Mi madre ya está enfadada conmigo desde que se enteró de que los familiares de mi mujer nos han invitado este verano a casa suya. Viven cerca del Mediterráneo y estarían encantados de acogernos a mí y a mi hija durante toda la temporada estival. Por supuesto que quiero ir; el pediatra nos recomendó llevar a la niña a la playa en verano, para que coja menos resfriados a lo largo del año.
Pero mi madre se echa a llorar diciendo que eso es inaceptable, porque en verano hay mucho trabajo en el huerto y ella no puede con todo sola. Cuenta mucho con mi ayuda. Me reprocha incluso que el año pasado no la ayudé lo suficiente. Y tiene razón; el verano pasado la niña tenía solo unos meses y no tuve ni tiempo ni energías para ocuparme del huerto de mi madre.
Ya en el instituto estaba harto del dichoso huerto. Mientras todos mis amigos disfrutaban de las vacaciones, yo debía ir prácticamente cada día con la lista de tareas en la mano: desherbar, regar y mil quehaceres más. Mis padres trabajaban y solo podían ir los fines de semana, así que el marrón era para mí si tenía tiempo libre. ¿Por qué no iba a estar yo pringado allí?
Mientras los demás chicos se paseaban, nadaban y jugaban, yo me tiraba la vida peleándome con tomates y calabacines. Todo para que mi madre, en cuanto ponía la mano sobre sus plantas preferidas, pasara el fin de semana entero diciéndome que todo lo hacía mal.
Cuando empecé la universidad, mi intención era ganar algo de dinero en verano. Por eso, claro, recibí otra ronda de quejas.
Al casarme, mi madre intentó arrastrar incluso a mi mujer a su afición por el campo, pero ella fue unas cuantas veces, vio que aquello no tenía fin ni sentido y se negó en rotundo a seguir yendo. Mi madre se indignó: decía que el huerto era también para nosotros, pero mi mujer tenía clarísimo que era más sencillo y barato comprar lo que necesitáramos en el supermercado, en vez de matarnos cada semana entre lechugas.
Yo tampoco iba mucho, aunque mi madre me daba la lata desde kilómetros de distancia. Después, cuando mi mujer se quedó embarazada, el problema desapareció solo: no podía ayudar en el campo porque el calor la destrozaba.
Tras el nacimiento de la niña, me salté prácticamente toda la temporada agrícola. Mi madre dio a entender que quizás podría compaginarse de alguna manera, pero ni siquiera ella insistió mucho. Comprendió que, con un bebé tan pequeño, no iba a salir nada bien. Eso sí, ya tenía planes para el año siguiente.
El razonamiento de mi madre era que, para entonces, la niña sería mayor, podríamos turnarnos para cuidarla y yo ayudaría en el huerto.
Y la niña estará fenomenal decía mi madre. En la ciudad todo está contaminado, las plantas llenas de polvo; en el pueblo se está de maravilla aire limpio y sol, compramos una piscinita, ponemos una sombrilla y la dejamos chapotear, soñaba ella.
A mí aquellas perspectivas no me gustaban nada, pero evité decirlo en voz alta para no montar una tormenta. Yo tenía planes bien distintos.
Durante las fiestas de Navidad, recibió la visita de su hermana, mi tía y madrina de mi mujer, con la que mi pareja tiene muchísima relación y considera casi una segunda madre. Viven junto al mar, en una casa estupenda. Su hijo mayor está trabajando en el extranjero, así que en casa apenas están ella y su marido.
Nos invitaron a pasar el verano con ellos, por supuesto, sin cobrar ni un euro. Recalcaron varias veces que les haría mucha ilusión.
Al principio pensé que era un cumplido típico, pero después mi tía telefoneó varias veces para recordar que nos esperan. Mi mujer, obviamente, no puede estar todo el verano, pero sí cogerse una semana al principio para acompañarnos y otra al final para venir a buscarnos. Es perfectamente viable.
Tenemos tantas ganas de ir a la playa Además, el médico nos recomienda ese viaje para fortalecer la salud de la niña, que pase un invierno mejor. Así que ya está decidido. Pero mi madre, como siempre, tiene que complicarlo todo.
De repente, el sol es peligroso, y cómo se me ocurre irme a casa de extraños; total, que tal vez su huerto sería mejor incluso para la salud de la niña. Recuerda también que el último año lo trabajó sola. Yo estoy decidido a ir, lo que hace que mi madre se irrite aún más.
Porque, sinceramente, ¿quién, teniendo todas sus facultades, elegiría entre el huerto y el mar y preferiría el huerto? Más aún si no necesitas nada de ese huerto. Y nosotros no necesitamos nada de la cosecha de mi madre. Compramos todo en el mercado y todavía tenemos conservas y mermeladas suyas acumuladas sin tocar en la despensa… No nos gustan, la verdad.






