Mira, cuántas veces le dije yo que no se casara con ella. Incluso justo antes de la boda le supliqué, casi de rodillas. Pero claro, ¿crees que me escuchó? Ni hablar, estaba coladito por ella. Y ahora, pues mira cómo está la cosa.
Hace solo unos días, me llamó mi hijo. Por cómo sonaba su voz, supe al instante que estaba malo. Ya sabes que a una madre no se le escapa eso. Me pidió que fuera a su casa porque, fíjate tú, su mujer, sabiendo que él estaba enfermo, había hecho la maleta y se había largado con sus amigas. Y claro, el pobre no tenía a nadie que le preparara una infusión o alguna sopa caliente.
Para colmo, ni siquiera le respondía a las llamadas. Aunque ya era bastante tarde, salí pitando para allí. Paré en una farmacia y cogí unos medicamentos, y todo el rato pensando en ella. ¿Cómo puede dejar a su marido tirado y marcharse de fiesta con las amigas? Cuando llegué, vi a mi hijo realmente hecho polvo. Hasta pensé en llamar a una ambulancia, pero él me pidió que esperara un poco.
Tenía fiebre y estaba fatal. Además, en el piso no había ni medicinas, solo las pastillas esas para adelgazar de ella y la nevera más vacía que la hucha de un estudiante. Menos mal que llevé algún medicamento y algo para comer. Te juro que me costó mucho no soltarle cuatro gritos. ¿Pero qué clase de mujer hace eso? Deja a su marido enfermo, no hay nada para curarse en casa, solo sus cosas y la nevera vacía.
Le preparé un té a mi hijo y salí volando al supermercado; necesitaba caldo cuanto antes. Solo después de que descansara y comiera algo empezó a encontrarse mejor. Al rato se le bajó la fiebre. Y, mira tú, la princesa volvió a casa a las tres de la mañana y venía oliendo a ginebra que daba gusto. Seguro que se lo pasó en grande. Ni siquiera me escuchó cuando le hablé de las medicinas. Y mira, solo porque mi hijo estaba tan mal no monté un escándalo allí mismo. Pero te aseguro que a mi hijo poco le faltó para liarla parda.






