás de mí. Pero mi madre me hizo entrar en razón, diciendo que eso sería una tremenda tontería.
No fue hasta medio año después cuando finalmente supe la verdadera razón por la que me dejó. Resulta que mi prometido estaba gravemente enfermo. Solo una semana antes del enlace se enteró de lo suyo, y no quería que yo sufriera con él. Ni se atrevió a contarle a sus padres lo de la enfermedad. Solo lo supo su mejor amigo, el que me entregó la nota aquel día. Luego me contó también que mi chico preguntaba mucho por mí, que en más de una ocasión quiso sincerarse del todo, pero que siempre se echaba atrás. No soportaba la idea de que yo sufriera aún más por su culpa.






