“Debéis planchar vuestros calzoncillos, porque los que no están planchados pican”, recalca la suegra.

Soy una madre en excedencia por maternidad. Tengo dos hijos preciosos: uno llegó al mundo hace cinco años y el otro, pues… ha llegado hace nada.

Os voy a contar una situación de esas dignas de contar en reuniones familiares (con tono de ironía, por supuesto).

Todo comenzó con una lista que mi suegra, la mismísima doña Pilar, me entregó nada más dar el “sí, quiero” en la iglesia de San Ginés. En la famosa lista, apuntada con su impecable caligrafía de señorona castellana, figuraban cosas como que mi marido, Álvaro, no puede ni oler los melocotones porque le salen ronchas algo a lo que, por supuesto, presto mucha atención. Ya decía mi suegra que esto era clave. Pero el punto estelar de la lista era, sin duda, que debo plancharle los calzoncillos, porque, según la ciencia oculta de las madres de aquí, si no van bien planchados parece ser que le salen moratones en sitios delicados

Para mí esto era nuevo, pero pensé: “Mira qué madre tan entregada”. Al fin y al cabo, es bonito que las madres se preocupen. Seguí todos los consejos de doña Pilar: fácil. Pero lo de planchar los calzoncillos, os juro, me dejó picueta. Mi madre y yo jamás habíamos planchado ni los tangas para Carnaval.

Cuando nació mi hijo mayor, al principio usamos pañales. Pero cuando estrenó calzoncillos, empecé automáticamente a planchárselos. Así que, tras la llegada del segundo churumbel, planchar bragas y calzoncillos para dos ha pasado a ser como escalar el Teide con unas sandalias.

Sigo planchando, ojo, porque mi suegra defiende que el vapor mata los gérmenes, y que gracias a nuestra obsesión planchadora nuestro hijo no ha cogido ni un resfriado por esa zona. Vamos, que si no planchamos, el apocalipsis genital acecha.

El tema no va solo de la suegra, sino de que ahora hay dos criaturas pululando por casa. Es imposible hacerlo todo “a la hora española”. Las que tenéis más de un hijo pequeñajo sabéis de qué hablo, ¿verdad? Trato de priorizar lo importante, pero la montaña de “quizás” cada día roza los Alpes.

Ayer, Álvaro me informa muy digno: “Ya no quedan calzoncillos en la estantería haciendo la danza del zombi para insinuar que deberían plancharse. Yo, que estaba agotada, le dije que, si quería, podía coger un calzoncillo directamente de la pila sin bendición de plancha.

En ese instante, mi marido se puso a llamar a su madre para quejarse de que su mujer, o sea, una servidora, no saca tiempo y estaba ofendidísimo. Todo esto, insisto, por culpa de unos calzoncillos.

¿Plancháis la ropa interior de vuestros hijos? ¿Hasta cuándo? Y lo más importante, ¿hay alguna manera de que planchar se haga más rápido que una tapa de jamón en el bar?

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“Debéis planchar vuestros calzoncillos, porque los que no están planchados pican”, recalca la suegra.
Un encuentro inquieto entre dos corazones