Querido diario:
A veces me pregunto si el destino realmente se burla de uno, o simplemente nos pone a prueba para que descubramos nuestra fuerza interior. Así me sentí todas esas tardes en que veía a mis hermanas, Leonor y Jimena, pavonearse por la casa con sus trenzas brillantes y sus mejillas rosadas, mientras los mozos del pueblo, con sus mejores galas de domingo, les rondaban el portal. Yo, Inés, era tan diferente que casi me dolía mirar el reflejo que me devolvía el espejo antiguo de mi abuela menuda, delgaducha, con la espalda encorvada como quien lleva un peso invisible, y solo unos ojos grandes que, dicen, tienen destellos de luz en la cara.
No se me daban bien las tareas del campo, y en casa siempre iba arrastrada, sin lograr alcanzarles el ritmo a mis hermanas mayores. A ellas, la vida no les escatimaba pretendientes. Incluso el padre se quejaba de que los chicos se apelotonaban en el zaguán. Pero a mí nadie me miraba. Ni siquiera los ojos curiosos de los niños se posaban por un segundo en mi falda descolorida. Y mis hermanas decían en voz baja, entre bromas y suspiros:
Hasta que no logremos casar a Inés, aquí ninguna de las dos se irá con ningún muchacho.
Pasaba el tiempo y yo seguía siendo el escollo. Me vestían, me pintaban los labios con jugo de granada, pero nada conseguían. Pronto, las amigas y vecinas empezaron a reírse de la situación:
Al paso que vais, chicas, tanto intentar buscarle novio a la pobre Inés, ¡os vais a quedar todas solteras!
Escuchaba aquellas palabras y sentía una tristeza profunda, pero no por mí, sino por mis queridas hermanas. Una noche, tras mucho pensarlo, me armé de valor: no podía estorbarles más la felicidad. Cuando todos dormían, recogí unas pocas cosas en un hatillo, recé bajito a la Virgen del Camino y, sin hacer ruido, salí de casa dispuesta a llegar a Segovia. Quizá allí pudiera encontrar algún trabajo como sirvienta y empezar de nuevo.
La noche era clara, la luna bañaba la vereda y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo. Sin embargo, al adentrarme en el bosque, el temor me erizó la piel. Pensé: ¿y si algún lobo ronda hambriento? Pero seguí adelante, temblorosa. Pronto la fatiga me obligó a recostarme junto a un avellano. Hice del hatillo una almohada, me cubrí con mi mantón y me quedé dormida.
No sé cuánto tiempo habré dormido, pero el estrépito del hacha me despertó. Me incorporé asustada y, frente a mí, se alzaba un hombrecillo, bajito pero robusto, con barba blanca y un hacha aún humeante en la mano.
Tranquila, niña, no vengo a hacerte daño me tranquilizó, viendo mi expresión de terror.
¿Quién es usted, abuelo? Por poco me deja usted tuerta con ese tronco.
Soy Tomás, el guarda forestal; vivo cerca, y aquí estoy talando los árboles secos. ¿Y tú qué haces, sola perdida en el monte?
Le conté mi historia, la voz casi al borde de la lágrima. El abuelo Tomás escuchó en silencio, asentía con lentitud mientras acariciaba su barba.
Se te ve buena, muchachita dijo tras meditar. Si quieres, ven conmigo a mi cabaña y hazme compañía como si fueras mi nieta. Casa no te faltará; si cambias de idea, te llevo yo misma hasta Segovia.
No me lo pensé. Sentí un calorcito en el pecho y acepté. Comenzamos a vivir juntos en aquella humilde cabaña. El abuelo me enseñó a reconocer plantas medicinales, raíces curativas, bayas, cuándo recogerlas y cómo secarlas para hacer ungüentos o jarabes. Con paciencia, fue transmitiéndome todo lo que sabía; jamás tuvo secretos conmigo.
Con el tiempo, la enfermedad pudo con él. Lloré mucho, pero antes de morir me dijo:
No te entristezcas, hija. Todo tiene su tiempo. Entiérrame y vuelve a tu casa; ya sabes más de lo que yo supe nunca. Vive para ayudar a los demás.
Hice lo que me pidió. Enterré al abuelo Tomás bajo un roble, recogí mis cosas y volví al pueblo. ¡Menuda sorpresa se llevaron mis hermanas! Ahora vivían juntas, casadas con dos hermanos molineros. Me acogieron entre risas y abrazos. Me prepararon un cuarto pequeñito y pasé a formar parte de su gran familia.
Les ayudaba con todo lo aprendido: cómo limpiar el jardín, cómo sanar a los niños acatarrados, cómo acabar con una plaga de pulgón. Pronto, la gente del pueblo se enteró y comenzaron a venir a mí en busca de remedios y consejos. Jamás cobré un euro a nadie, aunque quien podía pagaba con huevos, pan, algún pañuelo bordado pero ni a los más pobres ni a los enfermos les pedía nada.
Sin embargo, en el pueblo vivía una anciana, la tía Eulalia, conocida por sus hechizos. La gente la temía por su mala leche y su fama de bruja. Cuando vio que ya nadie acudía a ella, se enfureció y urdió un plan. Un día llegó a mi casa:
Buenos días, Inésita, mi niña dijo, fingiendo dolor en la voz. Necesito tu ayuda; me duele tanto la mano que no puedo ni sujetar la cuchara…
Siéntate, abuelita, que te la miro.
Le examiné la mano. Sinceramente, no le encontré nada raro.
¿Seguro que te duele esta? Déjame ver la otra…
¡Ay, hija! Me duele, y mucho insistía ella. No duermo de dolor.
Pues a mí me parece que no tienes nada.
Si tú lo dices… Vaya, será que hablar contigo ya me alivia sonrió, torcido el gesto. Sacó un espejito. Toma, para que te mires, muchacha guapa, que ya es hora de que te luzcas.
Me lo regaló. Le respondí:
Gracias, abuela. Que tu buena palabra se cumpla. Siempre es mejor la palabra amable que la mala.
Pero, ay, intuía yo que en aquel espejito iba algún mal de ojo, porque la tía Eulalia era dada a los susurros y las artimañas… Pasó el tiempo, y de pronto, comenzaron a notar los vecinos que ya no andaba encorvada; mi paso se volvió ligero y hasta mi pelo parecía más suave. Me miraba en el espejo y me sentía… cambiado. Eulalia, al ver que nada de sus males funcionaba, vino por segunda vez con otro regalo: un peine de hueso labrado:
El pelo bonito necesita cuidados, y tú, niña, eres cada día más hermosa.
De nuevo agradecí su detalle y pensé: que quede en bueno lo que tú has deseado, abuelita.
Poco a poco, mi cara se llenó de color, mi risa volvió, y hasta las enfermedades huían de mí. En cambio, la tía Eulalia fue marchitándose. Sus manos parecían sarmientos secos, perdió la fuerza y apenas podía salir de la cama. Un día, mandó llamarme.
Mis hermanas insistían:
¡No vayas, Inés, esa vieja es bruja y en su casa no anda nunca nada bueno!
No temáis les respondí, la mañana trae siempre su consejo.
Esa mañana, me lavé la cara con agua limpia, me puse el mejor vestido y llené una cesta con miel, manzanas y hierbas aromáticas.
Mis hermanas exclamaron al verme:
¡Estás radiante! O el vestido es mágico, o de verdad hay milagros, porque pareces otra.
Fui a la casa de Eulalia. Al intentar abrir la cancela, esta se cerraba con violencia y no había modo de moverla.
¡Abuela! grité, abre, que no puedo entrar.
Dentro, se escuchaban ruidos de mil animales y voces furiosas: ¡No la dejes pasar! ¡No le afectan los hechizos, el mal se le vuelve bien!
Volví a llamar, preocupada:
Vengo a verte, te traigo regalos y buenos deseos.
Dejé la cesta junto a la puerta. En ese instante, comenzó a salir un humo negro de la chimenea, como si la casa ardiera, y bandadas de cuervos huyeron por las ventanas. Todo el pueblo acudió, y por un momento creímos que la casa iba a volcar. Pero cuando el sol rozó la casa con su primer rayo, el humo se esfumó y la casa se desmoronó sobre sí misma, quedando solo un montoncito de carbón y brasas.
Al final, su propia maldad le consumió dijo la gente. El odio a Inés se le volvió en su contra.
Desde entonces, el lugar donde deposité la cesta se llenó de frambuesos y las bayas crecían jugosas y dulces. Tanto, que el pueblo entero iba allí cada año a recogerlas y hasta cambiaron el nombre del pueblo por Frambueseda.
Y yo, querida diario, encontré por fin la dicha. Un joven del pueblo, Rodrigo, pidió mi mano y nos casamos en primavera, entre risas, flores y amigos. Jamás hubo discordia entre nosotros ni en mi familia. Jimena y Leonor nunca dejaron de alegrarse por mí.
A veces, cuando paso por los frambuesos, me paro a pensar: ninguna magia prevalece frente al cariño puro y la bondad. Creo que la mejor brujería, al final, es el bien hecho de corazón.






