Rebeca se casó muy joven: su padre le encontró marido el día que cumplió 18 años. La familia es adinerada, ¿qué más se necesita para ser feliz?

Isabel se casó bastante joven, su padre le buscó un marido el día que cumplió dieciocho años. La familia era acomodada, ¿qué más se necesitaba para la felicidad? La boda fue fastuosa, todo el pueblo celebró aquella unión. Solo los recién casados parecían no encajar del todo.

Isabel sentía simpatía por el novio, aunque en realidad apenas lo conocía. Su hermana, en cambio, no tuvo tanta fortuna: la casaron con un hombre de cuarenta años de una aldea vecina. Todos pensaban que acabaría como solterona, pero su padre consiguió encontrarle un pretendiente y le prometió una dote.

Los recién casados se instalaron en la casa de Álvaro. No era espaciosa, pero todo era suyo. El patriarca de la familia anunció que cuando llegaran los nietos ampliarían la vivienda.

Su suegra no fue dura con ella; la ayudó a aclimatarse y asumir el papel de joven esposa. Sin embargo, su cuñada mostraba una actitud hostil hacia la recién llegada. Sofía, la cuñada, era mayor pero seguía viviendo con sus padres. También la habían casado, pero al año su marido la devolvió a la casa paterna junto con sus pertenencias. Tenía muy mala leche. No cuidaba la casa ni tenía interés en dar continuidad a la familia. Así pasó los días, en soledad.

Según las viejas costumbres, la nuera solo se convierte en dueña de la casa tras el nacimiento del primer varón. Hasta entonces, debía limitarse a su sitio y permanecer callada. Por eso, cada muchacha que entraba en el hogar del marido ansiaba quedar embarazada cuanto antes.

Isabel optó por la misma estrategia. Hasta que quedó encinta, Sofía la hacía encargarse de las labores más duras y desagradables. Y no era necesario, pues había jornaleros en la finca. Pero la cuñada disfrutaba humillando a la pobre Isabel.

Cuando Álvaro se enteró de que iba a ser padre, irradiaba alegría. Los suegros también celebraron la noticia, orgullosos de su nuera. Ese mismo día salieron a comprar materiales para agrandar la casa. Sofía, por su parte, estaba rota de celos y rabia. Comprendía que pasaría el resto de sus días encajada en aquel caserón, sirviendo a los padres. Nadie la desposaría ya, nadie levantaría una casa para ella…

Transcurrieron seis meses. Una mañana, Isabel despertó sobresaltada por un fuerte golpe en la puerta. Era Sofía.

¿Por qué sigues tumbada? ¿Ya has hecho todas las tareas? En la casa sí, pero mi marido no me deja salir al corral. ¡Eso dices para no trabajar, gandula! ¿Qué quieres? ¿Con quién hablas así? ¿Quieres empezar a darme órdenes? Te recuerdo que hasta que no des a luz no puedes mandar nada aquí. No pretendía nada de eso No eres nadie aquí, ¡y tu crío tampoco! ¿Entiendes?

Sofía estaba totalmente fuera de sí. Comenzó a lanzar objetos a Isabel y a gritarle. El suegro entró de golpe y se llevó a la hija furiosa. Isabel acarició su vientre y se tranquilizó. Todo saldría bien. Sin duda, todo iría mejor.

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Rebeca se casó muy joven: su padre le encontró marido el día que cumplió 18 años. La familia es adinerada, ¿qué más se necesita para ser feliz?
Esta es la historia de por qué me fui de casa de mi hijo apenas 15 minutos después de llegar.