La puerta estaba cerrada… ¿Cómo es posible? – El hombre se quedó petrificado con la bolsa en las manos.

El día comienza de maravilla para el chico. Por la mañana, su madre le avisa que va a pasar la noche en la casa de campo familiar, cerca de Segovia, para desbrozar el huerto y plantar unos esquejes de tomates y pimientos. La madre desea que su hijo la acompañe, pero él responde que tiene trabajo urgente: está pintando retratos por encargo, así que decide quedarse en Madrid. No solo le desagrada en exceso trabajar la tierra, sino que ahora tiene la oportunidad perfecta para reunirse con sus amigos. Suele pasarse con las copas en esas quedadas y, por eso, ha perdido algunas comisiones importantes de pintura. Esto es una de las fuentes constantes de discusiones con su madre, Carmen.

Cuando, por fin, Carmen sale del piso, el chico que se llama Álvaro López suelta un suspiro de alivio. Inmediatamente marca el número de su mejor amigo, Iván, decidido a no hacer ningún encargo aquel día. Las pinturas pueden esperar. Álvaro ya tiene planeada su huida: se cambia de ropa deprisa y, justo antes de salir al portal, descubre que no encuentra las llaves por ningún lado. Rebusca nervioso y se percata: su madre se ha llevado por error su llavero, porque hace poco olvidó el suyo dentro del piso.

Sin llaves, no hay manera de salir; su madre cerró la puerta con la vuelta doble, como hacen siempre en la comunidad madrileña. De primeras, Álvaro se plantea si podría pasar al rellano del vecino y salir por su balcón pero al pensarlo bien, descarta la idea. Están en la décima planta, un décimo en pleno barrio de Chamberí. Otra opción sería forzar la cerradura, pero sería una tontería teniendo en cuenta lo caro que saldría después arreglar la puerta. Sin encontrar otra solución, Álvaro llama a Iván y cancela los planes.

El desencanto le invade el ánimo y, sin ganas de hacer nada, deambula por el piso vacío. Al final, resignado, se pone a trabajar y termina algunos retratos pendientes.

Cuando, dos días más tarde, Carmen regresa de la casa de campo, se queda boquiabierta: el piso está impecable, hay comida casera en la mesa y su hijo, inspirado, remata ya el tercer retrato en su estudio. Vaya, parece que mi hijo ha espabilado Quizá, por fin, este mes compremos la lavadora nueva, piensa Carmen con una sonrisa. Álvaro, por supuesto, no le menciona lo de las llaves, así que ella cree que la madurez le ha llegado sola.

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Un paso hacia una nueva vida