Querido diario,
Hoy me he despertado pensando en todo lo que ha pasado en mi vida, en ese largo viaje desde que era una niña y cómo las cosas han cambiado. A veces, me parece un sueño. Recuerdo que mi padre tenía tres hijas: mis hermanas Encarnación y Eulalia, y yo, que me llamo Casilda. Mientras mis hermanas eran verdaderas bellezas castellanas, con unos ojos y cabellos que hacían voltear a todos, yo era bajita, delgada y un poco encorvada. Solo mis ojos chispeaban en mi cara.
Nunca pude trabajar el campo como las demás ni atender la casa tan rápido como mis hermanas; siempre iba a remolque. Encarnación y Eulalia tenían pretendientes a montones: cada semana llenaban el zaguán los chicos del pueblo, y los mozos hasta traían flores de los campos de cereales. Nadie, sin embargo, reparaba en mí. Tanto era el asunto que Encarnación, con su forma tan sentenciosa, soltó una tarde: ¡Hasta que Casilda no encuentre pretendiente, nosotras tampoco nos casamos!. Yo lo escuché desde la cocina, y me dolió. No me dolía por mí, sino por ellas, tan alegres y queridas.
Pasaba el tiempo y, ni con los moños nuevos, ni los coloretes que me ponían mis hermanas mejoraba nada. Las amigas ya se burlaban: Como sigáis buscando pretendiente para Casilda, os vais a quedar vosotras sin novio, decían con risas.
Aquel día, esa risita me hizo decidir: No, no puedo seguir frenando la vida de Eulalia y Encarnita. Mejor me voy. Buscaré trabajo en la ciudad, y así ellas podrán casarse; yo ya veré cómo me las arreglo.
Esperé hasta que todos durmieran, metí lo justo en mi fardo y me escabullí en la noche. El camino era largo, bajo una luna enorme sobre la llanura castellana, pero andaba sin miedo. Hasta que llegué al bosque junto al río Duero, el corazón me latía fuerte. Allí, entre los robles, me asusté: ¿y si salía un lobo? Pero seguí y me arrodillé bajo una encina, usando mi fardito como almohada, y me dormí.
No sé cuánto tiempo pasó, pero me despertó un ruido de hacha. Miré alrededor y vi un tronco seco caer. Sentí pánico y quise huir, pero vi venir a un hombre mayor, bajito, robusto, con barba tan blanca como la cal de las paredes de una casa vieja y el hacha en mano.
Tranquila, niña, no quiero hacerte daño, me dijo con voz calmada.
¿Quién eres? pregunté, aún temblando.
Soy el guardabosques. Vivo aquí cerca y cuido de estos árboles. ¿Y tú?
Le conté mi historia, con lágrimas que me quemaban los ojos. El viejo me escuchó, acariciándose la barba.
Veo que tienes buen corazón, muchacha. Ven a vivir conmigo a la cabaña, sé mi nieta. Y si no te gusta, yo misma te llevo hasta Valladolid.
Sentí tanto alivio. Así que acepté quedarme. Nos organizamos bien. El guardabosques se iba durante el día a rondar por el bosque y yo, en la cabaña, cocinaba, barría y cuidaba todo. No era difícil gestionar lo poco que había.
El viejo era sabio y alegre, y contaba historias de la montaña y los pueblos, relatos sobre las guerras y las cosechas. Pronto empezó a enseñarme las plantas del entorno, los hongos que se pueden comer, las hierbas curativas, y cómo secar todo y preparar remedios.
Poco a poco aprendí mucho de él. No guardaba secretos. El tiempo pasó, y un día el abuelo se sentía ya muy débil. Cuando comprendí que era la hora, me deshice en llanto, pero él me consoló:
No llores, Casildita. Todo acaba a su tiempo. Yo he ayudado al monte y tú ahora ayudarás a las personas. Cuando me vaya, entiérrame y vuelve a casa. Ya he compartido contigo todo lo que sabía.
Y así fue. Me despedí de él, le preparé sepultura junto a la encina, le recé un padrenuestro y, tras reunir mis cosas, volví a la aldea.
Mis hermanas, ya casadas con dos hermanos, vivían en una casa grande y bonita. Qué alegría cuando vieron que volvía. Me dieron una habitación limpia y luminosa, y empecé a ayudarles con mi nuevo conocimiento: cómo abonar con ceniza y hojas, cómo curar fiebres con infusiones, cómo eliminar las malas hierbas.
A partir de entonces, todo les iba bien: buena cosecha, animales sanos, todo el mundo contento. La fama creció y empezaron a venir vecinos de otros pueblos a pedirme consejo. No pedía nada a cambio; a veces traían huevos, queso, una bufanda de lana; pero a los más pobres o enfermos, ni un euro les cobraba.
En esa misma aldea vivía Bartola, la curandera, una vieja de mala fama. Aunque sabía mucho, la gente la temía: decían que era bruja y que sus palabras tenían doble filo. Cuando la gente comenzó a visitarme más a mí, la casa de Bartola empezó a quedarse vacía. Esto la enfureció y tramó algo.
Un día se presentó en mi puerta con un aire raro: Buenos días, Casilda del Río, linda niña, jadeó con voz impostada. Vengo a pedir ayuda, que me duele la mano derecha, ¡me arde y ni puedo agarrar el rosario!.
Venga, abuela, siéntese, que le miraré la mano.
Al palparle ambas manos vi que no tenía ningún dolor. Se lo dije, pero ella insistió y se lamentó.
Eso será de tanto quejarme, niña. Pero qué ligera me siento después de hablar contigo, fingió. Y de improviso me entregó un espejito de metal. Ten, un regalo para que nunca olvides tu belleza.
Le sonreí y respondí: Gracias, abuela. Que así como tus palabras suenan buenas, traigan buena ventura.
Pero Bartola había conjurado el espejo con envidias y malas artes.
Pasó el tiempo y, como si una brisa mágica hubiera rozado mi espalda, me fui enderezando. Los vecinos se admiraron: había dejado de cojear, tenía las mejillas coloradas y hasta el pelo me crecía brillante. Cuando me miraba en el espejo, sonreía.
Bartola cayó en cuenta de que su hechizo no daba resultado y volvió a mi casa. Esta vez diciendo que le dolía la espalda y apenas sentía las piernas. Pero era verdad, ahora sí tenía el cuerpo seco y empeorando con cada día. Barruntó su final.
Yo le preparé infusiones y raíces según me enseñó el viejo, y ella me trajo, como regalo, un peine huesudo. La belleza de las jóvenes hay que mimarla. Peina tu pelo y te recordarás siempre.
Tomé el regalo y respondí: Gracias, abuela; si tu corazón es tan bueno como el regalo, ojalá todo sea para bien.
El tiempo pasaba y la gente murmuraba: Casilda ha florecido, parece otra. Y Bartola cada día más consumida, casi como leño seco. De la cama no volvía a levantarse, solo se oía su voz, gimoteando y rezongando, llamando mi nombre.
Mis hermanas, preocupadas, me rogaron no ir: No vayas, Casilda, que esa vieja no es trigo limpio, dicen que su casa tiene duendes y malas sombras.
Pero yo respondí: No temáis. Amanecerá y veremos.
Me levanté temprano, lavé mi rostro con agua de pozo, me puse un vestido nuevo y metí en una cesta miel de encina, manzanas maduras del huerto y hierbas olorosas del monte.
Cuando Encarnita y Eulalia me vieron cruzar el patio, se extrañaron. ¡Qué guapa eres, Casilda!, dijeron, ni la reina en las fiestas de Salamanca.
Llegué a la casa de Bartola, pero la puerta de la valla se cerró fuerte, imposible de abrir. Abuela, ábreme, no puedo entrar, grité. Dentro, oía ruidos y voces extrañas: chillidos, rebuznos, ladridos, mugidos. Sonaba el hierro de la cocina y sentí escalofríos.
El vecindario se empezó a reunir, temiendo lo peor. Nunca habían visto algo tan extraño: la casa temblaba como en un temblor. Tocaba la verja, y por tercera vez supliqué: Abuela, ¿estás bien? Te he traído regalos: miel, manzanas, hierbas del campo.
Metí la cesta por encima de la verja. De repente, de la chimenea salió un humo negro como las noches sin luna, y del tejado huyeron cornejas. La casa se cubrió de hollín y, delante de todos, se desmoronó hasta quedar solo un montón de brasas.
Cuando asomó el primer rayo de sol por la sierra, el humo se desvaneció y en el lugar no quedó ni llama, solo unas ascuas frías. Esto es, seguro, la propia maldad de Bartola; quiso dañarte, Casilda, pero tu bondad la venció y se volvió contra ella, dijeron los vecinos.
Desde ese día, mi vida solo fue a mejor, florecí de tal modo que nadie reconocía en mí a la niña encorvada. Al poco tiempo, un mozo del pueblo me pidió en matrimonio y vivimos siempre felices, sin discordias. Encarnación y Eulalia celebraron el día de mi boda con alegría sincera.
Y allí, en el sitio donde dejé la cesta a Bartola, empezó a brotar una zarza de frambuesas grandísimas, tan dulces y aromáticas que todo el pueblo venía a recogerlas, y nadie volvió a temer ese rincón. Cuentan que, gracias a tanta frambuesa, hasta el pueblo empezó a llamarse Frambuesal.
Y así, querido diario, los días siguen. Y cada vez que me miro en el espejo, pienso que lo más hermoso que tengo es poder ayudar a los demás.
CasildaA veces, en las tardes doradas, al sentarme junto a la zarza, veo a los niños con los labios teñidos de rojo y escucho cómo los mayores relatan mi historia entre risas y nostalgia. Yo solo sonrío y, en mi corazón, agradezco al monte, al abuelo del bosque y, sí, incluso a Bartola, porque de cada sombra nació una nueva luz.
Cierro este diario sabiendo que la dicha no está en el espejo ni en el aplauso ajeno, sino en lo que se da sin esperar, en los pequeños prodigios que brotan cuando el mundo parece olvidarte. Y si alguna vez alguien, encorvado o pequeño, duda de su propia fuerza, que venga aquí y deje que yo le cuente mi historia bajo el frescor de las frambuesas.
Porque aún hoy, en las noches serenas, el aroma dulce de la zarza y el eco de una vida compartida siguen siendo mi mayor milagro.






