Mira, la cosa es que dentro de poco van a venir invitados a casa, y deberíais buscar otro sitio donde estar.

Mirad, la cosa es así: dentro de poco van a venir invitados a casa, y necesitáis iros a algún sitio. Ya sabéis que, con vosotros, aquí no hay quien celebre nada.
Hijo, ¿y adónde vamos a ir? Aquí no conocemos a nadie pregunta la madre.
No sé, yo qué sé, la vecina esa del pueblo os invitó una vez a su casa, así que id a verla.
Victor García y Marina Fernández ya han lamentado mil veces haber escuchado a su hijo y vender su casa de siempre.
Allí, aunque la vida fuera difícil, era su hogar. Ellos eran los dueños. ¿Y aquí?
Ahora tienen miedo de salir de su habitación para no provocar el enfado de su nuera, Catalina. Todo le molesta: cómo caminan, cómo arrastran las zapatillas, cómo toman el té o cómo comen.
La única persona que los valora en el piso es su nieto, Diego.
Diego es ya un hombre hecho y derecho, guapo y muy cariñoso con sus abuelos. Si su madre les levantaba la voz delante de él, en seguida ella recibía una respuesta.
Pero su hijo, Javier, ya fuera por miedo a su mujer o por pura indiferencia, nunca les ha defendido.
Diego incluso cena a menudo con sus abuelos, aunque últimamente está poco por casa. Está haciendo prácticas y vive en una residencia cerca del trabajo. Vuelve solo los fines de semana.
Los abuelos esperan con ansia la llegada del nieto; es como una fiesta para ellos. Y ahora se acerca Nochevieja. Diego ha venido temprano solo para felicitarles antes de la última noche del año.
Entra en la habitación de sus abuelos con regalos: unos calcetines y unos guantes bien abrigados. Sabe que siempre tienen frío. Los guantes de abuelo son sencillos, pero los de la abuela tienen bordados.
Marina abrazó los guantes y rompió a llorar.
Abuela, ¿qué te pasa? ¿No te han gustado?
No digas eso, mi vida. Son los mejores que he tenido jamás. Son un tesoro en todos los sentidos.
Lo abrazó fuerte y lo besó. Diego le besó las manos; desde pequeño le encantaba, porque siempre olían, a veces a manzanas, otras a masa de pan, pero sobre todo, a cariño y a calor de hogar.
Bueno, abuelos, por favor, aguantad aquí sin mí tres días, ¿vale? Yo me voy de escapada con los chicos y vuelvo enseguida.
Disfruta, hijo mío dice la abuela. Nosotros te esperamos aquí.
Diego recoge su bolsa, se despide y se va. Los abuelos regresan a su habitación.
Al cabo de una hora, oyen a Catalina gritarle a su marido porque vienen invitados. Que los mayores molestan, que no puede relajarse si están en casa.
¿Y dónde quieres que los meta? intenta responder Javier.
Pero Catalina ni escucha.
Los mayores se quedan callados en su cuarto, ni se atreven a ir a la cocina. Víctor saca unas galletas de un escondite y las reparte con Marina. Se sientan junto a la ventana, mordisqueando en silencio. Marina tiene lágrimas en los ojos. Qué triste es llegar a la vejez y sentirse así de sobrante.
Anochece. Entra Javier.
Que enseguida llegan los invitados y os tenéis que ir. Ya veis que con vosotros no hay celebración posible.
Hijo, pero, ¿adónde vamos? Aquí no conocemos a nadie dice Marina.
Pues yo qué sé, la vecina esa del pueblo os invitó una vez, ¿no? Id allí.
Pero si el autobús ya no pasa a estas horas y ni siquiera sé si la vecina vivirá aún, ni dónde está la estación
Pues tenéis una hora para recogeros las cosas; eso ha dicho Catalina.
Sale Javier. Los mayores se quedan sentados, intentando no llorar. Empiezan a abrigarse, y los regalos de Diego les vienen de perlas.
Salen al exterior, ya casi de noche. Hay gente por la calle, todos ocupados en sus asuntos.
Marina toma a su marido del brazo y caminan despacio hacia el parque. Paran en una pequeña cafetería, donde piden té y unos bocadillos. No han comido en todo el día.
Pasaron allí casi una hora. No les apetecía nada volver a la intemperie, pero fuera soplaba el viento y había empezado a nevar. En el parque buscaron refugio en una pequeña glorieta.
Al menos había techo. Se sentaron juntos, apretándose para calentarse mutuamente. Marina mira sus guantes y Víctor le dice:
Menos mal que nuestro nieto tiene buen corazón, a diferencia de sus padres.
Sí, le prometimos aguantar y no lo hemos conseguido responde la abuela.
Va pasando el tiempo; la nieve sigue cayendo, los pisos alrededor se iluminan con las luces de Navidad. En muchos ya están sentados en la mesa, despidiendo el año viejo. De repente, a sus pies aparece un perro.
Un cocker spaniel precioso. El animal empieza a aullar y se apoya con las patitas en las rodillas de Marina, que sonríe y lo acaricia.
¿Y tú qué haces aquí solo, amiguito? ¿Te has perdido? pregunta Marina.
A lo lejos se oye una voz de mujer:
¡Duque! ¡Ven aquí, anda, que ya es hora de volver a casa! ¡Duque! ¿Dónde estás?
La joven se acerca siguiendo los ladridos de su perro.
No se asusten, Duque es muy bueno y no hace daño a nadie. Disculpen, ¿llevan mucho aquí sentados?
Bastante, hija, y tu perro es encantador responde Marina.
¿Y por qué no van a casa? Hace mucho frío y faltan menos de una hora para Año Nuevo
Los ancianos permanecen callados.
Disculpen de nuevo, ¿no tienen dónde ir?
Lentamente niegan con la cabeza.
Qué situación más sorprendente Me deja sin palabras.
Duque sigue a su lado meneando la cola y sin separarse de Marina.
Creo que esta charla mejor en otro sitio. Yo he salido solo a sacar al perro y estoy helada. Ustedes también deben de tener frío. Vamos, vengan a casa conmigo.
Niña, no hace falta, no queremos molestarte. Aguantaremos hasta mañana, ya veremos qué hacer. No conocemos esta ciudad ni a nadie aquí.
Nada de eso, no los voy a dejar aquí. Vivimos Duque y yo solos, estarán muy bien en casa. ¡Vamos, que empieza el año nuevo!
Marina y Víctor se miran y, aunque suspiran, se levantan. A pesar de los calcetines gruesos, tienen los pies entumecidos.
Caminan despacio, Duque va saltando a su alrededor. Por el camino se cuentan sus historias.
Marina confiesa cómo acabaron en la glorieta. Le da algo de vergüenza, pero la joven, Sofía, les da confianza. Sofía se muestra emocionada: no entiende cómo pueden abandonar así a sus padres. Sus padres ya no viven, y daría lo que fuera por tenerlos cerca.
En el piso de Sofía hay calor de hogar. Huela a comida recién hecha. Primero toman té para entrar en calor, luego preparan la cena juntos.
En el salón luce el árbol de Navidad con luces de colores. Todo es cálido y familiar. Marina ayuda a Sofía a poner la mesa; Víctor juega con Duque. Celebran la Nochevieja contentos. Los mayores agradecen a Sofía, y ella también se siente contenta, pues por fin no está sola en una noche tan especial. Por la mañana, les pide que se queden por lo menos una semana.
A Sofía le gusta la compañía de Marina y Víctor, casi como si fueran familia propia.
Diego regresa y lo primero que hace es ir a la habitación de sus abuelos… que ahora está vacía. Al ver la cama, se da cuenta de que llevan fuera desde hace tiempo.
Mamá, ¿dónde están mis abuelos?
¿Y yo qué sé? Se fueron.
¿Cómo que se fueron? ¿Cuándo?
El día 31. Les pedimos que se fueran a dar una vuelta porque venían invitados. ¿Qué querías, celebrar con ellos la Nochevieja? Hay que ver qué vergüenza.
Pues yo sí que me avergüenzo de vosotros grita Diego a sus padres.
Se viste a toda prisa y sale a buscarlos sin saber adónde ir. Va preguntando por la calle si alguien ha visto a dos ancianos.
Lleva dos horas buscando, desesperado, temiendo lo peor.
A lo lejos ve a una chica paseando un perro. Cuando se acerca, se fija en los guantes que lleva puestos: son los mismos que regaló a su abuela.
Disculpa, ¿de dónde has sacado esos guantes?
¿Por?
Son idénticos a los que regalé a mi abuela, pero ahora no la encuentro ni a ella ni a mi abuelo. No sé dónde buscar.
¿Eres Diego?
Sí, ¿cómo lo sabes?
Lo sé, me llamo Sofía. Ven conmigo.
Ella llama a Duque y van juntos hasta la casa de Sofía. Por el camino, ella le cuenta cómo encontró a sus abuelos y los acogió en su piso; le pide que los deje quedarse y solo traiga sus cosas.
Al abrir la puerta, la casa huele a tortitas.
Qué bien huele a desayuno dice Diego.
Mirad quién ha venido con Duque y conmigo anuncia Sofía.
Diego entra en la cocina, su abuela corre a abrazarlo y rompe a llorar. Del salón aparece Víctor. Se sientan todos juntos, toman té y comen las tortitas de Marina. Diego pide perdón por sus padres.
Comentan entre todos lo que harán a partir de ahora; finalmente, Sofía convence a los mayores para quedarse. Diego trae sus maletas y empieza a visitar a Sofía casi todos los días.
Antes, ese gran piso de tres habitaciones lo ocupaban solo Sofía y Duque. Ahora hay siempre ambiente, buenas comidas y Duque, el más feliz, escoge cada noche con quién quiere dormir.
Y Sofía y Diego… bueno, esa es otra historia. Lo importante: la bondad mueve el mundo.
A veces, basta con sonreír a alguien. O preguntar qué le ocurre.
Hacer un pequeño gesto bueno. Todo eso, al final, la vida te lo devuelve.

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Mira, la cosa es que dentro de poco van a venir invitados a casa, y deberíais buscar otro sitio donde estar.
Mi esposo ha decidido enviar a nuestro hijo al pueblo con su abuela en contra de mi voluntad.