Me disgustaba levantarme muy temprano todos los días, coger el tren bajo la lluvia o el frío de Madrid, quedarme atrapado en atascos durante horas, escuchar a los directores de la empresa mientras mi mujer, Marisol, se quedaba en casa toda la jornada. Lo cierto es que le tenía envidia. Nuestros hijos, Carmen y Leocadia, tienen ocho y doce años, y la verdad es que con un poco de maña cualquiera pela unas patatas y las mete en la olla.
Marisol, harta de mis quejas, propuso que intercambiásemos papeles durante mis vacaciones. Por dos semanas ella trabajaría en una peluquería en la Gran Vía, donde le había hablado una amiga, garantizando el dinero en euros para la familia. Yo, mientras tanto, llevaría a las niñas al colegio, las recogería, limpiaría la casa y me encargaría de preparar algo de comer.
No me hacía demasiada gracia la idea de malgastar mi descanso tan esperado en semejantes experimentos, pero Marisol insistió: si yo me sentía cómodo en casa, ella buscaría empleo estable, y yo podría dejar el trabajo de oficina.
Aquel primer día ella se fue temprano, obligándome a salir de la cama. Había que despertar a las niñas, vestirlas y prepararles el desayuno, que parecía una prueba surrealista: los calcetines se multiplicaban y los uniformes se escondían debajo del sofá. Por fin, caminamos dos kilómetros hasta el colegio; nunca lo había hecho porque siempre tomaba el bus.
Después, según las instrucciones de Marisol, llevé la ropa a la tintorería, recorrí el supermercado de barrio y discutí con la cajera por el precio de los tomates. Cuando volví a casa ya era hora de buscar a las niñas.
En el colegio, los profesores me dijeron que Carmen veía dibujos en el móvil y que necesitaba más atención con la tarea. En casa, cociné un arroz rápido, pero apenas terminé de servirlo recordé que aún tenía que limpiar el salón y poner una lavadora. Me puse a supervisar los deberes; para Leocadia los resolví casi todos. Coloqué la colada y cuando terminé de planchar, Marisol anunció que llevaba antojo de algo rico para cenar. Preparé la mesa en la cocina, vinieron las niñas, cenamos juntos. Marisol, agotada, se fue al salón a ver la tele, y yo me quedé fregando los platos. Apenas toqué la cama, caí rendido.
A la mañana siguiente, el despertador me atrapó otra vez; ni la semana ni la escuela se cancelan en esta ciudad.
Bueno, ¿te gusta la experiencia? me preguntó Marisol justo antes de marcharse. Se la notaba feliz y luminosa. Ya me han preguntado si puedo ir de nuevo la semana que viene. Me parece que quieren contratarme. Piénsalo durante el día y dime, para saber si acepto el puesto o no.
Me da vergüenza confesar que estoy exhausto y muero por volver a la oficina. Trabajar por euros resulta infinitamente más placentero que dedicarme gratis a la colada, la cocina y estas faenas domésticas.







