—¿Eres una fábrica de niños? ¿Cuántos más piensas tener? —La madre de mi marido me lo soltó con una mueca de desprecio.

¿Eres una fábrica de bebés o qué? ¿Cuántos hijos más piensas tener? me soltó mi suegra, con ese tonillo suyo tan irónico.

¡Buenas tardes, Carmen María! Por favor, no seas tan sarcástica le respondí lo más educadamente que pude. ¿Te ha molestado que Javier te haya contado que vamos a ser padres otra vez?

¡Por supuesto que me molesta! Después del tercer nieto ya te pedí que pararas de reproducirte. Pero tú, ni caso. ¡Si hasta te regalé una caja de preservativos por Año Nuevo para que te cuidaras un poco, y sigues igual! protestó entre dientes.

Mira, aún me acuerdo del momento ese de los preservativos. Fue el día del cumpleaños del mayor, y ya ahí Carmen María nos estaba soltando indirectas de que era hora de parar. Pero bueno, una oye, aunque la vida nunca va como una planea le contesté yo, tranquila. Es cosa de la naturaleza.

¿Te crees graciosa? Pues luego apáñatelas sola con tus hijos, porque yo no pienso ayudarte más… empezó a decir, pero justo se cortó la llamada antes de que pudiera terminar.

Dejé el móvil encima de la cama, me reí un poco para mis adentros y me acaricié la barriga, que ni se notaba aún. Vamos a por el cuarto, y eso trae a Carmen María de los nervios. La verdad es que nunca he comprendido a qué viene tanta preocupación por su parte.

Ella nunca se ha desvivido por sus nietos ni nos ha echado una mano, ni con el dinero ni con el tiempo. Como mucho, aparece una vez al mes a ver a los niños, y en Navidades o santos les trae algún regalito. Yo siempre he pensado que podría esmerarse un poco más desde luego le sobra para comprarles unos dulces de vez en cuando, pero tampoco quiero montar líos, así que me callo. Los peques están bien vestidos, comen de maravilla y de eso me encargo yo.

Javier gana bien, y además yo me busco la vida desde casa con un negocillo propio. Cuando empezó a irme mejor, incluso contraté a una niñera para que los enanos no me distrajeran mientras trabajo; la chica los saca al parque y juega con ellos.

Ten en cuenta que somos una familia muy apañada y feliz, pero el genio de Carmen María siempre viene a poner la nota amarga. Desde que empecé con su hijo no le caí muy allá, y cuando empezaron a llegar los nietos uno tras otro, más se puso ella de uñas.

Para que te hagas una idea, cuando se enteró del tercero, casi me obliga a abortar. Al final, la nena le ablandó el corazón y todo fue menos tenso durante un tiempo, pero en cuanto supo lo del cuarto embarazo, vuelta a las andadas. No lo habíamos buscado tan pronto, ya me entiendes, pero mira, las cosas vienen como vienen y un hijo siempre es una bendición.

Yo siempre he pensado que, más que preocuparse por nosotros, lo que le quema es perder la ayuda de Javier. Él le va mandando dinero cada mes, y claro, está con la mosca detrás de la oreja de que con cuatro hijos los gastos se disparen y tenga que apretarse el cinturón.

Que a mí no me importa que ayude a su madre, faltaría menos, pero siempre y cuando no falte nada a nuestros niños. De momento vamos tirando bien, y hasta le animo a que siga echándole un cable. Mira, Javier ya le arregló toda la boca, la llevó a la Costa del Sol el verano pasado, y hasta le pintó el piso.

Pero si mi suegra de verdad está tan ansiosa por la pasta, solo va a ir a peor. Tanto reproche y tanto sermón solo puede acabar conmigo de los nervios.

De todas formas, nada de esto va a hacer que cambiemos de idea. Hemos decidido tener este bebé y ya está. Ahora, yo me pregunto, ¿de verdad puede una suegra decirle a una pareja cuántos hijos debe tener? Porque, hija, yo creo que ya se está pasando tres pueblos.

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