El amor todo lo cree.

EL AMOR TODO LO CREE
Recuerdo como si fuera ayer aquellas tardes en las que nuestra nieta venía a vernos a mí y a mi marido. Lucía siempre traía víveres y nos ayudaba con esos artilugios modernos que a nosotros se nos resistían. Juntas horneábamos tartas y bizcochos, intercambiábamos secretos culinarios y otras confidencias más profundas, esas de las que sólo se habla entre quienes tienen alma común.
Hoy, sin embargo, Lucía llegó más taciturna que de costumbre. Se había forjado ya casi un ritual: cuando las cosas se le torcían, venía a casa, nos sentábamos a hablar y juntas intentábamos hallar la mejor manera de navegar la tormenta. Aunque siempre era ella quien tomaba la decisión final; como buena abuela, intentaba no imponer jamás mi criterio. Mi papel era sencillo: permitirle desahogarse y ayudarle a tomar las riendas de sus emociones.
¡Abuela, buenas! Pon la tetera, que vengo con tema me soltó Lucía nada más cruzar el umbral.
Me tendió una caja de magdalenas, unas bolsas de bombones y naranjas, y se fue directa al salón a saludar al abuelo Antonio. Yo, en silencio, me dirigí a la cocina, llené la tetera y preparé el té negro con bergamota que tanto le gustaba a Lucía. Ella siempre decía que ese té era como elixir de la sinceridad, y yo pienso que algo de razón tiene. El té es milagroso: te devuelve la fuerza, alivia el desasosiego y te hace sentir anclada a la esperanza y la fe que dan sentido a la vida. Pero creo que más que el té, es esa atmósfera nuestra, llena de confianza, la que realmente permite que nos mostremos tal cual somos, sin máscaras ni armaduras.
Con Lucía me esfuerzo por ser confidente, no juez. Estoy orgullosa de que confíe en mí sus secretillos…
Corté la naranja y eché unos gajos en las tazas humeantes. Saqué la mermelada de cereza, bombones, magdalenas de pasas y, como si lo hubiera presentido, las tortas de requesón que acababan de salir del horno hacía apenas un rato.
La dejé tomarse su tiempo. Todo llega cuando debe llegar.
Cuando terminó su té, Lucía tomó aire y por fin empezó:
Abuela, quería hablarte de Sergio… Ya le conoces, lleva tiempo en mi vida. Fue él quien le arregló el ordenador y el móvil a abuelo Antonio, ¿te acuerdas?
Asentí. Cómo no iba a recordar a Sergio, si últimamente Lucía no paraba de hablar de él.
Como me recomendaste, he observado cómo se porta Sergio conmigo, con mis padres, con los amigos… cómo valora el dinero, sus cosas y a los demás. Y la verdad, abuela, tiene muchas cualidades buenas. Creo que… que me gusta. ¿Tú qué piensas?
Vertí un poco más de té en su taza antes de contestar:
Creo que sí, Lucía.
Ayer, Sergio me declaró su amor prosiguió Lucía, como si nunca me lo hubiera dicho antes… y abuela, ¡me pidió que me casara con él! ¿Te lo imaginas? Como en esas películas, con flores y globos. Se arrodilló, sacó un anillo con una piedra pequeña pero preciosa y me lo puso en el dedo. Mira, ¿ves qué bonito?
Me mostró la alianza, dorada y sencilla.
Me alegré, claro, pero a la vez, me entró un miedo enorme. ¿Lo entiendes? sus ojos se transformaron en los de una niña perdida.
Le sonreí y asentí.
Acepté el anillo, abuela, pero le pedí a Sergio una semana para pensarlo…
Guardó silencio, mirando ansiosa mi reacción. Yo escuchaba con atención, intentando adivinar qué pasaba realmente por su corazón.
Siempre le transmito a Lucía mi experiencia poco a poco, sin pretender que comprenda todo de golpe. No sirve vaciar la alacena de golpe; la sabiduría lleva su ritmo.
Es una gran responsabilidad tomar una decisión así reflexionó Lucía, mordiendo una torta. No quiero equivocarme…
Piénsalo bien, hija mía, y luego, cuando estés segura, das tu respuesta. Siete veces mídelo antes de cortar le aconsejé.
¡Ay, abuela! ¡Qué miedo me da! ¡Esto es para toda la vida! me miró angustiada.
¿Tú le quieres de verdad, Lucía? le pregunté. Pero contéstatelo honestamente. Si dudas, ya tienes la respuesta.
Sí, le quiero dijo al fin, en voz bajita y cerrando los ojos.
Se quedó mucho rato en silencio, la taza de té ya fría. Al fin, se levantó, se acercó y me abrazó por detrás.
Y dime, cuando abuelo Antonio te pidió matrimonio, ¿tú no dudaste? ¿Estabas segura? ¿Eso de en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, hasta que la muerte os separe? ¿Estabas dispuesta? me susurró casi sin voz.
Como en un viejo filme en blanco y negro, la memoria me trajo secuencias de mi juventud, momentos felices y otros no tanto. De mi cabeza no se borran…
Ahí estábamos, Antonio y yo, en un banco del parque, al caer la tarde de un verano tibio. Él parecía querer decirme algo.
Yo apenas dieciocho, él veintitrés. Y tan ingenua que casi creía saber quién era yo y quién era él. Qué equivocada estaba.
Siéntate a mi lado, quiero verte los ojos me ordenó aquel recuerdo, y regresé de golpe al presente. ¿Quieres saber si estaba segura de que tu abuelo era el mejor hombre para mí?
Lucía puso agua en la tetera para otro té.
Sí, abuela, eso es lo que quiero saber afirmó convencida.
A Antonio le he querido antes y después de casarnos, con locura. Y con los años, le quiero aún más. Me sorprende, me cautiva verle regar las rosas del jardín, admirar su sabiduría y generosidad. Amo verle prepararme el café por las mañanas, besarle en la nariz, las mejillas y consentirle con dulces. Soñar juntos, respirar, callar juntos… a veces no hace falta decir nada más. A su lado siempre vuelvo a ser la niña que fui. Y eso, hija, no tiene precio. ¿Sabes lo que me dice Antonio?
Tú siempre serás mi pequeña Catalina me susurra, aquella por la que subía a robar manzanas al manzano del vecino. Mi única y verdadera compañera, la que siempre cree en mí.
¿Y tu pregunta, Lucía? ¿Si confié en él? Créeme, he confiado en tu abuelo más que en mi propia familia. Con el tiempo, nos hemos fundido en uno solo, en mente y alma.
Te contaré algo que nunca dije ni siquiera a tu madre. Poco antes de casarnos, Antonio alquiló un piso para que viviéramos solos. Se instaló y empezó a arreglarlo. Mi madre, en su empeño, consiguió pintura y fue a llevársela. Antonio debía llegar de su turno de noche. Al llamar, nadie abrió y, acercando la oreja, mi madre escuchó dos voces dentro: la de un hombre y la de una mujer. Ella insistió, pero Antonio no abrió. Mi madre, enfadada, esperó dos horas en el portal; nadie salió.
Cuando llegué de trabajar me contó todo: “Tu prometido está en casa con otra. ¿Qué harían ahí dentro, hija?”.
Me sentí traicionada, ¿cómo podía Antonio haberme hecho eso?
En aquellos años no había móviles y ni siquiera teléfono en el piso. Por la tarde, Antonio vino como si nada. Le abrió mi madre, mientras yo no quería ni verlo. Se armó un escándalo; mi madre le acusaba de infiel y él guardó silencio hasta que pudo decir que había pasado el día entero en el taller con la moto del padre, intentando arreglarla sin éxito. En el piso solo había dejado la radio encendida, y seguramente los supuestos “voces” que mi madre oyó venían de ahí.
¿Me tomas por tonta? replicaba mi madre. Yo oí dos voces, tú y “tu fulanita”. ¡Me mentiste!
Me obligué a salir de mi refugio y enfrentarle.
Catalina, juro que no he hecho nada. Todo era la radio. ¿Tú me crees? me rogó Antonio, serio.
Al mirarle, lo supe: sus ojos tenían más verdad que cualquier argumento. Y entonces dije:
¡Te creo, Antonio!
Desde aquel día juramos siempre decirnos la verdad, pasara lo que pasara, y creer el uno en el otro aunque el mundo entero estuviera en nuestra contra. Somos un equipo, Lucía, para toda la vida.
¡Vaya historia, abuela! ¿Por qué no me la habías contado antes?
Nunca había surgido la ocasión.
En ese instante entró Antonio a la cocina:
¿Se puede? Venga, Lucía, sírveme una taza de té y echemos una partida de cartas. Aunque lo intentéis, ¡hoy os gano seguro!
El amor todo lo cree. Siempre. Si es verdadero, claro…

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