Tenía yo diecinueve años cuando un chico llamado Alejandro, con quien llevaba saliendo un año, me pidió matrimonio. Por supuesto, sabía que quizás era un poco pronto y que ya no podría salir tanto con mis amigos y disfrutar como antes. Pero Alejandro me parecía un chico responsable y, sinceramente, muy buena persona. Por miedo a no encontrar a nadie mejor que él, acepté y me convertí en su esposa.
Empezamos a vivir juntos en la casa de mis padres, que tienen un chalet grande en las afueras de Madrid. Nos dieron el piso de arriba para nosotros. Hay que decir que los padres de Alejandro tampoco eran precisamente humildes y, cuando nos casamos, él también tenía un buen trabajo y yo pude seguir estudiando tranquilamente en la universidad.
Dos años después nació nuestra primera hija, Lucía. Alejandro estaba tan feliz, pero entonces nos alcanzó una mala racha que nadie esperaba. Mi marido se quedó en paro. Sus padres le ofrecieron un puesto en la empresa familiar, pero Alejandro, muy cabezota él, decidió que buscaría su propio camino. Un amigo le propuso irse fuera de España para ganar dinero. Alejandro aceptó.
Acordamos que solo se marcharía un año, para volver con algo de dinero, comenzar nuestra vida y quizá comprarnos algo. Pero después de probar lo que era ganar un buen sueldo en el extranjero, tras ese año, Alejandro volvió y enseguida me dijo que se marchaba otra vez, esta vez por dos años. Quería comprarnos un piso propio en Madrid, dejar de depender de los padres. Por supuesto, esta actitud es digna de admiración, pero… ¿y yo? ¿y mi hija? Alejandro prometió venir varias veces al año y así lo hizo, pero la cosa se alargó y ya llevábamos cinco años así. En ese momento ya sentía un vacío enorme; necesitaba a un hombre a mi lado y la cabeza me falló.
Una tarde, a través de redes sociales, me escribió un hombre algo mayor que yo. Me llenaba de cumplidos y me decía que era la mujer más guapa y deseada. Hacía años que no escuchaba algo así de mi marido. Empezamos a escribirnos durante un mes, hasta que quedamos en persona. En esa cita sucedió todo. Le fui infiel a mi marido. Pero me sentí tan bien que lo repetí un par de veces más. Y, como si el destino lo orquestara, dos meses después Alejandro volvió definitivamente. Me habló con ternura, me compró un piso en el centro, pero la culpa me carcomía por dentro. Fui sincero y le confesé que le había sido infiel, y más de una vez. ¿Qué pasó después?
Alejandro me echó de casa. Pensé en irme con el amante, pero él me dejó claro enseguida que no podía hacerse cargo de mí, puso mil excusas. Vamos, que para él yo solo fui un pasatiempo. Alejandro ya ha pedido el divorcio; Lucía se ha quedado conmigo en casa de mis padres, pero Alejandro amenaza con quitármela.
Me siento tan avergonzado por no haber sabido esperar a mi marido, no comprendo cómo pude traicionarle así. Hoy, al mirar atrás, he aprendido que el miedo y la soledad no pueden servir de excusa para destruir lo que uno más quiere.







