Mi amiga Beatriz hace ya cinco años que ha dejado de celebrar la Nochevieja. No compra un árbol de Navidad, no decora su piso ni cuelga luces brillantes por las ventanas. Beatriz tampoco se molesta en preparar comidas especiales para esas fechas ni en pensar en regalos para su extensa familia o sus amigos. Muchos, al escuchar sobre su decisión, se quedan realmente boquiabiertos. Sin embargo, mi amiga no sufre depresión alguna ni otro tipo de problema; tiene familiares, tiene buenos amigos, sencillamente decidió un día que no querría volver a festejar esa noche y, fiel a sí misma, no ha cambiado desde entonces. Para Beatriz, el treinta y uno de diciembre es solo una hoja más del calendario, no intenta convencer a nadie de que su visión es la correcta, pero tampoco va a claudicar, por mucho que los demás insistan.
Al principio, Beatriz temía quedarse sola durante la Nochevieja. No tenía pareja, sus padres estaban de viaje y sus amigos preferían las fiestas ruidosas y multitudinarias. Se encontró una noche más, sentada en su salón, pero, para sorpresa suya, nada malo ocurrió. Llamó unas horas antes a todos sus seres queridos para desearles lo mejor y, luego, preparó una buena cena para sí misma. Se permitió disfrutar de un baño caliente, sintiendo cómo el vapor arrancaba las preocupaciones. Aquella noche, el sentido de la famosa frase como empieces el año, así lo vivirás cobró una claridad inesperada para ella. Beatriz no malgastó energías cocinando, limpiando ni corriendo de un lado para otro, y gracias a ello, se concedió una tranquilidad que nunca antes había experimentado en esa fecha, sin la necesidad de compañía ni de copas de cava.
Tras la fiesta, ella se dio cuenta de otra ventaja: la economía. La Nochevieja nunca más volvería a ser un agujero en sus ahorros. Un árbol natural, adornos navideños, banquetes, ropa nueva todo cuesta lo suyo en euros. Si prescindes de la celebración, estas partidas desaparecen del gasto mensual sin más esfuerzo.
Se ahorra, además, tiempo y energía: no es necesario pasar horas en la cocina, ni dedicar el día a limpiar la casa de arriba abajo. Ni pensar en invertir la tarde en peinarse o buscar el vestido perfecto para impresionar a los demás. A menudo, quienes organizan cenas en casa apenas se sientan a la mesa antes de la medianoche, agotadas, sin soñar verdaderamente en lo que el año nuevo podría traerles.
Beatriz también abandonó el estrés de los regalos. Ya no se siente obligada a luchar entre multitudes en las tiendas ni a malgastar su paga en detalles para primos, tíos o compañeros de trabajo. Si uno suma el dinero invertido en regalos durante esas fechas entre un gran grupo, sale casi más barato cogerse un vuelo a Canarias y pasar allí las fiestas bajo el sol. Al final, puedes celebrar cualquier cosa cualquier día; el cambio de año puede ser simplemente una pausa para pensar y planificar.
No poca razón tiene Beatriz en sus planteamientos, aunque la mayoría se apresura a juzgarla sin escuchar sus motivos hasta el final. Pocos se detienen a preguntarle sinceramente; la mayoría sólo busca entre líneas otras razones, como si lo único que pudiera motivar su actitud fuera la falta de dinero para festejar.
Pero a Beatriz le da igual. El día que tenga hijos, asegura que montará una celebración especial, con árbol adornado y regalos, pero, mientras tanto, no renunciará a su forma de entender estas fechas. Cada uno debe decidir cómo y cuándo despedir el año y empezar uno nuevo. Si lo deseas, cualquier instante puede convertirse en una verdadera fiesta.
En mi familia, somos muchos quienes nos juntamos para celebrar la Nochevieja; a mí me gusta prepararlo todo, pero entiendo el punto de vista de Beatriz. Y, si algún año me tocara estar sola, no creo que derramara lágrimas sobre la almohada. Es más probable que disfrutara de un día tranquilo, descansando y relajándome sin prisas.






