Hoy mi hija nos ha anunciado que se casa: su prometido se llama Marcos. Le he preguntado si el futur…

Ya te cuento lo que nos ha pasado hoy en casa, que todavía me estoy riendo. Resulta que Alba, mi hija, se ha declarado que quiere casarse. Su futuro marido se llama Javier. Lo primero que le he preguntado ha sido si Javier tiene piso y coche. Alba me ha dicho que no tiene piso propio, pero que no pasa nada, que cabemos todos en el nuestro. Coche tampoco tiene, pero tampoco es problema, yo tengo el mío y puedo llevarles cuando haga falta.

Le he dicho a Alba si no debería pensárselo un poquito antes de casarse. Pero ella ni hablar, dice que Javier es muy bueno y que es el candidato perfecto. ¿Y qué tiene Javier de especial? Pues que la lleva al parque a montar en columpios. Así que esta gran noticia se la he contado a mi mujer va a ser un buen yerno, aunque vivan con nosotros, lo del columpio es un punto fuerte.

A mi mujer no le ha sorprendido lo del posible boda, pero sí se ha quedado un poco rayada con el apellido de Javier; resulta que la semana pasada Alba quería casarse con otro niño, Sergio. Lo dejaron porque Sergio no la dejó montar primero en los columpios y Javier, en cambio, fue todo un caballero.

Hablamos el tema muy en serio con Alba, porque ya es mayor y pronto termina infantil, así que toca planificar la boda. Mi mujer apoyó el cambio de novio, que no queremos a alguien egoísta en la familia, Javier será mejor. A Alba le encantó ver que sus padres la apoyan, pero decidimos dejar los planes del evento para la mañana siguiente, que ya era tarde y tocaba dormir. Hay que descansar para ir a infantil.

Alba se durmió enseguida y nosotros nos fuimos a tomar un té y nos alegramos de que nuestra niña sea pequeña y de momento tengamos pocos quebraderos de cabeza. Por la mañana, pensamos ir al cole para conocer a Javier, que pronto se mudará con nosotros, y la verdad es que no sabemos mucho de él, salvo que lleva a Alba a los columpios.

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Hoy mi hija nos ha anunciado que se casa: su prometido se llama Marcos. Le he preguntado si el futur…
He leído muchas historias de mujeres que han sido infieles y, aunque intento no juzgar, hay algo que sinceramente no logro comprender; no porque me crea mejor que nadie, sino porque en mi caso la infidelidad nunca ha sido una tentación. Tengo 34 años, estoy casada y llevo una vida completamente normal: voy al gimnasio cinco veces por semana, cuido mi alimentación y me gusta arreglarme. Tengo el pelo largo y liso, disfruto viéndome bien y soy consciente de que soy una mujer atractiva; la gente me lo dice y lo noto en las miradas. En el gimnasio, por ejemplo, no es raro que algún hombre intente empezar una conversación conmigo: algunos preguntan por ejercicios, otros hacen comentarios disfrazados de cumplidos y también los hay más directos. Lo mismo sucede cuando salgo a tomar algo con mis amigas: se acercan, insisten, preguntan si estoy sola. Jamás he fingido que eso no ocurre, al contrario, soy muy consciente, pero nunca he cruzado la línea. No porque tenga miedo, sino porque simplemente no quiero. Mi marido es médico —cardiólogo— y trabaja mucho: hay días en los que sale de casa antes de que amanezca y regresa cuando ya estamos cenando, o incluso más tarde. La mayor parte del tiempo paso el día sola en casa. Tenemos una hija, me ocupo de ella, de la casa y de mi propia rutina. En realidad, podría decir que tengo “oportunidades” de hacer lo que quiera sin que nadie se entere. Y, aun así, nunca se me ha pasado por la cabeza utilizar ese tiempo para serle infiel. Cuando estoy sola, me ocupo la mente: entreno, leo, ordeno, veo series, cocino, salgo a pasear. No me quedo buscando carencias ni necesito validación externa. No digo que mi matrimonio sea perfecto, porque no lo es: discutimos, tenemos diferencias y nos pesa el cansancio, pero hay algo fundamental: mi honestidad. Tampoco vivo con sospechas constantes hacia él. Confío en mi marido, sé cómo es, conozco su rutina, su forma de pensar y su carácter. No vivo revisando su móvil ni inventando historias. Esa tranquilidad también influye: cuando no buscas escaparte, no necesitas tener siempre puertas abiertas. Por eso, cuando leo historias de infidelidad —sin juzgar, solo desde la incomprensión— pienso que no todo depende de la tentación, la belleza, el tiempo libre o la atención ajena. En mi caso, simplemente nunca ha sido una opción. No porque no pueda, sino porque no quiero ser esa persona, y con eso vivo en paz. ¿Qué opináis de este tema?