Cuando le confesé a mi marido la noticia de mi embarazo, su rostro quedó inmóvil, como si el reloj del universo se hubiese parado en la Puerta del Sol y solo las palomas lo supiesen. Esperaba ver en sus ojos un alboroto de alegría, como fuegos artificiales en una noche de San Juan, pero no encontré ni rastro de emoción. Años llevábamos soñando con formar una familia, atravesando un laberinto de pruebas, consultas y medicamentos en busca de aquel deseo escapadizo. Sin embargo, cuando por fin la vida asomó tímida en mi interior, quizá él ya se había resignado, como si la paternidad fuera un tranvía que pasó y no volverá nunca más por la Gran Vía madrileña.
Resulta curioso, porque justo antes de conocer mi embarazo, mi marido llegó a expresar abiertamente sus ganas de adoptar a un niño. Y, sin embargo, ahí estaba yo, flotando ante él como una nube sobre la sierra de Guadarrama, y él con ese regusto amargo en la boca. Pensé que tal vez necesitaba tiempo, que la noticia lo había desbordado como un aguacero sobre un campo manchego demasiado seco. Preferí imaginarme que simplemente estaba cruzando un puente complicado en su cabeza. Pero mi felicidad, esa, nadie la tocó: bailaba entre algodones rosados de júbilo.
Con el tiempo, mi embarazo se volvió cuesta arriba. Más de una vez me encontré ingresada entre sábanas blancas y olor a hospital, como si viviera en un cuadro cubista de Picasso. Acabé dejando mi trabajo, porque no hubo más remedio. Pero en casa, la reacción de mi marido seguía siendo la misma: alejada, fría, casi hostil. Empezó a crisparse, se volvía más irritable con cada día, como si la importancia de mi embarazo fuese poco más que una sombra. El embarazo no es un trabajo, no estás llevando sacos todo el día. Necesito una esposa. Estoy harto de gestionar la casa solo, de trabajar de sol a sol como un burro andaluz, me espetaba con voz tensa. Los médicos nos dijeron que no debía excederme, ni cargar peso, ni agotarme, para no poner en peligro al niño, le repetía una y otra vez, como quien grita contra el viento cerca del mar Cantábrico. Pero todos mis esfuerzos por explicarme chocaban con el silencio y la incomprensión.
Finalmente, me volvieron a ingresar. Esta vez él no llamó, no preguntó, no vino. Me sentí como una peregrina desamparada en la Catedral de Santiago, sola ante el Apóstol. La cesárea llegó, inesperada, y nuestro hijo nació antes de tiempo pero, gracias a Dios, sano como un roble en la Alhambra. Llamé a mi esposo, con la emoción en la garganta, deseando llorar y reír a la vez. Su respuesta fue un simple: ¡Enhorabuena!, que, extrañamente, se me quedó grabado en el alma como la melodía de un fandango.
Días después, tras abandonar el hospital, crucé el umbral de nuestra casa y sentí un frío extraño: todo estaba en silencio, mi marido se había marchado, volatilizado como un sueño de verano. Sentí miedo y una punzada de dolor, pero la imagen de mi hijo me sostuvo, convirtiendo mi corazón en fortaleza de la Mezquita de Córdoba. Me prometí solemnemente, entre el susurro de los olivos y el cantar de los gorriones, que haría todo lo posible por asegurar mi alegría y la dicha de mi hijo. Porque los sueños, en Madrid o en un rincón de Castilla, pueden ser surrealistas, pero también esperan ser abrazados.







