**Vamos a envejecer juntos…**
Lucía y Javier se enamoraron a primera vista. Se conocieron en el cumpleaños de una amiga de Lucía. Ambas habían terminado la universidad hacía dos años, pero aunque se veían poco, mantenían la amistad. Y esta era una excusa perfecta: un cumpleaños, además de uno especial, los veinticinco años. ¿Cómo no ir? Lucía solo conocía a su amiga Laura entre los invitados, así que se sentía un poco fuera de lugar.
Entre los demás también había una chica y un chico sin pareja. Lucía notó a Javier al instante. Él tampoco parecía muy cómodo en la fiesta. Bebía poco y la miraba con curiosidad. En un momento, Laura le pidió que cantara y le trajo una guitarra. Javier no se hizo de rogar, la afinó y comenzó a interpretar con una voz melódica la famosa *”Bajo el mismo sol”*. Todos corearon la canción, pero él solo tenía ojos para Lucía. Luego pusieron música y la gente empezó a bailar.
Javier se acercó a Lucía.
—¿Eres amiga de Laura?
—Sí. Estudiamos juntas en la universidad.
—Yo soy amigo de su novio. Trabajamos juntos. ¿Bailamos?
—No —negó Lucía con la cabeza.
Ella podía hacer el tonto bailando mientras cocinaba tortillas en casa, pero delante de gente, y menos en una reunión donde casi no conocía a nadie, le daba vergüenza.
—Vamos, será un baile tranquilo —insistió Javier.
Bailaron cerca de la puerta para no molestar.
—Cuando Laura me invitó, me dijo que habría una chica guapa. Supe al instante que eras tú. ¿Te importa que te tutee? —preguntó Javier.
—Creo que se refería a Marina. Esa chica no deja de mirarte. A lo mejor deberías invitarla a bailar —respondió Lucía.
—Quizá. Pero a mí me gustaste tú desde el principio. No te preocupes, ya habrá alguien para Marina —sonrió Javier—. La música está muy alta, no se puede hablar. ¿Qué tal si nos escapamos? Nadie nos echará de menos —propuso, y la llevó hacia la entrada.
Lucía había sido la última en llegar, así que su chaqueta estaba encima de las demás. Javier sacó la suya de no sé dónde, y salieron del piso sin que nadie los viera. Bajaron las escaleras rápidamente y, una vez en la calle, se rieron como cómplices.
Era marzo, y el aire fresco de la noche hizo que Lucía se subiera la capucha. Al menos ya no tenía que preocuparse por el peinado. Caminaron y hablaron. Al despedirse, intercambiaron números y quedaron en verse al día siguiente.
—Últimamente desapareces por las noches. ¿Tienes novio? Temía que, después de tu mala experiencia, tardarías en volver a confiar. ¿Me lo presentarás? —preguntó su madre unos días después.
—Claro —prometió Lucía.
Javier fue ese fin de semana con un ramo para su madre y una tarta.
—Por lo que contaba Lucía, pensé que serías mayor —comentó su madre.
—Vamos a envejecer juntos —respondió Javier sin dudar.
Y así supo Lucía, y su madre también, que él buscaba algo serio. Y así fue. En julio, Javier le pidió matrimonio, y a finales de agosto se casaron.
Los padres de Javier les dieron una buena suma de dinero como regalo de boda. No era suficiente para comprar un piso, pero faltaba menos de la mitad. Decidieron no esperar, pedirían un préstamo y lo comprarían. Fue uno de esos casos raros en los que todo les llegó de golpe: amor, hogar, felicidad… Al año ya esperaban un hijo. ¿Para qué esperar más?
Nació un niño.
—No, una niña también me habría hecho feliz. ¡Pero un hijo! ¡Un heredero! —celebraba Javier.
Él trabajaba, y Lucía se quedaba en casa con el pequeño. Sabía que su marido llegaba cansado, así que no le cargaba con tareas domésticas. Adrián era tranquilo y no daba muchos problemas. Como las abuelas trabajaban, cuando creció un poco, lo llevaron a la guardería y Lucía volvió al trabajo.
Como suele pasar, en la guardería Adrián pillaba todos los virus posibles y se enfermaba mucho. En la empresa donde trabajaba Lucía no les gustaba que faltara tanto. Así que ella y su madre se turnaban para cuidarlo y evitar que la despidieran.
Javier soñaba con comprar un coche, pero Lucía le convenció de esperar. Acababan de pagar los préstamos, ¿y si la despedían? Él aceptó a regañadientes.
A Lucía le dolía el abdomen de vez en cuando. Un dolor sordo que iba y venía. Lo aguantaba. Ya faltaba bastante al trabajo por Adrián, no podía ponerse enferma también.
Ese día el dolor empezó por la mañana. Llevó a Adrián a la guardería y fue al trabajo. Pero al mediodía empeoró. Una compañera, al verla agarrándose el vientre y haciendo muecas, la regañó y llamó a una ambulancia.
Mientras esperaba, Lucía intentó avisar a Javier para que recogiera a Adrián, pero su móvil estaba apagado. A él no le gustaba que lo interrumpieran en el trabajo. Le envió un mensaje; cuando lo encendiera, lo vería. Esperaba que no fuera nada grave y que, al calmarse el dolor, pudiera ir ella misma por su hijo.
Pero la doctora de la ambulancia ni siquiera habló, la llevó directo al hospital. Allí confirmaron apendicitis y le hicieron pruebas. Antes de darse cuenta, la llevaron al quirófano.
En cuanto despertó de la anestesia, llamó a Javier. Su teléfono seguía apagado. Quince minutos después, él la llamó y la regañó por no avisarlo.
—Te llamé, pero tenías el móvil apagado. Estoy bien. Me operaron. No vengas, mejor recoge a Adrián —pidió Lucía.
Se imaginó a su hijo llegando a casa y no encontrándola, llorando… Y ella misma estuvo a punto de hacerlo. Nunca habían estado separados tanto tiempo, solo durante sus horas de trabajo. Le escribió a Javier que, si no podía solo, llamara a su madre. Claro, se refería a la suya. Pero él lo entendió a su manera.
Lucía no podía dormir, imaginando a Adrián llamándola. ¿Sabría Javier acostarlo? A veces le pedía que le leyera un cuento, pero a los cinco minutos el niño lloriqueaba pidiendo a mamá.
—No te preocupes. Que aprendan a valerse solos. Si no, acabamos malcriándolos. Yo soy igual —dijo su compañera de habitación—. Mi hijo ya es mayor y ni unos calcetines encuentra sin mí. Y mi marido igual. ¿Tus padres viven en la ciudad? Pues mejor, así ayudan. Duerme.
Por la mañana, Javier llamó para decir que todo iba bien, que había llevado a Adrián a la guardería e iba a trabajar. Lucía se tranquilizó. Por la noche volvió a llamar para preguntar por Adrián, pero en cuanto el niño oyó su voz, empezó a llorar. Desde entonces, solo se escribían.
El viernes, durante la visita médica, el doctor le dijo que el lunes la darían de alta. Se lo comunicó a Javier al instante. Pero a su compañera de habitación la daban de alta ese mismo día. Su marido iría a buscarla. Y a Lucía le entraron ganas de irse también.
—Pide al médico que te deje ir este fin de semana. Nosotros te llevamos a casa. Total, aquí no hay médicos en fin de semana, y en casa también puedes reposar —le sugirió su compañera.
Lucía fue a la consulta y, por suerte, encontró a su médico. Él aceptó darle elEl médico aceptó darle el alta con la condición de que cumpliera reposo, y así, con la ayuda de su compañera y su marido, Lucía regresó a casa, donde, entre lágrimas y silencios, comenzaría a reconstruir su vida junto a Javier, paso a paso, porque el amor, aunque herido, aún merecía una segunda oportunidad.







