Desde que nació mi nieto, jamás vi en él ningún rasgo parecido a mi hijo, pero preferí guardar silencio, porque no creí que mis sospechas fueran a ayudar a nadie.
Estoy seguro de que mi nuera no tenía intención de contarlo nunca; habría guardado el secreto toda la vida, pero últimamente Ben se comportaba mal. Se pasaba el día en el trabajo o con sus amigos, no quería ayudar con el niño y nos pedía dinero a nosotros, sus padres, y a su esposa.
Ella ya estaba cansada de esa actitud, y en medio de una discusión le confesó que el pequeño no era realmente su hijo. Ya estaba embarazada cuando se conocieron. Todo sucedió muy deprisa entre ellos: boda y, poco después, el nacimiento del niño. Ben en ningún momento dudó que fuera suyo, ignoró todas las diferencias entre ellos. Tanto fue así que ni siquiera creyó a su esposa y se llevó al niño a hacerse pruebas.
Cuando supo la verdad, hizo las maletas y regresó a casa de su padre y a la mía. Está destrozado, no sabe cómo reaccionar ante todo esto. Yo le digo siempre: ¡Nada!
¿A quién le importa de quién es hijo ese niño? Un padre no necesita compartir la sangre. Lo fundamental es que él quiera al pequeño, que le cuide y le eduque, y así fue durante estos seis años, hasta que empezó a anteponer la compañía de sus amigos a la familia.
No me extraña que mi nuera se lo confesara en pleno enfado. Yo sigo repitiéndole a Ben que debe recomponerse y volver con su familia. Pero, ¿cómo explicarle eso a un hombre de treinta años? Él piensa que toda su vida ha sido una mentira y que el niño jamás podrá ser considerado como su hijo…







