Mi hermano estaba plenamente convencido de su talento artístico y decidió dejar su trabajo de camarero justo mientras su esposa estaba de baja por maternidad. Lamentablemente, nuestra familia fue la única que asumió las consecuencias de su decisión.

Me cuesta imaginar quién pudo haberle alimentado la idea de tener aptitudes artísticas durante sus años de colegio, porque eso no hizo más que llevarla a una confianza y autoestima desmesuradas. Cuando mi hermano compartió su nuevo talento con nuestros padres, ellos decidieron apoyarle inscribiéndole en una academia de arte en Madrid. Sin embargo, tras unas pocas clases, él, con un aire arrogante, aseguró que ya lo sabía todo y dejó de asistir. Mis padres aguardaban que, tarde o temprano, abandonara sus sueños de artista antes de terminar el instituto, pero él persistió y hasta intentó ingresar en la Escuela de Bellas Artes de Madrid.

Desafortunadamente, no fue aceptado; sus cuadros no lograban despertar admiración alguna. Pero él, cabezón, insistía en que el talento no requería de títulos y seguía pintando como si nada. Nuestro padre, por su parte, tenía otra opinión y decidió dejar de mantenerle económicamente. Esto provocó una herida complicada en nuestra relación. Aunque le dejaron seguir viviendo en casa, no recibió ni un céntimo para gastos personales.

Resignado, se fue de casa y encontró trabajo de camarero en un restaurante del barrio de Salamanca. Nunca dejó la pintura; la compaginaba con las jornadas de trabajo. Pronto conoció a una joven llamada Asunción, que admiraba tanto su arte como su carácter, y se mudó con ella. Por fin, alguien compró uno de sus cuadros por unos cientos de euros. Su orgullo creció aún más, así que abandonó el trabajo de camarero para dedicarse completamente a la pintura.

Como su esposa era la única que traía dinero a casa tras su baja por maternidad, empezaron a notar la falta de recursos. Él volvió a trabajar en una cafetería, pero al poco tiempo lo dejó para sumergirse de nuevo en el mundo de la pintura. Esta decisión les dejó sin lo básico, ni siquiera para comer. Nuestra madre no pudo soportar ver a su nieto pasarlo mal y les llevó comida para subsistir.

Con el paso de los años, mi hermano y Asunción tuvieron tres hijos, y ella aún no podía trabajar por la maternidad. Él seguía pintando, vendió algunos cuadros en cinco años, pero las ganancias eran escasas. Su situación dependía en gran medida de mí y de nuestros padres, pues aún sosteníamos económicamente a la familia. Nos veíamos obligados a ayudarles, a cubrir sus necesidades y a hacer posible que siguieran adelante, mientras el sueño de mi hermano seguía pintado en lienzos, aunque su vida careciera de color.

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Mi hermano estaba plenamente convencido de su talento artístico y decidió dejar su trabajo de camarero justo mientras su esposa estaba de baja por maternidad. Lamentablemente, nuestra familia fue la única que asumió las consecuencias de su decisión.
¿Otra vez con lo mismo? Aquí mando yo y decido quién se muda y quién no. ¡Ten cuidado no vayas a ser tú el próximo en mudarte…! —¿Tú? —Vania se burló—. ¿Recuerdas quién es el dueño aquí? *** La mañana en su piso no prometía nada bueno; aunque, ¿cuándo había sido buena una mañana allí? El sol, como por fastidiar, entraba por la ventana, pero en el cuarto de Vania no se notaba más luz. Quizá porque no había dormido bien. Estaba de mal humor. Se había despertado varias veces durante la noche, dando vueltas, hasta que decidió ponerse a hacer cosas. Cuando se cansó de nuevo quiso echarse un rato… y justo cuando estaba acomodándose entre las sábanas… —¡Vania! —tronó desde el pasillo la voz poderosa—. ¿Dónde estás? ¡Sal ahora mismo! ¡Vamos, no estarás durmiendo aún, no? Vania aulló de desesperanza y se tapó la cabeza con la almohada. Otra vez. Su padre, Miguel Esteban, conocido por todos como Migue, en su línea habitual. Y aún no eran ni las ocho. —Estoy preparándome para ir al curro, papá —respondió Vania con la voz pegada, intentando abrir los ojos—. Si sigues así llegaré tarde. Podría haber estado tirado en la cama una hora más. Una hora más de descanso tan necesaria después de aquella noche. —¿Qué trabajo ni qué narices? —Migue apareció en el marco de la puerta del cuarto y parecía altísimo, aunque en realidad era más bien bajo—. Tú no te preparas para nada, aquí tirado… Arriba ya. ¡Me hacen falta perras! Vania se incorporó sobre el codo. El dinero. La historia de siempre. —¿Para qué? —quiso saber, ya adivinando la respuesta. —¡Es que pareces nuevo! —suspiró teatral Migue—. ¡Te lo voy a explicar otra vez! Quiero invitar a Luchi al restaurante, hombre. Hay que impresionarla. Ya sabes cómo es… esa chica. No le valen los paseítos. “Esa chica” quería decir que a Luchi le gustaba gastar el dinero de otros, y sin eso Migue le interesaba entre poco y nada. El padre había perdido cualquier noción del límite. Todo lo que ganaba, lo invertía en impresiones y, cuando el dinero se esfumaba como por arte de magia, comenzaban las súplicas, o mejor dicho, las exigencias. —Papá, yo también voy justo de pasta —intentó negociar Vania, como ya había hecho incontables veces—. Tengo lo justo para la semana, el bus y el menú del comedor. ¿No recuerdas que cambiamos la grifería? La reforma le había dejado seco. Y tampoco le apetecía financiar más impresiones paternas. —¿Que tienes poco? —Migue arqueó las cejas, como si Vania le estuviera pidiendo un regalo en vez de dinero prestado—. ¡Pues busca! No es para cualquiera, es para tu padre. Y además… —metió mano en la cartera de Vania—. ¡Aquí mando yo, en mi casa! ¡Tu dinero es mi dinero! ¿Entendido? ¡Harás lo que te diga! Puedo coger lo que quiera. En la cartera, por sorpresa, no había nada. Lo poco que le quedaba de la nómina, Vania lo guardaba en la tarjeta. —¿Dónde está el dinero? ¡En mi casa, quiero MI dinero! Vania sonrió con ironía. —¿Seguro que es tu casa, papá? ¿Estás tan seguro? El saqueo se detuvo. Migue dejó en paz la cartera y la mochila de Vania. —¿De qué hablas? —farfulló. —De lo que tú bien sabes —replicó Vania, sentándose ya más erguido en la cama, seguro de tener la sartén por el mango—. De la abuela. Era su piso. Siempre fue suyo. Y me lo dejó a mí. Sabía en qué te gastas tú el dinero… y que no eras de fiar. Si por ella fuera, ya habrías liquidado el piso como hiciste con el coche aquel. La abuela, Ana Petronila, era una mujer sensata y muy lista. Había visto a su hijo, Migue, meterse en líos más de una vez por su ligereza y su pasión por gastar. La última vez, cuando vendió el coche que le habían regalado y lo perdió todo en cuestión de días, por suerte, Vania ya era adulto y le ayudó a salir de deudas. Fue entonces cuando la abuela dejó el piso oficialmente a su nieto. El dueño era Vania. Y, en lo cotidiano, aún más: él pagaba la hipoteca, la compra, hasta las zapatillas en las que ahora mismo estaba plantado su padre. Migue, por su lado, como un parásito acomodado al calor, solo asomaba para comer, dormir y pedir pasta. —Así que aquí el dueño soy yo, papá —se puso de pie Vania, ya no como un chaval, sino como el auténtico señor del piso—. Y mi dinero es mío. Si quieres impresionar a Luchi, busca otra fuente. Miguel intentó decir algo, pero no encontraba palabras. Su rabia se convertía en un siseo mudo. —Esto te lo recordaré yo… —No lo dudes. A ver si lo recuerdas cuando te comas MI comida. Porque tú al piso no aportas nada. No era fácil. Claro que quería a su padre, pero no para ejercer de sirviente. Él sería el dueño. Si a papá no le gustaba, nadie lo retenía. La tarde terminó, cómo no, con bronca. A la vuelta del curro, Vania se topó con una fiesta gitana en casa. Migue ocupaba el sitio de honor, copa en mano, rodeado de sus “colegas”. Luchi, por supuesto, también estaba, diciendo algo de dudoso gusto. —¡Mira quién aparece, mi chavalín! —proclamó Migue al entrar Vania—. Ya era hora, mira cómo me trata mi propio hijo: me esconde el dinero, me echa de mi casa… ¡vaya cara! Vania se detuvo en la cocina. Una maraña le apretó el pecho. No era rabia, sino un hastío monumental. —Papá, ¿esto qué es, un botellón o tu casa? Haz el payaso lo que quieras, pero yo no permito más fiestas. Se acabó, todos fuera. Mañana madrugo. Los invitados se removieron incómodos; Migue los hizo parar con un gesto. —¿Expulsas a mis invitados? ¿De mi propia casa? ¿No crees que te creces demasiado? Vania lo tenía claro. —De mi casa, papá, —corrigió, y todos se encogieron—. Puedes quedarte si quieres, pero tus amigotes se van. Miradas de todo tipo. Luchi se pegó más a Migue, sin saber si huir corriendo o aguantarse. Los “amigos” pasaron de las risas a las malas caras. —Venga, vámonos, tíos —musitó uno levantándose. —Sí, Migue, ya hemos dado la nota —secundó otro. Migue, viendo cómo se quedaba solo, le soltó a su hijo: —¡Me has dejado en ridículo delante de gente de bien…! ¡Tu padre no necesita lecciones del hijo! —Bueno, pues si tu padre aún necesita lecciones, ¡qué remedio! Pero Vania no le hizo caso. Se encerró en su cuarto y se tumbó. Sabía que el día siguiente sería peor: seguro que su padre haría una escena o se traería a los mismos de nuevo. La mañana siguiente fue igual de soleada, pero a Vania no le entusiasmaba en absoluto. El padre, ofendidísimo, deambulaba como un espectro por los pasillos. Vania, sintiéndose un poco culpable por haber desautorizado a su padre ante sus amigos, decidió arreglarlo. —Papá —lo llamó cuando Migue pasaba—. Perdona por lo de anoche, me pasé. Pero venía cansado del trabajo, solo quería tranquilidad… No debí decirlo delante de todos. No quise dañar tu imagen. Se levantó y sacó la cartera. —Toma —le tendió dinero—. Invita a Luchi al restaurante, ¿sí? Migue se giró por fin. —¿En serio? —se le iluminó la cara. —Sí, de verdad —Vania asintió. Migue arrebató los billetes. —¡Bien! Sabía que me entenderías. Y se fue a prepararse para la cita. Vania lo miró irse y no sintió alivio. Había cedido, pero no era lo que quería, algo fallaba. Pasó el día dándole vueltas. La cuestión era el piso. No soportaba vivir más con un padre que se comportaba como un adolescente cincuentón. ¿Irse él? Una tontería, el piso era suyo. ¿Echar a su padre? Eso dolía, al fin y al cabo era su padre. ¿A dónde iba a ir? No hallaba solución. Por la tarde, rendido, se quedó dormido. El padre llegó entrada la noche, y no venía solo. —¿Vania? ¿Duermes? —entró Migue arregladísimo, Luchi detrás—. Solo será un momento. —Hola —saludó Vania, ya nervioso. —Buenas, Vani —ronroneó Luchi. —Pues nada, que he hablado con ella y va a venirse a vivir con nosotros —soltó Migue de golpe. Vania pegó un salto. —¿Cómo? ¡Aquí no se muda nadie! Migue se quedó de piedra. Tras la disculpa matinal, no suponía esa reacción. —¿Otra vez con lo mismo? Aquí mando yo —rugió—. ¡Decido quién entra y quién sale! ¡Cuidado, a ver si el que sale eres tú…! —¿Tú? —sonrió Vania con sorna—. ¿Recuerdas quién es el dueño aquí? —¡Me dan igual tus papeles! —gritó Migue, bajando el tono enseguida por Luchi—. Vania, entiéndelo, queremos vivir juntos, yo traigo a mi dama a MI casa… ¡Como debe ser! —No —cortó Vania—. Y como sigas así, el único que va a vivir aquí seré yo. Migue, fuera de sí, temblaba de rabia. Le hervía que su propio hijo, delante de su chica, se le subiera a las barbas. —Bien —gruñó—. ¡Lo veremos! *** La noche siguiente fue un shock. Al volver del trabajo, Vania se encontró bajo su ventana un montón de cosas esparcidas. Las reconoció: era su ropa, sus libros, sus cosas, regadas por todo el portal. —¿Pero esto qué…? —murmuró. Subió corriendo. La puerta estaba cerrada. Sus llaves no funcionaban. El padre había cambiado la cerradura. —¡Papá! —llamó al manillar—. ¡Abre! —¡Fuera! —gritó Migue desde dentro—. ¡Esto es mi casa! ¡Tus cosas están fuera! —¡Reviento la puerta! —¡A ver si tienes narices! Vania no insistió. Bien, quería ocupar el piso por las bravas. Se le pasó por la cabeza llamar a la policía, pero dudaba que quisieran sacar al padre de su propia casa a esas horas. Eso se vería al día siguiente. También debía recoger su ropa. Bajó a la calle. Parte de sus cosas estaba allí, parte la recogía una vecina, Cati del portal tres. Al ver la escena, salió a ayudar. —¿Estás bien? —preguntó recogiendo su sudadera favorita—. ¿Por qué hace esto tu padre? —Está mal de la cabeza —Vania, con los vaqueros en la mano—. Le prohibí meter a su gente aquí. El piso es mío. Pero él… en fin. —Ay, Vania… —Cati negó con la cabeza—. Si necesitas, en casa hay una habitación libre. —Gracias, Cati —él le sonrió—. Creo que te tomo la palabra. Me niego a ir a un hostal, y pronto estaré de vuelta aquí… La noche en casa de Cati y su madre fue extraña pero reconfortante. Por fin Paz. Por la tarde, té y charla, por la noche, nada de ruidos ni exigencias… Por la mañana, cuando el padre y Luchi se marcharon (los vigilaba desde la ventana de Cati), Vania fue a su piso. Llamó de inmediato a un cerrajero. —Aquí están mis papeles, el registro… cambie esa cerradura, por favor. El cerrajero en minutos solucionó el problema. —Gracias —dijo Vania—. Cámbieme usted todo, por favor. Y, sin perder tiempo, hizo las maletas de su padre y de Luchi. No recurrió al lanzamiento desde el balcón, como había sufrido él, solo las plegó y las sacó al rellano. Justo cuando dejaba el último paquete, alguien intentó abrir por fuera. —¿Pero qué…? —se oía a Migue—. No abre… la llave… ¡han cambiado los bombines! ¡Vania, estás ahí! —No hace falta que llames, —le respondió alto—. ¡No tienes llaves nuevas! —¿Me has echado? —¿Qué esperabas? —dijo Vania. —¡Abre! ¡Mis cosas! —chilló Luchi. —Las tenéis detrás, —salió Vania al descansillo—. Mirad. Todo ahí. Yo al menos las bajo a mano, no como vosotros. Migue intentó entrar, pero Vania, aunque más bajo, era más fuerte y se plantó en el quicio. —Venga, papá —le dijo—. Y Luchi igual. Te lo avisé. Aquí no entra alguien que antes intentó echarme de mi casa y de esa manera. Migue, viendo que no tenía nada que hacer, resopló: —¡Vas a tener noticias legales mías! Pero Vania sabía que era puro ruido. Su padre tenía que enterarse: el juego había terminado. Esa noche, mientras ponía la tercera tanda de ropa a lavar, Cati apareció con un paquete de torta de galleta y una sonrisa. —Hola —saludó—. Te traigo un poco de dulzura, ¿me dejas pasar? —Por supuesto. —Supongo que la charla con tu padre no fue bien… —¿Por qué no? —sonrió—. Mi padre ha decidido mudarse. —¿Por su cuenta? —Por supuesto —y Vania sonrió satisfecho. Luego se lo contó todo. —Yo, desde luego, le habría tirado las bolsas por la ventana —sonrió Cati—, pero tú… eres de lo más tranquilo. Y, por fin, se sintieron en paz juntos.