Historias familiares divertidas para levantarte el ánimo y hacerte sonreír

Una familia fuerte y unida se define porque sus miembros comparten las dificultades y las alegrías de la vida. Se apoyan mutuamente, sabiendo cada uno que puede confiar en el otro y contar sus problemas cuando lo necesite.

A menudo, no hace falta mucho para crear un ambiente de felicidad y cariño. Veamos algunos ejemplos en estas historias cotidianas.

Mi marido y yo somos bajitos, ninguno llega al metro sesenta, mientras que mi padre es bastante alto, mide unos 1,70. Además, lleva una barba larga y tupida. Así que mi padre suele entrar en casa diciendo: ¡Buenas tardes, hobbits!, y nosotros le respondemos: ¡Buenas, Gandalf!.

Nuestra familia la formamos yo, mi esposa y nuestras dos hijas. Un día dudábamos sobre quién debía sacar al perro a pasear. Para decidirlo de forma justa, optamos por hacer un juego de silencio: quien pierda, sale con el perro. Empezamos el juego y mi hija mayor, en silencio absoluto, empezó a vestirse para salir. Cuando ya estaba preparada, abrió la puerta y ató al perro con la correa. Los demás nos miramos y casi a coro dijimos: ¡Carlota, qué niña más obediente!. Ella nos sonrió y dijo: ¡Os he pillado!. Y tan tranquila, se quitó el abrigo y se sentó.

Recuerdo también un momento divertido cuando mi novio fue a pedirle la mano a mi padre. Mi padre se dejó caer al suelo de espaldas, exclamando: ¡Por fin has venido, Salvador!. Escuchó esta broma hace muchos años y siempre soñó con ponerla en práctica.

Suelo preparar el desayuno por las mañanas para mi sobrina de 8 años. Pero los fines de semana yo me despierto media hora más tarde. Un día, con todo el sueño encima, me levanto a hacerle el desayuno y me encuentro ya en la mesa el té, requesón dulce y dos sándwiches preparados. Mi sobrina había decidido sorprenderme en mi día libre. Los niños son, a veces, los más agradecidos del mundo.

En otra ocasión, nos fuimos de excursión a un pueblo cerca de Salamanca con mi marido y mi hijo de 11 años, y mi hermano con su mujer y su hija de 7 años. Pensamos que a los niños les haría mucha ilusión jugar con pistolas de agua y encontramos unas enormes. Terminamos todos empapados, niños y adultos, en una auténtica batalla campal a pequeños chorros de agua.

Cuando tenía seis años, mis padres solían llevarme algunas noches al campo. Mi padre cogía una caña de pescar con un pequeño trozo de madera atado al sedal, haciendo de cebo. Iba al prado, movía la caña y crujía la madera, imitando el chillido de un ratón. Al poco, aparecía un búho enorme, intentando atrapar el trozo de madera. Yo lo miraba embelesada, aprendiendo a amar la naturaleza. Esos momentos son los más hermosos recuerdos que guardo.

Me he dado cuenta de que mi marido y yo nunca discutimos. Me acordé de lo que decían mis amigas sobre las peleas en pareja, casi siempre por cosas de la convivencia diaria. Pero miro mi piso: ropa por todas partes, papeles entre platos y tazas sucias en la mesa y aún así, en lugar de enfadarnos, nos abrazamos en el sofá y ponemos una película. Así somos, dos almas tranquilas y felices.

Un día, haciendo cola con mi hija, ella hojeaba revistas y me dijo: ¡Mira, papá, es una revista de hadas con Flora en la portada!. Y le respondí: Hija, esa no es Flora, es Bloom. Dos chicas delante se giraron sorprendidas de que un padre supiese tanto sobre las hadas favoritas de su hija.

Mi marido perdió a su madre muy joven y mi madre asumió el papel con todo su cariño. Allí nos veías a todos, en una mesa de un restaurante en Valladolid: yo, mi marido, nuestros dos hijos y mi madre. Él no paraba de agradecerle que lo tratase siempre como un hijo más.

Otro día, mi hija de 8 años llegó corriendo de la calle y sin aliento me contó: ¡Papá, hoy ha salido una mariposa de mil colores en la plaza! y señalando el tamaño de un halcón sobre su mano, ¡Todos los niños tenían miedo de acercarse! Sólo los chicos intentaron acercarse y matarla con palos, pero tampoco se atrevieron.

Continuó con los ojos muy abiertos: Y a mí no me dio miedo, fui la única…. Ya me imaginaba yo reprendiendo sobre la importancia de no hacer daño a los animales, pero ella me interrumpió: ¡Así que cogí un palo y los espanté para que dejaran en paz a la mariposa, y después la espanté yo misma para que pudiera volar libre!.

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