Adam almorzó, tomó té y café que compramos nosotros, pero no vimos lo que comentó sobre todos nosotros en la fiesta de empresa

Había un hombre en nuestra empresa que parecía caminar por un cuadro al óleo colgado entre sueños y despertares. Se llamaba Álvaro Benavides. Era el jefe de uno de los departamentos en nuestra oficina de Madrid, y si bien no era millonario, tampoco vivía mal: conducía un coche flamante, vestía de diseñadorsiempre elegido en boutiques exclusivas del barrio de Salamancay cada pelo parecía calcular su ángulo en el aire matutino.

Pero Álvaro tenía un talón de Aquiles: su avaricia era legendaria, especialmente cuando se trataba de la comida. Durante las pausas laborales, se deslizaba por las salas como un fantasma curioso; flotaba entre los escritorios detectando los tuppers, y se sentaba por “accidente” junto a donde hubiera comida, comenzando a hurgar entre los platos tan pronto como encontraba la oportunidad, sin jamás invitarle nadie. Cuando percibía el aroma de la tortilla de patatas recién hecha o veía una bandeja de croquetas, sentenciaba con frases ya míticas:

“¡Vaya, cómo huele aquí a gloria bendita!” o “¿Eso son calamares a la romana? Dejadme probar uno.” E, invariablemente, su sello inconfundible: “¿Qué tenemos aquí?”. Y su mano aterrizaba veloz sobre la comida.

Nunca escatimaba en palabras en los cumpleaños de sus colegas, pero siempre compartía la merienda como si hubiera puesto más que un euro. Algunos notaron que siempre enchufaba el móvil en la oficina, ahorrando unos céntimos de luz en casa y jamás abandonaba el trabajo hasta haber cubierto todas sus necesidades básicas, para no gastar en agua ni en papel higiénico en su piso.

En suma: era un tacaño con la astucia de un zorro, justificando toda su vida como puro ahorro. Pero en la última cena de empresa, bajo la luz anaranjada de las farolas de una terraza cerca del Retiro y con demasiado Rioja en las venas, ocurrió lo inesperado. Una compañeraCarmenle preguntó, medio entre risas, medio en serio, si pensaba casarse algún día.

Álvaro, con el rostro encendido y medio derretido por el vino, contestó:
“¿Pero una esposa para qué? Sólo querría dinero para comprar comida y vestidos. Y si tiene un hijo, ahí sí que me arruina. Prefiero mis ahorros y mi libertad.”

Carmen replicó, con media sonrisa:
“Claro, vives de maravilla, pero a costa nuestra, Álvaro…”

La sala cayó en un silencio denso; Álvaro, ofendido, estalló:
“Pues sí, pero es que yo sé vivir con cabeza. Tengo coche de alta gama, casa preciosa, y vosotros os dejáis la nómina en cenas y cafés. ¿Qué lográis con eso?”

A partir de esa noche, como si todos compartiéramos un secreto hechizo, nadie volvió a reírse o a compartir la mesa con él. Finalmente, la dirección le invitó a buscar nuevos horizontes, tal vez un lugar donde su ahorro fuera virtud y no condena. Y así, se desvaneció de nuestro sueño colectivo, llevándose con él su misteriosa lógica de nunca gastar un euro de más.

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