EL SUEGRO SABIO
Hace ya muchos años, le ocurrió una historia curiosa a uno de mis amigos de la infancia. Se casó, cómo no, por amor. La novia, Inés, era una muchacha guapa, espabilada y muy independiente. Trabajaba de contable en una empresa grande y ganaba bastante bien.
Mi amigo, Pablo Jiménez, tampoco se quedaba atrás. Quería estar a la altura de su mujer y, por eso, se buscó un segundo empleo. Se deslomaba trabajando, todo con el objetivo de saldar más rápido la hipoteca del piso.
Tuvieron la suerte de poder comprarse un piso propio de entrada. Entre lo ahorrado, un préstamo y la ayuda de la familia, lograron arreglárselas. Lo reformaron con mucho esmero, estilo moderno, y lo amueblaron de maravilla. Vamos, un piso para estar a gusto y disfrutar de la vida.
Sin embargo, la felicidad no terminaba de llegarles. Inés no conseguía llevar la casa al día. Que si no tenía tiempo para limpiar el suelo, quitar el polvo o preparar la cena. O tal vez no sabía, o simplemente no le apetecía. Decía que llegaba agotada y que volvía tarde del trabajo. Pero Pablo también, ¿eh? Llegaba reventado, después de pasarse la jornada doblada.
Poco a poco, empezaron las discusiones. Que si uno hacía más que el otro en casa, que si las tareas no estaban repartidas Así estuvieron más de medio año, peleando entre la ropa desparramada y pilas de platos sin fregar. Ninguno contó a la familia la verdadera razón de sus disputas. Les daba vergüenza.
Una noche, Pablo salió a pescar con su suegro, Don Julián. Los dos eran muy aficionados y solían ir juntos al río. A la luz del fuego y con una copita de orujo, mi amigo no aguantó más y se desahogó con él. Le contó sus penas, pero le rogó que no dijera nada a su suegra, por favor.
Don Julián prometió guardarle el secreto. Y le soltó que la paz en su casa no llegaría hasta que no tuvieran un duende en casa.
Tengo uno en mente le dijo. Cuando pueda, le convenceré para que se mude con vosotros.
Pablo pensó que su suegro ya había bebido demasiado, pero no comentó nada.
A los pocos días, Don Julián les hizo una visita y apareció con una gatita en brazos. Pablo no lo entendía: ¿para qué otra responsabilidad? ¡Más suciedad! Pero el suegro le sacó al balcón a fumar y le recordó lo del duende. Que, según él, ese día lo había traído junto con la gata. Solo pedía que la trataran bien.
La verdad, la minina le cayó en gracia enseguida a Pablo. Era pequeña y cariñosa, le seguía a todos lados y se restregaba pidiendo caricias. Eso sí, la primera noche le tocó limpiar algún charco, pero no pasó de ahí.
Al día siguiente, Pablo volvió del trabajo y se encontró la casa impecable. Nada por medio, y su mujer en la cocina preparando la cena… ¡y qué aroma! Animado, se puso a arreglar la balda del baño, que llevaba semanas prometiendo instalar.
Al siguiente, Inés pasaba la aspiradora y él, sin pensárselo, sacó la basura y bajó a por pan. Incluso compró una botella de vino. Aquella cena fue casi una celebración. ¡Hacía tanto tiempo que no disfrutaban así!
Y así continuó la cosa toda la semana. Era como si realmente les hubiera visitado la buena suerte en forma de duende. El domingo por la noche, Inés le dijo a Pablo:
Mañana no vengas al mediodía, ¿vale? No te molestes. He comprado arena y le he preparado un rincón a la gatita en el baño.
¿A quién?
A la gata, hombre. Sé que llevas días viniendo a casa en tu descanso para limpiar lo que hace y recoger un poco. Porque sé que ahora mismo, si la gata es pequeña, puede montar un desastre. Pero cuando yo llego por la tarde, todo está limpio y ordenado.
A Pablo casi le da un patatús. ¿Eso significaba que ninguno de los dos limpiaba, pero las cosas aparecían mágicamente ordenadas?
Pidió la tarde libre en el trabajo. Hizo como que salía, pero volvió a casa en silencio y se quedó de incógnito en el salón, con el móvil en la mano.
Casi a mediodía, oyó que alguien abría la puerta. La gata salió al pasillo maullando, llena de alegría. Se oyó una voz familiar:
¿Qué tal, Linda? ¿Me has echado de menos? Te he traído leche y un poco de jamón. A ver, parece que ya no haces charcos, ¡has aprendido en una semana!
Se abrió la puerta del salón y apareció Don Julián. Estaba claro que no esperaba ver a Pablo allí.
Así que eras tú ¡el duende de la casa!
El suegro se sonrojó.
Bueno, ¿y qué? Yo os regalé la gata, así que tengo que hacerme cargo de ella al principio, ¿no?
¿Y la llave?
Te la cogí en el río y saqué una copia. Al día siguiente te la devolví con el llavero
Han pasado tres años desde entonces. Pablo y Inés viven estupendamente, ya tienen un hijo precioso. Y hasta el día de hoy nadie ha descubierto quién fue aquel duende que convirtió su casa en un hogar felizNunca le devolvieron al suegro la llave. Ahora, en casa de los Jiménez, hay siempre café hecho al gusto de todos y, junto al frutero, una caja de galletas que nadie recuerda haber comprado. La gata duerme enroscada bajo la cuna del pequeño, y cuando se escucha reír a Don Julián en la cocina, todos sonríen desde donde estén. Porque a veces, la verdadera magia de la familia está en esos duendecillosde carne y huesoque entran callados y lo acomodan todo con amor, sin pedir nada a cambio. Y desde aquel día, Pablo entendió que, en los momentos difíciles, tener a alguien que crea en la armonía es el mejor secreto para vivir en paz.





