Había un tipo que trabajaba en nuestra empresa. Se llamaba Álvaro Sánchez. Era el jefe de uno de los departamentos de nuestra oficina y, aunque no puedo decir que ganara cuatro duros, tampoco era el rey del mambo. Tenía un coche chulo, se vestía siempre de tiendas de marca y da gusto verle lo pulido que iba. Pero tenía un defecto monumental: ahorraba hasta en las servilletas. Sobre todo, en comida.
En las pausas, hacía su ronda, paseando sigilosamente por todos los despachos y mesas donde hubiera comida a la vista. Se sentaba como quien no quiere la cosa, empezaba a picotear sin invitación ninguna, y al ver comida soltaba alguna de sus frases míticas:
¡Uy, qué bien huele por aquí! o Anda, ¿alas de pollo? Dejadme probar una, por favor. Su favorita era ¿Qué tenemos aquí?, y en cuanto lo decía, ya estaba con la mano puesta sobre el plato ajeno. Nunca rascaba el bolsillo para el regalo de cumpleaños de los compañeros, pero eso sí, en las felicitaciones y en la comida del festejo, ahí estaba él, el primero.
Sus compañeros ya sabían el truco de que siempre cargaba el móvil en la oficina, para ahorrar en la factura de la luz de casa, y tampoco se marchaba del curro hasta que completaba todas sus necesidades fisiológicas allí, que para algo pagaba la empresa el agua y el papel. Vamos, que era un tacaño de libro. Y lo disfrazaba diciendo que era un ahorro inteligente.
En la última cena de empresa, Álvaro se tomó unas copitas de más y, cuando alguien le preguntó si pensaba casarse, soltó:
¿Casarme? Anda ya. Si me caso, mi mujer sólo querrá que le dé euros para la compra y para ropa. Y si encima tenemos un niño, ya me arruina para siempre. Prefiero vivir solo, ahorro mucho más así. Sí, sí, eso dices, ALVARO, pero bien que vives ¡a nuestra costa! le contestó uno de los compañeros. Álvaro, en vez de sentir vergüenza, se encendió y replicó:
Pues claro que sí, pero es que yo vivo con inteligencia financiera. Tengo mi coche bonito, mi casa arreglada, todo de primera. Vosotros os fundís el sueldo en comida ¡así no se llega a nada!
Después de esa noche, el departamento entero decidió dejar de hablarle y trabajar con él. No le quedó otra que buscarse otra empresa. Vamos, que el ahorro excesivo le salió caro.







