Felipe fue un niño bien educado desde pequeño, ganándose las palmaditas en la espalda de sus padres y los elogios de los profesores por su disciplina y sentido de la responsabilidad. Tras casarse, nunca se le pasó por la cabeza dividir las tareas domésticas según sexo; se puso el delantal, cocinó como un chef de restaurante de menú del día y se convirtió en un manitas del hogar, sumando años de experiencia culinaria digna de MasterChef.
Sin embargo, por mucho que Felipe fuera amable y tan fiel como el perro de su abuela, empezó a notar que Inés, su esposa, mostraba una cara de poco entusiasmo ante su actitud calmada y considerada; así que, poco a poco, él fue dejando de lado el brillo del fregaplatos y el arte del sofá.
Cuando nació su hijo, Felipe se transformó en el padre más atento de toda Madrid: se levantaba a media noche para calmar al peque e inventaba historias para dormirlo que rivalizaban con los cuentos de Don Quijote. Nunca se quejó del destino ni se lamentó de su suerte, porque su amor por Inés era tan fuerte como el olor a aceite de oliva en una cocina española.
Pero la cosa se torció una tarde, durante la boda del primo de Felipe. Mientras él saboreaba un pincho de tortilla en la mesa, Inés decidió marcarse un baile pegadito con un desconocido apuesto, dejándolo a él más colgado que una persiana. Luego, Felipe fue testigo de una conversación entre su mujer y el galán, en la que Inés se despachaba a gusto sobre lo aburrido que era su marido, aunque admitía que el extraño le caía bien. Aquello le dolió tanto a Felipe que tomó una decisión.
Al llegar a casa, Inés se quejó porque Felipe estaba tirado en la cama como si fuese domingo por la tarde, negándose a levantarse. Él, con una calma de sabio de pueblo, le contestó que en breve se marcharía. Inés, hecha un volcán, le pidió que se quedase, pero Felipe no se movió ni un milímetro, demostrando una nueva seguridad en sí mismo.
El piso en el que residían lo había heredado Inés, y lo reclamó como si fuese la heredera de la fortuna de la familia Real. Enfadada, insistió en que Felipe hiciera las maletas. Él, sin armar revuelo, recogió sus cosas y se marchó del ambiente tóxico.
Durante los días siguientes, Felipe permaneció en silencio, dejando que Inés lidiara sola con las tareas del hogar. El comportamiento del hijo empeoró; se volvió más travieso que un gato con botas y buscaba refugio en los brazos de su padre. Inés, agotada, llevó al hijo con Felipe, soltando todo el enfado acumulado.
Felipe se instaló en el piso de sus padres, donde encontró consuelo y alegría en la compañía del crío. No tenía ni pizca de intención de reconciliarse con Inés.
Mientras tanto, ella intentó rehacer su vida con otro hombre, pero la historia fue breve, llena de disgustos y desencantos. El nuevo marido resultó más frío que un gazpacho y tan poco colaborador que ni fregaba un vaso. Para colmo, llegó a las manos, y aquello terminó con una expulsión fallida.
Por azares del destino, Felipe conoció a una mujer sencilla y de corazón grande, que criaba sola a un hijo, y eso le regaló esperanza para escribir una nueva página mucho más feliz en su historia.







