Aunque iba con prisa para llegar a casa, el hombre decidió detenerse en el arcén de una carretera junto al vertedero municipal de las afueras de Valladolid. Entre montones de basura ropa vieja, tuppers de sopa olvidados y ese característico aroma a aventura distinguió una bolsa sospechosamente grande, que de lejos parecía tener vida propia: se movía suavemente y se oían lamentos muy suaves, casi un suspiro.
En sitios así uno se espera de todo menos sorpresas agradables; lo normal, latas aplastadas y periódicos del siglo pasado. Pero lo que el hombre encontró dentro de la bolsa fue algo inesperado y vergonzoso: un cachorro, abandonado como quien tira un ticket del metro, dejado a su suerte bajo el sol castellano, ese que cruje en verano.
Con el corazón encogido, recogió al perrito y, con más ternura que prisa, se lo llevó inmediatamente a una clínica veterinaria. Por suerte, el cachorro estaba bien solo un poco agobiado y con ganas de una sombra y un abrazo. Tras la revisión, llevó al animal a un refugio, esperando que allí alguien de buen corazón le encontrara un hogar definitivo.
Apenas pasaron unos días y una joven pareja, tan simpática como fan de los animales, decidió adoptar al cachorro y bautizarlo con un nombre digno de una novela de aventuras: Tico. Por fin Tico halló una familia en la que le sobran mimos y caños de agua fresquita.
Es de verdad frustrante ver cómo existe gente capaz de dar la espalda a seres tan indefensos. ¡Qué poca alma hace falta para dejar a un animal así! Ellos solo buscan cariño y, a cambio, regalan una fidelidad de las que ya no se ven ni en las series de sobremesa. Todo bicho merece la oportunidad de ser parte de un hogar responsable y lleno de vida.
En cuanto a los desalmados que abandonaron al pobre Tico, solo cabe confiar en que el remordimiento o alguna charla pedagógica sobre bienestar animal les caiga encima antes que el próximo verano. Quizás la próxima vez se lo piensen dos veces, ahora que las protectoras y la ley que no es manca andan trabajando juntas. Al final, lo importante en la vida y, especialmente, en Castilla, es ir sembrando un poquito de empatía y sentido común por donde pasamos, que buena falta nos hace a todos, humanos y mascota.







